Purificación, por César Franco, obispo de Segovia
Carta del Obispo Iglesia en España

Purificación, por César Franco, obispo de Segovia

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Purificación, por César Franco, obispo de Segovia

La purificación del templo, que Jesús realiza expulsando a los animales y derribando la mesa de los cambistas, es un gesto profético que nada tiene que ver con la imagen de Jesús, convertido en un revolucionario político contra los poderes establecidos: la clase sacerdotal y el poder de Roma. Nada más lejos de Cristo que el uso de la violencia como método de transformación religiosa o política. Si hubiera sido así, la policía del templo y los soldados romanos le hubieran apresado. La pregunta que las autoridades judías hacen a Jesús  —«¿qué signos muestras para obrar así?»— indica más bien que su gesto fue interpretado como lo que realmente era: una acción profética con el fin de devolver al templo su carácter sagrado de casa de oración. De ahí que le exijan a Jesús algún signo que justifique la autoridad con la que actúa en el templo, lugar santo por excelencia.

Jesús responde de manera enigmática con unas palabras que sus interlocutores entienden como referidas al templo de Jerusalén: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). El evangelista explica que se refería al templo de su cuerpo, en una clara alusión a la resurrección al tercer día. Sus palabras, por tanto, son un anuncio de su muerte y resurrección. La muerte destruirá su cuerpo, y la resurrección lo levantará de entre los muertos. Con esta respuesta, Jesús ofrece el signo que le piden sus oponentes. Su signo no es otro que su misterio pascual. La autoridad de Jesús para purificar el templo se fundamenta en el hecho de que, con su muerte y resurrección, Jesús establecerá un templo nuevo que terminará con el antiguo. Él mismo se convierte en el templo definitivo donde el hombre puede encontrarse tú a tú con Dios.

En este sentido las palabras del salmo 69, que los discípulos recuerdan cuando Jesús realiza la purificación, son muy significativas: «El celo de tu casa me devora». Interpretadas literalmente, estas palabras apuntan a la causa de la muerte de Jesús: ha sido devorado por la muerte al querer purificar de todo lo inmundo la casa de su Padre. De hecho, san Marcos precisa que, después de la expulsión de los mercaderes del templo, los sumos sacerdotes y los escribas buscaban el modo de acabar con él. Esta es la paradoja de Cristo: que aquél que purifica el templo para hacer de él una casa de oración y no una cueva de bandidos termina devorado por su propio celo. Pero, gracias a ello, se establece el verdadero culto, del que habló con la samaritana, cuando le dijo que los verdaderos adoradores de su Padre no le darían culto ni en el monte de Samaria ni en el de Jerusalén, sino en el Espíritu y la Verdad.

A medida que avanzamos hacia la Pascua, la Iglesia nos señala con más claridad nuestra meta: estamos llamados a dar culto a Dios en el templo que él mismo nos ofrece en la persona de Cristo. Pero no debemos olvidar que cada cristiano es un templo vivo de Dios, necesitado de purificación. La Cuaresma es un tiempo propicio de gracia para dejar que Cristo entre en nuestro templo interior y lo purifique de todo aquello que lo convierte en cueva de bandidos: ídolos, manipulaciones de lo religioso, fariseísmo, fe fingida, falta de autenticidad en el amor de Dios y del prójimo, búsqueda de seguridades y chantajes a Dios para que se avenga a nuestros intereses, oraciones largas e interminables carentes de verdad y de espíritu, injusticias con apariencia de bien. Nada de esto pertenece al verdadero culto establecido por Cristo, quien busca agradar al Padre de tal modo que entrega su vida para recuperarla de nuevo y ofrecernos la posibilidad de ser también nosotros lugares donde la presencia de Dios se hace visible a los demás mediante la verdad, la justicia y la misericordia. Vivir o no vivir en Cristo es el signo que los cristianos podemos ofrecer hoy al mundo si queremos purificarlo de toda maldad.

 

+ César Franco

Obispo de Segovia

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