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Prólogo de Rafael Zornoza, obispo de Cádiz y Ceuta, del libro de Manuel María Bru “La Prensa Anticlerical de las Cortes de Cádiz. Antecedentes de un genero desinformativo”,

Me complace prologar una obra que versa directamente a cerca de la vida de la Iglesia y el tiempo de la Constitución española que se promulga en la ciudad de Cádiz después de los parlamentos conocidos, en las que la Iglesia tuvo tanto protagonismo y decisión en condiciones apremiantes, difíciles y comprometidas.

En esas graves circunstancias la Iglesia dejó una  huella que cualquier observador puede encontrar; una marca profunda por sus consecuencias, hoy valoradas hasta la saciedad en la historia del constitucionalismo español. Su decisiva aportación se puede ver por la abundante presencia de clérigos de las distintas tendencias, como siempre se recuerda. Pero también puede constatarse su influencia por la base existencial cristiana  y racionalidad con la que los diputados, tanto los clérigos como los laicos, comprendían al hombre en su dignidad y libertad. Esto se omite con frecuencia.

 

Me satisface introducir esta obra tratándose de un autor, buen amigo, que es sacerdote y periodista y que, desde las dos pasiones mayores que conviven en su corazón, afronta un asunto nada neutral.  Estoy convencido de que su sensibilidad de hombre de Iglesia se alía ahora a su oficio de comunicador para observar una situación crítica de entonces y hacernos reflexionar en la situación actual.

 

Se comprende que un observador de los medios de comunicación como Manuel María Bru, un actor activo en medio de la batalla mediática diaria, se interese por aquella otra confrontación que parece un preludio de situaciones que vivimos hoy.

 

Los diputados del 1812 pusieron las bases de una convivencia basada en la libertad, que se expresó por tanto también en la libertad de expresión, que pronto es libertad de prensa  sobre todo al servicio de los debates de los diputados, de los que se sirven como altavoz. Libres de todo tipo de censura este periodismo pasa a juzgar los asuntos debatidos de la Iglesia: la abolición de la Inquisición, la relación con el Estado, las órdenes religiosas, el patrimonio eclesiástico, etc. Sin embargo estas cuestiones dejan paso a otros intereses ocultos y posiciones interesadas claramente beligerantes contra la Iglesia. Su principal arma será la sátira anticlerical, ya presente en la novela picaresca española del siglo XVI, pero ahora marcada definitivamente por la sátira anticristiana francesa del tiempo. La sana ironía de los anticlericalismo creyente dan paso a una auténtica difamación que se caracteriza por la omisión tendenciosa de lo esencial, los lugares comunes, la ridiculización de lo sagrado, en especial de lo católico, en una tierra de fuerte vivencia religiosa cristiana. El autor muestra cómo el rumbo de aquel secularismo presente a lo largo del s. XIX  desemboca finalmente en la persecución religiosa de triste memoria en los años de la Segunda República.

 

Sin embargo la sátira, que deriva enseguida en agresión y difamación o calumnia, resulta ya entonces de difícil aceptación para  muchos hombres de bien, personas de honor, que habían esgrimido el principio de lealtad a la nación, a la fe, a la monarquía, esto es, que habían fundado la convivencia en principios indiscutibles de moral, y hasta de virtud. Pero el remedio no tiene un camino fácil ni llega a concretarse suficientemente. El autor muestra sintéticamente las causas introduciéndonos en los periódicos de la época, en sus estilos literarios y en el análisis de fondo de un fenómeno en que encontramos las claves del “género desinformativo” actual.

 

Podemos, sin duda, aprender hoy lecciones de aquella situación, cuando el excesivo barullo mediático tiende a invadir todos los campos, abulta noticias sin comprobar y desborda con demasiada frecuencia la intimidad personal. Tenemos una oportunidad para reflexionar con esta obra sobre el uso de la libertad de expresión y sus límites, el honor de los ciudadanos y en especial de la libertad religiosa, más allá de su defensa legal con los derechos reconocidos vigentes.

 

Son muchos los que buscan superar ya muchas de estas cuestiones con un periodismo de excelencia, capaz de generar una convivencia positiva y de diálogo, respetuoso con la persona y sus derechos así como con las instituciones. La propuesta del autor parte del concepto de libertad religiosa como el derecho más intimo del ser humano que, por tanto, debe tutelarse. Una información religiosa que busque este desarrollo será una aportación al la convivencia en paz en la que aún queda mucho por conseguir.

 

 

+Rafael Zornoza Boy, Obispo de Cádiz y Ceuta

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