Editoriales Ecclesia

Purificar el pasado y caminar juntos hacia la unidad en la verdad y en el amor – editorial Ecclesia

Purificar el pasado y  caminar juntos hacia la unidad  en la verdad y en el amor – editorial Ecclesia

         El Papa ha vuelto a escribir una hermosa página en los anales del ecumenismo. Y lo ha hecho en Suecia (páginas 34 y 35) con sencillez, cercanía, audacia, prudencia, realismo, esperanza y entusiasmo. Se ha prodigado en el ecumenismo de los gestos, que no son ni mucho menos meras «concesiones» cosméticas, signos cargados de fuerza, interpelación y futuro. Francisco, una vez más, ha demostrado que la unidad de los cristianos es también para él una prioridad —lo es, en primer lugar, para el único Dios de los cristianos— y que solo se hace camino al andar.

         Su visita apostólica a Lund (Suecia) para conmemorar, con un año exacto de antelación, el quinientos aniversario de la Reforma Luterana, ha desvanecido, de nuevo, las prisas y precipitaciones de algunos y las prevenciones y prejuicios de otros. Honra a la Iglesia católica, en su búsqueda en pos de una siempre mayor fidelidad al Evangelio y a  Jesucristo, este viaje a uno de los epicentros luteranos, como en su día, protagonizaron en Copenhague (Dinamarca) y en Erfurt (Alemania), en 1989 y en 2011, respectivamente,  Juan Pablo II y Benedicto XVI. Esta audacia radicalmente evangélica y cristiana ahora de Francisco se inserta asimismo en los hitos que hacia la unidad comenzaron a partir del Concilio Vaticano II y que, en primera persona, también visibilizó en distintas ocasiones Pablo VI.

         Caminar hacia la unidad no es ni ir más deprisa de lo que se puede ir, ni quedarnos estancados y paralizados. En absoluto, esta visita a Suecia del actual Vicario de Cristo merece, en justicia y en objetividad, rasgarse de ningún modo las vestiduras, como tampoco obedecería a la verdad el haber esperado de ella resoluciones «revolucionarias», más allá de esa auténtica revolución por la que tanto clama y predica Francisco con el ejemplo de la revolución de la ternura y de la misericordia.

         Católicos y luteranos llevamos —solo— medio siglo de diálogo, de conocimiento recíproco, de comunión —aunque no plena—, de comunicación  de cooperación. Solo desde ellas y desde su permanente potenciación y renovación será posible el don, que solo concederá en su día el Señor, de la unidad plena. Pero el hecho de que nos sintamos hermanos, de que nos pidamos perdón con humildad y arrepentimiento sinceros (la separación de hace cinco siglos fue fruto de pecados de todos), de que nos sentamos juntos a rezar y a dialogar es ya todo un logro. Como lo es uno de los frutos inmediatos de este viaje papal: la firma entre Caritas Internationalis y Lutheran World Federation World Service de una declaración común de acuerdos, con el fin de desarrollar y consolidar una cultura de colaboración para la promoción de la dignidad humana y de la justicia social.

         El decreto conciliar Unitatis redintegratio, uno los documentos más emblemáticos del Vaticano II, señala, en su capítulo II,  como caminos para la unidad, como medios concretos la práctica del ecumenismo, los siguientes: la reforma de la Iglesia,  la conversión del corazón, la oración unánime, el conocimiento mutuo de los hermanos, la formación ecuménica, el diálogo teológico y la cooperación intercristiana. Y el que ahora, mediante el citado acuerdo, cristalice, de un modo más visible y concreto, esta cooperación, este ecumenismo de la caridad, ha de ser recibido como gracia y, por ello, con alegría, gratitud, compromiso y esperanza. Y es que, como se lee en la declaración conjunta católico-luterana suscrita en Lund en la tarde del 31 de octubre de 2016, «en vez de los conflictos del pasado, el don de Dios de la unidad entre nosotros guiará la cooperación y hará más profunda nuestra solidaridad», en medio de una humanidad desgarrada y dolorida que reclama de todos los cristianos responder con el Evangelio y con todos nuestros esfuerzos conjuntos a saciar su sed de justicia social,  libertad, desarrollo, fraternidad, paz y amor.

         Al igual que Francisco insiste que cuando la persecución se ceba contra los cristianos, sus perseguidores no preguntan a qué Iglesia o comunidad y confesión eclesial pertenecen, el gemido de la humanidad —también el gemido silente de la humanidad que se empeña en vivir como si Dios no existiera— tampoco demanda ni reclama particularismos, sino solidaridad y misericordia.

         Estamos en el camino hacia la unidad. Y la de Pedro (ahora Francisco), movida por el Espíritu, es la mejor guía hacia ella.

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