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Opinión

Proteger la vida humana, por el doctor Juan Moya, sacerdote

Proteger la vida humana, por el doctor Juan Moya, sacerdote

Parece que avanzamos, según nos dicen, en la recuperación económica…, pero de momento no avanzamos en otros temas que no son menos importantes, y afectan no ya a la subsistencia económica sino a la subsistencia misma, a la vida directamente: la esperada ley de protección de la vida humana.

Es necesario que todos, y con más motivo los que tienen que tomar decisiones importantes en este tema, tengamos muy claro que proteger la vida es siempre un avance, un verdadero progreso social, porque nada hay más importante que defender la propia existencia; sin eso, todo lo demás caería en el vacío. La muerte –y el aborto es la muerte de un ser vivo aún no nacido, ¿y si no qué es…?- será siempre un mal, una tragedia a evitar.

Es una tragedia para el niño al que se le priva del primer derecho fundamental. Él no tiene ninguna culpa si ha sido engendrado contra la voluntad de la madre, y por tanto la madre (y el padre) no tiene objetivamente ningún derecho a “solucionar” su embarazo no deseado quitándole la vida a su hijo: esto sería añadir a un “error” otro error mucho mayor y más grave.

Es una tragedia también si el niño engendrado tiene alguna enfermedad congénita, porque quitarle la vida en esos momentos sería negar el valor absoluto de toda vida humana y “concederle” el derecho a vivir en función de su estado de salud mayor o menor. Por mucho que se individualicen los casos en los que la enfermedad sería incompatible con la vida, no dejará de ser una decisión racista discriminatoria, una falsa compasión, un constituirse en dueño de la vida ajena: yo decido quién puede nacer y quién no. Esto no puede ser justo, aunque una mayoría decida lo contrario.

Es una tragedia también para la madre que, aunque en esos momentos no sea tal vez muy consciente por el estado emocional, por la posible presión a que esté sometida, o por la misma ley que permite estas injusticias, de un modo u otro, antes o después, pesará sobre su conciencia haber privado de vivir al hijo engendrado. Y es probable, que esa mujer, en vez de reflexionar sobre cómo debe vivir su sexualidad en adelante –para hacerlo tal vez de un modo más responsable-, siga buscando en la sexualidad un simple modo de placer, vuelva a quedar embarazada… y vuelva a abortar.

Es un hecho evidente que la mayor parte de los abortos son por embarazos no deseados, lo que en la práctica significa -en más del 90 % de los casos- relaciones sexuales por mero placer, en las que no se ha empleado ningún método anticonceptivo, o ha fallado.

Ni siquiera las personas que acuden a un aborto desean el aborto, al menos la gran mayoría. Acuden porque lo ven como la única salida para no seguir adelante con el niño engendrado. Nadie, en su sano juicio, aunque esté autorizado abortar, pensará que abortar es “una cosa buena”. Por eso para disminuir los abortos hay que poner todos los medios adecuados. En primer lugar una ley que proteja la vida humana, porque es el primer bien jurídico que necesita protección. Protegemos la naturaleza, los bosques, los ríos, los animales, más aún los que peligra la supervivencia de la especie, ¿y no vamos a proteger al hombre, que por cierto, por la falta de natalidad, también está en “peligro de desaparición” por falta de recambio generacional?

Pero además habrá que ver el modo de ayudar más a las madres solteras embarazadas, y el modo de acoger a los niños no deseados, para que puedan nacer y ser adoptados por otros padres.

Y en todo caso es necesario que se aliente en todos los frentes -incluida la opinión pública- la necesidad de vivir una sexualidad responsable. No hace falta ninguna creencia religiosa para darse cuenta que las relaciones sexuales dan mucha más felicidad cuando se viven responsablemente, porque entonces son fruto del amor, de la entrega mutua, de la fidelidad. Se nos ha dado la capacidad sexual y la inclinación a las personas del otro sexo para la perpetuidad de la especie humana. Y como el hombre y la mujer tienen entendimiento y voluntad, se deben regir por ellos y no dejarse llevar del mero instinto, y por tanto deben vivir las relaciones sexuales como corresponde a la dignidad de la persona, al amor y al compromiso matrimonial.

Esto es lo propio y lo deseable, lo que conviene al hombre y a la mujer. Si por falta de responsabilidad, por la búsqueda egoísta del propio placer convertimos algo tan grande como es el ejercicio de la sexualidad -que debe estar ligado como decimos al amor, a la paternidad y a la maternidad- en mero juego o satisfacción de un placer sexual sin compromiso alguno, seguirá habiendo embarazos no deseados y, por mucha facilidad que haya para la anticoncepción, seguirá habiendo abortos…, porque una mentalidad anticonceptiva que lleva una y otra vez a este recurso, no es de extrañar que dé un paso más cuando le ha fallado ese medio anterior. Y esas personas lo pasarán mal.

El aborto es seguramente la consecuencia más grave de una sexualidad mal vivida, pero no es la única: el egoísmo, el “utilizar” a las personas como si fueran simples “objetos sexuales”, la dificultad para comprometerse para siempre con una persona, las infidelidades, los malos tratos…, son otras tantas consecuencias que si somos sinceros no se pueden negar.

El negocio del sexo, que mueve millones de euros, unido a ideologías diversas y a libertades frustrantes prometidas por una cultura hedonista, serán un obstáculo real a una sexualidad humanizante y humanizadora, que ayude a una afectividad más madura en el hombre y en la mujer. Por el bien de todos, vale la pena avanzar con decisión en la dirección correcta.

Juan Moya

Doctor en Medicina y en Derecho Canónico



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