Catedral. SEGOVIA
Iglesia en España

Pregón de la Semana Santa en Segovia

 

Segovia 1 de abril de 2017

Pregón de D. José Antonio Velasco, deán de la S. I. Catedral de Segovia.

SALUDO:

Excmo. Y Rvdmo. Sr. Obispo, Cabildo Catedral, Sr. Presidente y miembros de la Junta de Cofradías, Hermandades y Feligreses, Excmas. e Ilmas. Autoridades, queridos segovianos.

INTRODUCCIÓN

Gracias por encargarme proclamar a Jesucristo, pues el pregón de Semana Santa es para hablar de Jesús en los últimos acontecimientos de su vida en la tierra: su Pasión, Muerte y Resurrección, que es lo que celebramos en la Semana Santa y, de modo tan bello, intenso y expresivo, se representa en las imágenes que, elevadas en sus carrozas, sacamos en procesión y que vosotros, los miembros de las cofradías, transportáis y ponéis ante la vista de todos los que quieren contemplarlas e incluso dejarse mirar por ellas.

Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí1, anuncia Jesús; y la Sagrada Escritura también nos dice: Mirarán al que traspasaron2. Me imagino cuántas miradas dirigís vosotros estos días a Jesús y a la Virgen, Madre Dolorosa: cuando bajáis las imágenes, cuando las colocáis en sus carrozas y las adornáis; cuando las transportáis a la Catedral y, sobre todo, en la procesión del Viernes Santo. Seguro que muchas de vuestras miradas van más allá de la imagen, y os llevan de lo visible a lo invisible. Más allá de la figura y el peso de las esculturas, vuestros ojos, guiados por vuestro corazón y vuestra fe, se dirigen a Jesucristo en persona y os sentís mirados por Él como Pedro, como el Discípulo Amado, como las mujeres en la Pasión, o como un pobre discípulo entre la multitud que contempla al Señor en el Calvario; mirados incluso como la Virgen María, su Madre. Una mujer me contaba que, contemplando la imagen de Cristo crucificado, le decía a Jesús: “¡Pero Hijo3, cómo estás, cuánto sangras, cómo sufres tú por todos y por mí, y yo me quejo!”.

1 LAS HERIDAS DEL CRUCIFICADO NOS DEJAN VER LOS SECRETOS DE SU CORAZÓN

¿Por qué la imagen de Cristo crucificado es la más frecuente (repetida) en la catedral y en las iglesias, e incluso en nuestras casas, y la llevamos colgada a nuestro cuello? Aquí en la catedral, por ejemplo, tenemos en esta capilla la imagen de Cristo crucificado todavía vivo, obra de Manuel Pereira4, con la mirada elevada al Padre; a la salida de la capilla, el “Calvario” con las imágenes de Cristo crucificado ya muerto por nuestros pecados, como dormido en la cruz, con un rostro de infinita bondad y, a su lado, la Virgen María y el Discípulo Amado. En la “Capilla de San Andrés”, el Descendimiento de la cruz, pintura de Ambrosius Benson, que nos evoca las palabras de Jesús: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Unigénito5, y en el que destacan las imágenes de Jesús muerto y de la Virgen recibiendo su cuerpo con tanto amor y tanto dolor. En la “Capilla del Descendimiento”, la imagen de Cristo yacente (que es sacado en procesión), obra de Gregorio Fernández y que está invitando a decir con San Pablo: Me amó y se entregó por mí6. Podríamos mencionar también el relieve “Llanto sobre Cristo muerto”, obra de Juan de Juni, y otras más.

¿Por qué tantas imágenes de Cristo crucificado, si parece que la muerte y el sufrimiento no tienen ninguna belleza? Porque nada hay tan bello como el amor y especialmente el amor humano y divino de Cristo, y nada nos conmueve, nos atrae, nos fortalece y nos agrada tanto como sentirnos amados por Jesús que nos quiere y nos valora más que su vida. Una realidad tan verdadera y tan bella inspira ser representada con el arte más bello. Dice Dostoiewski que “la belleza salvará al mundo”7, no cualquier belleza sino la belleza redentora de Cristo.

Una respuesta sublime a la pregunta: ¿por qué tantas imágenes de nuestro Crucificado y tan bellas? La encontramos en un sermón de San Bernardo: “Las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios”8.

¿Cuáles son los secretos del corazón de Cristo? Su amor hasta el extremo9: hasta el fin, en plenitud, en totalidad, hasta dar la vida, toda su vida, hasta la muerte en la cruz.

Toda su vida, sus obras y sus palabras son entrega de amor perfecto. Pero de un modo especial el misterio pascual: su pasión, muerte y resurrección. Aunque Jesús, mientras vivió, se dio del todo, le faltaba por entregar lo más importante. Un hombre lo da todo por su vida, se dice en el libro de Job10, y no se da del todo hasta que no muere. Así Jesús, Dios y hombre verdadero, se da del todo, de modo definitivo e irrevocable, cuando muere. Él mismo dijo: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos11. Entregando su vida, Jesús entregó su amor misericordioso hasta el extremo.

El amor extremo, la misericordia extrema necesita, de algún modo, darse y expresarse en lo extremo y consumado, lo cual acontece en la entrega de la vida, en la entrega por todos, pues siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros12. Cada uno de nosotros puede decir como S. Pablo: Me amó y se entregó por mí13.

Las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver también los secretos del corazón de Dios que es amor14, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Del Padre testifica Jesús: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito15 por nosotros. No podemos contradecir a Jesús que nos dice: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos16. Pero hay un amor, que a nosotros (más aún a los que son padres) nos parece todavía mayor: entregar la vida del Hijo amado. El Padre nos amó a nosotros más que la vida de su Hijo, nos consideró a nosotros y nuestra salvación más valiosos que la vida de su Hijo muerto en la cruz17.

Pero no acabó todo en la muerte. Si así fuera, no recordaríamos ahora a Jesús. Habría quedado en el olvido. No celebraríamos la Semana Santa. No tendríamos la esperanza de resucitar. Pero Dios Padre no abandonó a su Hijo en el sepulcro, sino que aceptó su ofrenda hasta la muerte y lo resucitó confirmando así también la verdad de la vida y las palabras de Jesús18. Y el Padre que ha entregado la vida de su Hijo por nosotros ¿cómo no nos dará todo con él?19 . San Pablo proclama: el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús [Dios Padre] también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros20.

¿Cómo se muestra o se revela el Espíritu Santo en la Cruz de Cristo? Nos responde la Carta a los Hebreos: Cristo, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha21. Fue, por tanto, el Espíritu Santo, el Espíritu de Amor, el que movió y llevó a Cristo a entregarse por todos nosotros en la Cruz. Y fue Jesucristo, a su vez, el que desde la Cruz nos entregó este mismo Espíritu, el Espíritu del Padre y del Hijo. Nos lo dice San Juan: E, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu22. No nos informa Juan simplemente de que Cristo expiró, sino de que muriendo nos entregó su Espíritu23 como fruto de su entrega por nosotros. Así también nosotros podemos entregarnos y amar como Él nos ha amado24.

“El Padre lo entregó, Él mismo se entregó, entregó el Espíritu”25. Y hay una entrega más en la cruz: nos entregó a María, su Madre. Leemos en el evangelio de San Juan: Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo amado, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio26. El Discípulo Amado al que Jesús entrega su Madre no lleva ningún nombre en el Evangelio. Podemos entender que, entonces, hoy, y a lo largo de los siglos, éste ha sido y es todo discípulo de Jesús, que es amado por Él y al que le es dada María como madre suya también, madre nuestra, “madre de todos los hombres”27, madre de los pecadores por los que muere Jesús. Por eso, cuando la contemplamos en la procesión, la miramos como madre de Jesús y madre nuestra.

Más todavía: del costado herido de Cristo en la Cruz nacen los sacramentos de la Iglesia, la Eucaristía y el Bautismo, y la Iglesia también. Así lo explica San Juan Crisóstomo: “Del costado salió sangre y agua.28 No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambos del costado. Del costado de Jesús se formó, pues la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva”29.

2 DE LO VISIBLE, AL AMOR DE LO INVISIBLE

Nuestras procesiones tienen gran fuerza expresiva de imagen, y de sonido también, gracias a las bandas. Están llenas de dramatismo y en ellas participan muchas personas. Incluso muchos con apariencia de espectadores están muy dentro de ellas y no sólo miran sino que participan interiormente con fe y hondo sentir. También las calles, las casas y los monumentos forman parte de la procesión30. La presencia de Jesús atraviesa la ciudad (como entonces Jerusalén) como luz que ilumina el trabajo y las actividades, las relaciones, los gozos y los sufrimientos, la naturaleza y el paisaje, y las personas: su vida y su muerte.

Y gran paradoja: el misterio representado en ellas es invisible, pues las procesiones no pretenden poner en escena que hace casi dos mil años, injustamente, se crucificó a un hombre llamado Jesús. Lo que quieren poner ante nuestros ojos es que este hombre es Dios, que llevado por su amor hasta el extremo, murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día –como celebramos el Domingo de Pascua y representamos, con tanta acción dramática, en la Procesión del Encuentro31–. Así Cristo nos ha salvado32.

Esto no lo vemos ni fue visible entonces, porque A Dios nadie lo ha visto jamás. Sólo Jesús, el Hijo, y Él nos lo ha dado a conocer33. Nosotros, en el fondo, como dice San Pablo, no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno34. No es más real lo que se ve que lo que no se ve. Es lo real invisible lo que mueve y gestiona lo visible. ¿Qué nos ha traído a este acto? ¿La fe, el amor, la curiosidad? Todo ello es invisible. Y si nos duele una rodilla, el dolor también es invisible, como nosotros somos invisibles en la mayor parte de nuestro ser. ¿Qué se ve de cada uno de nosotros? ¿Qué ven en mí? ¿Qué veo yo? El exterior. Pero somos sobre todo interior. La persona está casi toda ella por dentro, no por fuera: pensamientos, sentimientos, deseos, saberes, proyectos, decisiones, gozos, sufrimientos, intenciones, bondad y maldad, el espíritu y lo espiritual. Y nada de ello se ve, ni se oye, ni se huele, ni se gusta, ni se toca. Pero existe y actúa y se proyecta en nuestras acciones y pone de manifiesto nuestro interior invisible, aunque también podemos mentir y fingir, por ejemplo, un amor o una bondad que no tenemos. Nuestro interior se hace visible de algún modo por signos o símbolos. El primero, el cuerpo humano que es signo o símbolo real de la persona y la persona misma. A través del cuerpo cada uno se dice o se expresa mediante los signos que realiza con el cuerpo: palabras, obras, miradas, gestos, abrazos, heridas, imágenes, música, flores y todo lo que puede ser portador de significado y expresar.

Dios es sólo interior, es espíritu35. No se percibe directamente por los sentidos. Pero sí actúa, crea, ama y se manifiesta en signos. Dice un salmo: Los cielos cantan la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos36. Las inmensas galaxias y los diminutos átomos hablan de él y de modo especial habla Él mismo en el interior del ser humano, de su conciencia: en el deseo del bien y bien absoluto, en la búsqueda de la verdad y del sentido, en el anhelo de felicidad y de vida sin fin, en la belleza. Habla en la historia, especialmente por los profetas, en la Biblia, y últimamente y de modo pleno y definitivo, como dice la Carta a los Hebreos, nos ha hablado por el Hijo, que es su Palabra37 y, como glosa San Juan de la Cruz38, no tiene otra y en ella nos lo dice todo, y nos manda: Escuchadlo39. Dios habla pero hay que escucharlo con los sentidos, con la inteligencia y el corazón e ir aprendiendo su idioma y reconociendo su palabra creadora que podemos percibir de modo especial en la oración: a veces en la paz interior, en el deseo de bien, de justicia, en la fortaleza, en el reproche, en el cambio de nuestros sentimientos: de la insensibilidad al amor; en el deseo de dar gracias, de ser mirados, escuchados, comprendidos, aceptados y amados incondicionalmente.

Dios puede hablar (por medio de Jesucristo, y con la iluminación del Espíritu Santo) a muchas personas a través de quienes portáis las santas imágenes y participáis en las procesiones de Semana Santa. La voz del Señor puede llegar tanto más claramente a todos cuanto más auténticas y verdaderas sean nuestras actitudes y nuestras manifestaciones externas, cuanto más concuerde nuestro interior con el misterio que celebramos. Si Dios se sirve de nosotros para darse a conocer, para decirse a sí mismo, para tocar el corazón de las personas, podemos sentirnos gozosos y satisfechos y con la certeza de que nos dará su recompensa.

Todos sabemos que la Semana Santa celebra la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo; y las procesiones son actos religiosos y de gran belleza. Pero lo bello (incluso en las personas) se vuelve falto de esplendor e insípido, y hasta indigno y feo si se le vacía de su sentido verdadero y se degrada. Si somos auténticos, muchos podrán pasar de lo visible “al amor de lo invisible”40.

3 LAS PROCESIONES SE TERMINAN. EL SEGUIMIENTO A JESUCRISTO CONTINÚA

Después del primer anuncio de su pasión41, Jesús decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga42.

Entiendo que las personas que participan, que participamos, en las procesiones como creyentes en Jesucristo: miembros de las cofradías y de las bandas de música, penitentes, y acompañantes de la multitud, realizamos un acto de seguimiento a Jesucristo.

Algunos le siguen de una forma muy literal, cargados con grandes cruces, muy pesadas (el año pasado quise levantar una aquí en la catedral y no pude con ella). Otros, mujeres y hombres, van con los brazos en cruz y descalzos, ¿cómo aguantan tanto tiempo? Otros descalzos y con cadenas. ¿Por qué lo hacen? ¿Es un gesto, una acción exagerada? Los sentimientos y las vivencias muy fuertes necesitan ser expresados con gestos también muy fuertes y hasta extremos. Algunos me lo han dicho: Un hombre fue para dar gracias a Jesucristo y cumplir una promesa por la curación de un hijo; una mujer que caminó descalza y con los brazos en cruz, fue para dar gracias por su curación de un cáncer. Un hombre cargó con la cruz, para pedir la curación de su esposa. Otro fue para pedir perdón. Otros para suplicar al Crucificado una gracia con todo su ser, cuerpo y alma, con un grito silencioso del corazón expresado del modo más fuerte que pueden. Otros para sentir dolor con Cristo doloroso que tanto padeció por nosotros, es decir, por la identificación con Cristo, algo que han buscado, sin excepción, todo los santos.

Dios, podemos estar seguros, escucha esta súplica que habla con más que palabras; y responde según su voluntad. No siempre, por nuestras promesas o por llevar una pesada cruz de madera en la procesión de Viernes Santo, nos quita la cruz en la vida, la cruz de cada día. No siempre entendemos; pero en el cielo esto será claro y veremos la razón y que tiene sentido. Podemos fiarnos de él. Si ahora no nos quita la cruz, nos acompaña y da la fuerza para llevarla: “La llevaron tus hombros que en mis hombros pusiste” dice un himno de vísperas43.

Estamos llamados a seguir a Jesús todos los días de nuestra vida y podemos acompañarle de muchos modos menos dramáticos que en la procesión, y siendo Cirineos.

Algunos hechos que conozco del presente y del pasado, absolutamente reales:

Un matrimonio cuida de un hermano del marido al que ha abandonado su mujer, está en paro y deprimido. Le atienden con delicadeza, sin una mala palabra, sin culpabilizarle, aunque muchos piensan que es culpable.

En el año más duro de la crisis una familia en la que trabajaban el padre y la madre, los dos perdieron el trabajo. Estaban pagando la hipoteca y tienen tres hijos de nueve, doce y quince años. Están a punto de la depresión. La madre se lo comunica a su amiga que se lo dice a su marido. Ellos no nadan en la abundancia, pero están mejor y deciden ayudarles periódicamente. Pero antes se lo comunican a sus hijos, tres también y un poco más mayores que los otros. Los hijos dicen: “Si, sí, claro” y su madre replica: “Pero esto nos afectará a todos, también a vosotros. Pensadlo y nos informáis el domingo”. Los hijos respondieron que sí. Pensé en Jesús multiplicando los panes y los peces44.

Un amigo, representante sindical, me contó que acudía mucha gente a él. Él les ayudaba lo que podía, que a veces no era mucho. Pero añadió con voz más baja: “No sabes cuántas horas dedico a escuchar. La gente tiene muchos problemas y no sólo laborales y sé que escucharles con respeto y con aprecio les viene bien”. Pensé en Jesús escuchando a la Samaritana y, más aún, caminando y escuchando a los discípulos de Emaús45.

Una cuarta historia: a una de las parroquias donde estuve llegó un señor mayor, más cerca de los noventa que de los ochenta años. Había muerto su mujer y fue a vivir con su hija, casada y con hijos. Siempre que tocaba la campana antes de misa, él llegaba el primero a la iglesia. Sentado en el banco, de la mitad para atrás, estaba quieto mirando hacia el sagrario o con la cabeza agachada. Me dijo que rezaba por todos y por todo el mundo, por tanta gente como sufría y tantos países en los que había guerra y tanta hambre e injusticia. Un día, al pasar junto a él, le di las gracias por rezar por todos y me respondió: “Siempre me ha gustado rezar y ahora es lo que hago constantemente. Ya no puedo hacer otra cosa, si mi pobre oración sirve de algo… Desde joven, hasta que pude, fui donante de sangre, ya no puedo. He trabajado en el campo y luego en la construcción y he hecho el bien que he podido. Siempre he querido ser buen cristiano, aunque no todo lo he hecho bien. Ahora tengo mucho tiempo para rezar”. Yo pensé: he aquí un buen seguidor de Jesucristo: pasó haciendo el bien, ha dado su sangre literalmente, y ahora intercede por nosotros.

Las procesiones son una vez al año. Pero la representación en la que Jesucristo muerto y resucitado se hace realmente presente es la Misa. La misa del domingo es vital para un cristiano46. En ella, Jesús nos invita a su Mesa de la Palabra y del Altar: nos alimenta con su Palabra y también con su Cuerpo y con su Sangre, verdadero Pan de Vida y bebida de Salvación; y entramos en comunión profunda con Él, comunión que se hará plena y eterna en el Banquete del Reino de los Cielos.

Concluyo: Seguir a Jesús se concreta principalmente en el mandamiento del amor. Leemos en el evangelio de San Marcos: Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos»47.

Y recuerdo una frase muy conocida de San Juan de la Cruz, tan castellano y tan universal: “A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición”48.

Que Dios nos bendiga y nos proteja, e ilumine su rostro sobre todos.

Gracias.

1 Evangelio de San Juan, capítulo 12 versículo 32 = Jn 12,32.

2 Zac 12,10; Jn 19,37.

3 Las segovianas llaman “hijo” o “hija” frecuentemente a su interlocutor, especialmente cuando le hablan con cariño, cosa que me han manifestado con extrañeza y humor varias personas que vienen aquí de otras provincias. Pero esta mujer le llama a Cristo “Hijo” por un motivo más profundo que el mero segovianismo, porque como dice Jesús, refiriéndose a sus discípulos y discípulas que están con Él: Ese es mi hermano y mi hermana y mi madre (Mt 12,50).

4Llamado “Cristo del Marqués de Lozoya”, pues fue donado por él en el año 1897.

5 Jn 3,16.

6 Gál 2,20.

7 F. Dostoiewski, El Idiota (Barcelona 201010ª ed.) pág. 458.

8 San Bernardo, Sermón 61, sobre el Cantar de los Cantares. Se puede leer en la Liturgia de las Horas III, pág. 100.

9 Jn 13,1: Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Se recoge también en la Plegaria eucarística IV: “Porque él mismo, llegada la hora en que había de ser glorificado por ti, Padre Santo, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

10 Cf. Job 2,4; Mt 16,26.

11 Jn 15,13.

12 Rm 5,8.

13 Gál 2,20.

14 1 Jn 4,8.16.

15 Jn 3,16.

16 Jn 15,13.

17 “¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!” Cantamos en el Pregón Pascual la noche de Sábado Santo (Misal).

18 Dice San Pedro, en su primera predicación, el día de Pentecostés: A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo (Hch 2,32-33).

19 Rom 8,32.

20 Rom 8,11.

21 Heb 9,14

22 Jn 19,30.

23 El evangelio de S. Juan emplea muchas expresiones con dos sentidos: uno comprensible a primera vista y otro más profundo que sólo se capta mediante la fe. ¿Qué quiere comunicarnos cuando dice que Jesús en la cruz inclinando la cabeza entregó el espíritu? Todo el mundo entiende que expiró, que murió; y es verdad. Pero dice también que nos dio su Espíritu. En Jn 7,39 leemos: Porque aún no había [derramado el] Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado. Para S. Juan Jesús es glorificado en la Cruz, y el Padre también es glorificado. En ella se muestra su gloria: es decir, su amor infinito y fiel.

24 Cf. Jn 13,34.

25 Así resumía las “Entregas” Marcelino Legido, cura de la diócesis de Salamanca, profesor de filosofía en la Universidad de Salamanca y luego teólogo y sacerdote, que murió en 2016, y tanto nos enseñó y edificó a muchos.

26 Jn 19,26-27.

27 Prefacio IV de adviento.

28 Jn 19,34.

29San Juan Crisóstomo, nacido en Siria el año 347, fue patriarca de Constantinopla y murió el año 407. El texto citado se toma de su Catequesis 3. Se puede leer en el tomo II de la Liturgia de las Horas, pág. 394. Es la lectura del día de Viernes Santo.

30 Buena muestra de ello son los carteles de Semana Santa de cada año. El de 2017 con el Acueducto casi contemporáneo de Jesús.

31 Esta procesión, en la provincia de Segovia, es la que tiene más elementos de representación dramática: el encuentro de las dos comitivas, la de Jesús resucitado y la de la Madre Dolorosa; el cambio del manto de la Virgen, el “choque” (abrazo) de los palos de las andas de cada imagen, también de las otras insignias como la cruz parroquial y el pendón; y los cantos del coro que van anticipando y explicando esta secuencia y saludando al sacerdote, a las autoridades y “a todos lo que aquí están”.

32¿A qué llamamos Salvación? Pensemos de qué necesitamos y queremos ser salvados: del sufrimiento, del dolor y la enfermedad, y de la muerte, claro. Seguramente pidamos primero esto. Pero, aunque no lo pensemos, deseamos también ser salvados de toda maldad y culpa, esto es, del pecado que es la raíz de estos males. Queremos que Dios nos perdone y esté a nuestro favor, que nuestra vida tenga sentido, bondad y valor. Queremos vida eterna; pero no una vida anodina, insípida, insustancial, sino plena, comunitaria, feliz y sin fin. Esta vida es regalo, y todo regalo es sorpresa, quizá por eso dice San Pablo: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman (1 Cor 2,9). Dios nos da vida eterna para el alma y también para el cuerpo: nos resucitará y tendremos “un cuerpo glorioso como el suyo”, como el de Cristo resucitado. ¿Cómo nos salva? Derramando sobre nosotros el Espíritu Santo que nos purifica, nos hace nuevas criaturas, nos guía y nos introduce en la amistad y comunión con Dios, en el Reino eterno y universal.

33 Jn 1,18.

34 2 Cor 4,18.

35 Jn 4,24.

36 Salmo 19,2.

37 Cf. Heb 1,1-3.

38 Cf. San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo, Libro 2 cap. 22, Núms. 3-4: “Porque en darnos como nos dio, a su Hijo –que es una Palabra suya que no tiene otra–, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra… Pon los ojos en él; porque en él te lo tengo puesto todo y dicho y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas… A él oíd

39 Mat 17,5.

40 Prefacio I de Navidad.

41 Son tres los anuncios que Jesús hace de su pasión: 1º: Lc 9,22; 2º: Lc 9,43-45 y El 3º: Lc 18,31-33. La persecución y la muerte no le llegó a Jesús por sorpresa. Ya desde Lc 9,51 vemos que Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén donde tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día (Lc 9,22).

42 Lc 9,23.

43 Vísperas del miércoles de la primera semana. El himno comienza “Amo, Señor, tus sendas…”

44 Marcos 6,30-43.

45 El encuentro de Jesús con la Samaritana está en el capítulo 4 del evangelio de San Juan y la aparición a los discípulos de Emaús, en el evangelio de San Lucas, capítulo 24,13-34.

46 Recuerda Benedicto XVI, en una homilía del 5 de mayo de 2005, lo que dijo uno de los cuarenta y nueve mártires cristianos de Abitinia (Túnez), en el año 304, cuando el procónsul le preguntó por qué celebraban la misa si les había sido prohibido bajo pena de muerte. Respondió: «Sine dominico non possumus; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir”. Benedicto XVI Homilías 2005

47 Mc 12,29-31.

48 Dichos, nº 60

Print Friendly, PDF & Email

Añadir comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.