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Opinión

Próxima parada: el cielo (A los nueve años del 11 M)

Próxima parada: el cielo (A los nueve años del 11 M), artículo de Carlos González García

Pensando que aquel 11-M yo pude estar en Atocha, como lo hacía cada mañana, a esa misma hora, salvo ese día que una huelga me impidió ir a la universidad… sinceramente, no me quedan palabras para expresar el amargo sentimiento que inunda mi corazón en estos momentos. Hoy, mientras miro al pasado con un atisbo de miedo y detengo el reloj de mi vida, el segundero me recuerda que desgastamos demasiado tiempo de nuestra vida lamentándonos por nimiedades que no van más allá de nuestras apetencias. Así, mientras los minutos siguen amontonando los escombros de nuestras pobrezas, no nos damos cuenta que muchas personas sufren y mueren sumergidos en la peor de las soledades. Es complicado, a raíz de lo que sucedió el 11-M en Madrid, encontrarle el trasfondo espiritual a aquella película y apreciar el verdadero significado que encierra esta cruel, sangrienta y mortal masacre humana.

Tal vez, en estos tiempos de crisis y cuando el calendario se tiñe de negro al recordar esta fatídica fecha, sea el momento de empezar a preocuparnos por los demás y de saber que no estamos solos en el mundo. Debemos ahora, más que nunca, estar unidos y permanecer firmes en nuestra fe. No es sencillo, pero la realidad nos ha enseñado que los imposibles solo existen para los que perdieron las ganas de vivir… No dejemos que el demonio –henchido de impiedad y camuflado entre caretas de munición inmisericorde- se haga con el poder y reine en el mundo; aunemos nuestros sacrificios y comencemos a pedir perdón con las mismas manos.

Y, apenas sin querer, conjugo en un mismo sentimiento a un tal Jesús de Nazaret y a 191 vidas que partieron con la cruz de la salvación acariciando la punta de sus dedos. La misma sobre la que Jesús gritó hasta quedarse sin aliento, lloró hasta que sus ojos se quedaron sin lágrimas y murió como el más humillado de los hombres. Aquella en la que clamó piedad para aquellos «que no saben lo que hacen». Aún así, desconfiamos de su amor desmedido y susurramos palabras de desconfianza ante este horizonte de guerras, lascivias e incomprensión. Y me pregunto, una y otra vez, qué puede haber en los corazones de esas personas que matan sin clemencia mientras rezan a un Dios bueno y hablan de Cielo con una bomba entre sus manos…

Hoy, un día más, he vuelto a hacerlo. Y, de nuevo, entre los latidos intranquilos que acompañaban mis pasos, he sentido ese angustioso escalofrío de caras sin rostro, de miradas sin color y de miedos sin calma. El ambiente volvía a apagarse, tal y como las nubes que se vuelven grises y apáticas en un día de tormenta. Y escribo desde aquí, al calor de un rojizo café y a la sombra de una verde palmera, desde un banco donde el aire que se respira es diferente y desde donde las sonrisas de las personas que por aquí deambulan han perdido algún añico de sus vidas. La muerte es el único camino que tiene la última parada de esta vida, y aquel martes quedó escrito para siempre.

Cuando, en un soplo de egoísmo, me paro a pensar en mí y en dónde estaría ahora si Dios hubiese querido que, una de las bombas, me hubiera hecho partir… Cuando dibujo en mi memoria las velas encendidas que rememoran una a una las víctimas de la tragedia y pienso que, en una de esas velas, podría estar inscrito mi nombre… Yo pude estar en esa estación, ese mismo día y a esa misma hora, pero no era mi momento. Dios no quería que, en aquel libro que hoy reposa en los albores del Cielo, estuviera escrito mi nombre. Fueron casi 200 los que se marcharon, sin pena pero con gloria, para dejarnos a nosotros, con pena pero sin gloria.

Recuerdo cómo, al día siguiente de lo sucedido, mientras miles y miles de personas nos manifestábamos en contra del terrorismo, ellos nos miraban con ternura y nos empapaban con sus lágrimas. Las nubes sollozaban por lo ocurrido y, aunque nos calamos por completo, sólo cabía sitio para el emocionado recuerdo. «En ese tren íbamos todos»… sí, verdaderamente quedó reflejado que era así.

Hoy, nueve años más tarde, la vida sigue, y es inmensamente maravillosa. El recuerdo y la nostalgia por las víctimas y sus familiares estremecen mi corazón, eso es evidente, a la vez que pasea por mi alma alguna lágrima despistada de desolación, pero que el amor siga siendo el motor que mueve este mundo deja patente que cabe sitio para la esperanza. Quizá, los verdugos ya se han parado a pensar que ellos también tienen madres, y madre no hay más que una… aunque muchos hijos ya no podrán besar a ninguna. Pienso en los padres que ya no podrán llegar a casa y que su hijo les cuente cómo le fue el día en el colegio, imagino las manos que no volverán a escribir, las piernas que no volverán a correr, los ojos que no volverán a ver… los corazones que no volverán a latir. Por ellos, tal vez, es el momento de perdonar y de pedir perdón, de frenar en seco y comenzar a correr, de borrar y de empezar a escribir… porque, en cada una de las víctimas, hay algo de nosotros.

Y, entre el frío de un día tan deslucido, os suplico que, tengáis o no la necesidad, no perdáis la oportunidad de abrazar a vuestros seres queridos y de decirlos que los queréis con todas vuestras fuerzas. Aunque os acechen la debilidad, la pereza o el tiempo perdido; visto lo visto, mañana puede ser demasiado tarde.

 

Carlos González García

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