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Preguntas al Resucitado, por Ángel Moreno de Buenafuente

Preguntas al Resucitado, por Ángel Moreno de Buenafuente

Si tenemos en cuenta las preguntas que Jesús resucitado hace a los discípulos, sorprende que ellos apenas le hagan ninguna. Lo interpreto como una prueba de la evidencia con la que se mostró el Señor a los suyos, o también como señal de que se quedaron un poco atónitos, sin palabras.

En los relatos pascuales, las mujeres se plantean una cuestión previa a los acontecimientos: «¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?» (Mc 16, 3). Esta pregunta, aparte de ser ilógica, nos muestra la trampa que nos tienden las malas hipótesis, al aferrarnos a los acontecimientos negativos, que proyectan obstáculos insalvables, cuando a menudo después no se dan las circunstancias imaginadas.

Si sabían que estaba el sepulcro sellado, si eran conscientes de que no tendrían fuerzas para mover la piedra, ¿cómo no van acompañadas por alguien que las ayude? Lo ilógico del argumento se convierte en revelación para advertirnos que a veces imaginamos obstáculos que en realidad no existen.

Los dos discípulos de Emaús nos sorprenden con otra pregunta a Jesús, igualmente ilógica: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?» (Lc 24, 18) Cuando uno está obsesionado, no ve más, aunque tenga delante lo que busca. Es verdad que la pregunta de los discípulos, dentro del relato, da pie al desarrollo de la escena. No obstante, vuelven a ser palabras que denuncian el pensamiento obsesivo y único, la muerte de Jesús, que no deja ver la verdad, aun teniéndola delante.

En el evangelio de San Juan se esconde una pregunta que no se atreven a pronunciar los discípulos, pero que les embarga la mente y el corazón. “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?».” (Jn 21, 12). Sería extraño que aquellos pescadores no asociaran las palabras de Jesús en Cafarnaúm con las que les dijo al borde del Lago de Galilea. Hay certezas que se deben consolidar en el corazón, y no de manera especulativa.

Todas las preguntas de los discípulos en Pascua son un tanto desatinadas, y no lo es menos la que hace Simón Pedro a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?» (Jn 21, 21), refiriéndose al discípulo predilecto. Si hay una evidencia en las narraciones de Pascua es la personalización de las experiencias. Cada uno somos único, y podremos acrecentar nuestra experiencia compartiéndola, pero no por emulación, ni de oídas. La prueba la tenemos en los nombres propios que aparecen en los relatos: Pedro, María, Cleofás, Tomás, Juan…

¿Qué le preguntarías tú a Jesús? ¿Te asalta alguna duda en relación con su presencia viva, junto a ti? ¿Lo reconoces en la Palabra, en los acontecimientos que te suceden, en las personas con las que tratas?



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