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Positio de las virtudes de Santa Bonifacia Rodríguez de Castro, testigo de la fe[1]

POSITIO DE VIRTUDES,

Vol. I, Información, pp. 22-40 y 93-96.

 

2. VIRTUDES TEOLOGALES

Bonifacia Rodríguez recibe de sus padres la primera catequesis práctica de “aquellas tres virtudes divinas, fe, esperanza y caridad, que el Señor infundió en este dichoso matrimonio” (31). Fiel al don recibido en el bautismo, don gratuito por el que Dios le ofrece su alianza, Bonifacia se entrega totalmente a su Señor a través de las virtudes teologales, que van creciendo en ella a lo largo de su existencia, llegando a vivirlas heroicamente.

Muchas veces es imposible diferenciarlas, señalando donde termina su fe y comienza su esperanza, o donde finalizan éstas para comenzar su caridad, porque “la fe, la esperanza y la caridad se confundían en ella”, según manifiesta Pilar Mateos, ssj, en su testimonio extraprocesal (32).

La honda expansiva de estas arraigadas virtudes llegaba a quienes la rodeaban, estimulando a los demás a vivirlas. Sus alumnas manifiestan: “Ella nos aconsejaba que tuviéramos mucha fe, esperanza y que la caridad no nos faltara”. “[…] y si tenéis fe, esperanza y caridad venceréis todas las dificultades que la vida os presente” (33).

 

FE HEROICA

El don de la fe mantiene toda la vida a Bonifacia Rodríguez consciente del amor de Dios, derramado en su corazón por el Espíritu Santo que le había sido dado (Rom 5,5). Esta viva conciencia de Dios como padre amoroso, cercano y providente la impulsa a gestos generosos que conllevan para ella grandes sufrimientos, aceptados siempre con paz y alegría, segura del amor de Dios hacia ella.

 

1.  La fe de Bonifacia Rodríguez

 

Socorro Hernández la describe así en su Cuaderno:

“La fe la tuvo tan grande que en todas sus empresas estuvo tan fuerte y constante como si tuviera noticia cierta de todo, y así no se preocupaba más que en agradar a Dios en todas sus obras. Y efecto de esta misma fe que tenía, careciendo de todo, hasta de lo más necesario, cualquiera que la viera y tratara, nadie diría más que todo le sobraba, tal era la alegría con que llevaba sus privaciones, confiando que Dios las remediaría cuando fuera de su divino agrado. Y así solía decir: como nosotras seamos buenas, no nos faltará la protección de Dios en todo” (34).

Evangelina Polo, secretaria general y encargada de la causa de canonización de Bonifacia Rodríguez en la fecha de su declaración, testimonia en el proceso:

“Yo no conocí personalmente ala Siervade Dios, pero sí he conocido a personas que convivieron con ella. Por lo que de estas personas he oído, por lo que he leído de dos religiosas a quienes considero fidedignas, M. Rosario López y M. Socorro Hernández, por lo que de tradición se conserva en nuestro Instituto, puedo afirmar quela Siervade Dios poseyó la virtud de la fe y la ejercitó en grado heroico: fe heroica se necesita para soportar no solamente con paz, sino aun con alegría, algunos acontecimientos de su vida, como la miseria, o más bien, la pobreza, la pérdida de los seres queridos en la infancia, las pruebas sin cuento en los comienzos dela Congregación, tanto de parte de las religiosas como de parte de los de fuera. El haberse visto depuesta de su cargo de superiora, la situación en que se encontró después hasta fundar en Zamora y todas las demás pruebas que ella sufrió hasta su muerte […]. No sé decir más que para soportar todo esto se necesita mucha unión con Dios, mucho espíritu de fe […]” (35).

Rosario López, que había conocido a Bonifacia en su juventud, al relatar los distintos momentos de la vida de la fundadora, con frecuencia se refiere a la fe y confianza en Dios de Bonifacia Rodríguez, que vienen a convertirse para ella en actitud existencial:

“Durante los nueve años que gobernóla Congregación[en Salamanca] son indecibles los sacrificios que soportó […]; pero […] llena de fe y confianza en Dios […] procuró seguir las huellas de Teresa de Jesús”.

“Al realizarse la fundación de Zamora salen para aquella ciudad Bonifacia y su madre “sin más preparativos y recursos que los que presenta la santa pobreza; pero llenas de fe y confianza en Dios se dirigieron al palacio del Ilmo. Sr. Belestá, el mismo señor que en los años 76 y 81 las había hecho derramar tantas lágrimas porque creía que no podían pagar la renta […]. ¡Oh poder de la fe, oración y humildad que trueca los corazones! Este señor tan sumamente interesado cuando estuvo de arcediano en Salamanca se le presenta como generoso protector en su diócesis […]” (36).

La total confianza en Dios de Bonifacia Rodríguez es ponderada por el primer teólogo censor de sus escritos:

“La extrema pobreza con que la casa [de Zamora] fue fundada porla Siervade Dios debe ser medida por su total confianza en Dios. Es suficiente recordar la lista de cosas quela Siervade Dios pedía a las hermanas de Salamanca para poder afirmar que la casa de Zamora fue llevada adelante porla Siervade Dios sacándola de la nada” (37).

Cecilia Esteban nos deja en uno de sus cuadernos este precioso testimonio referido al que probablemente haya sido el momento más duro de su vida: “Esta fe la demostró en muchas ocasiones, pero más especialmente [cuando] sola y abandonada en Zamora no desmayó jamás” (38).

Mantenía vivo el espíritu de fe. Amparo Delgado, ssj, declara: “Se movía por altos motivos no de razón sino de fe durante su vida”, y Felícitas Martínez testimonia en el proceso: “todo lo sobrenaturalizaba” (39). D. Manuel Boizas, sacerdote de Zamora que conocía en profundidad a Bonifacia Rodríguez, atestigua en su escrito “el gran espíritu de fe de que vivía penetrada” (40). Por esta razón “recibía con la misma disposición de ánimo los sucesos prósperos que los adversos, porque todos ellos eran designios de Dios”, como afirman respectivamente en el proceso Amparo Delgado y Pilar Diez (41).

 

2.  Confianza y abandono enla Providencia

 

Una de las características más notables de la fe de Bonifacia Rodríguez es la confianza y abandono enla Providencia, fruto de su certeza en el amor que Dios le tenía.

Según la declaración de Evangelina Polo,

“tenía una plenísima confianza en la providencia de Dios y así lo inculcaba a las religiosas y personas que convivían con ella. En muchos lugares de la casa de Zamora tenía escrita la siguiente máxima que ella vivía: <<Tu Providencia y mi fe sostienen la casa en pie>>” (42).

Dios con su amorosa protección respondía a la confianza que en él depositaba Bonifacia. Rosario López escribe:

“[…] la divina Providencia tomó a su cargo proteger la fundación de Zamora, puesto que en sólo Dios confiaron las dos religiosas que allí establecieron su Taller de Nazaret, y no quedaron confundidas […]”.

Por su parte, Cecilia Esteban afirma en uno de sus cuadernos:

“Y verdaderamente que la providencia del Señor y la fe heroica de nuestra M. Fundadora hacían que nunca nos faltaran encargos” (43).

Segúnla Sra. CesáreaBienes, alumna de Bonifacia en el Colegio de Desamparadas de Zamora, su abandono enla Providenciala llevaba a dar a los pobres más, quizá, de lo que podía:

“Decía dela M. Fundadoraque tenía una extraordinaria confianza enla Divina Providenciay siempre tenía a flor de labios <<Dios proveerá>>. Esta confianza le llevaba a dar siempre, aún privándose de ello, y sin hacer caso al decirle que quizá aquél tuviese más que ella. Nunca iba a verla, decía, sin que tuviese que darme algo […]” (44).

Fruto de esta plena confianza era la paz de que siempre disfrutaba. D. Manual Boizas escribe:

“[…] en las grandes necesidades que pasó para atender a sus hijas en alimentos y vestido, la vi siempre confiada ala Providenciadivina […] sin inquietarse ni perder la paz del alma, infundiendo esta misma confianza a sus Religiosas, al mismo tiempo que, solícita, procuraba hacer cuanto estaba de su parte para conseguir lo necesario a este fin” (45).

Socorro Alonso insiste en su declaración jurada en que infundía en las hermanas el abandono en manos de Dios providente: “Nos inculcaba mucho el espíritu de fe y de sacrificio, diciéndonos repetidas veces que confiáramos plenamente en la divina Providencia” (46).

Bonifacia Rodríguez se arriesga a vivir colgada de Dios y a favor de los pobres porque sabía que Dios era su padre. Esta experiencia la contagiaba a los demás. Pilar Mateos recoge el siguiente testimonio de su abuela,la Sra. CesáreaBienes:

“Mi abuela decía que de ella aprendió a <<fiarse de Dios, a confiar en El y a estar colgada de su Providencia>>, a ver a Dios como Padre, y no comprendía que hubiese alguien que no se fiase de Dios” (47).

En su declaración en el proceso anota Socorro Alonso: “Ala Hermana Luisarecuerdo haber oido quela Madretenía plena confianza en Dios, que resolvería todas las cosas […]. No se arredraba por nada, sino que tenía plena confianza enla Providenciade Dios” (48).

 

 

 

3.  Mujer de oración

 

Un medio privilegiado de crecimiento en la fe, que en Bonifacia Rodríguez reviste extraordinaria importancia, es la oración. Bonifacia es mujer de oración, recibe el don de la oración, y a él se entrega con plena fidelidad y generosidad toda la vida.

Ya desde joven destacaba por su intensa piedad.

Socorro Harnández escribe en su Cuaderno que al casarse su hermana Agustina y quedarse solas su madre y ella, “se dieron de lleno a todos [los] ejercicios virtuosos, gastando la mayor parte de la mañana en confesar, comulgar, oír misa y rezar todas las devociones, que no eran pocas, pues en todas las asociaciones estaban inscritas, siendo las primeras que tomaban asiento en la Clerecía” (49).

Trabajadora en su taller, “conservaba el mayor recogimiento posible” durante la labor, según testimonio de Rosario López (50).

Evangelina Polo declara que al frente dela Asociación Josefinacomo Hermana Mayor, “pasaban la tarde de los domingos y días festivos en santas conversaciones y ejercicios piadosos”. Una vez fundadala Congregación, siendo superiora de Salamanca, “en los casos difíciles que se le presentaban en el gobierno de la misma o en las contrariedades, y antes de tomar una determinación, acudía a Dios por medio de la oración” (51).

En Salamanca llamaba la atención de las hermanas porque durante los largos actos religiosos de la comunidad permanecía todo el tiempo de rodillas.La M. TomasaLópez confiesa, como afirma Amparo Delgado en el proceso: “Todas, hija, nos cansábamos, pero ella no. Esto nos daba mucho en rostro y a algunas nos exacerbaba y nos sacaba de quicio” (52).

Son muchos los testimonios que conservamos de la intensa dedicación a la oración de Bonifacia Rodríguez en Zamora, y de su extraordinario espíritu de oración.

Amparo Delgado declara:

“Las hermanas de Zamora me han dicho quela M. Bonifaciatenía don de oración. Nunca faltó a ella y era la primera en asistir a los actos religiosos de la comunidad” (53).

Cecilia Esteban da este testimonio en su declaración:

“Se mostraba amante de la oración, llegando siempre con puntualidad a los actos de oración, sin faltar normalmente a ellos. Ni mostró, al menos que yo me diera cuenta, fastidio ni cansancio cuando alguno de estos actos se prolongaba demasiado”.

Pilar Diez en el proceso recoge de labios de Luisa Gago:

“En la capilla, me decíala Hª Luisa, […] no se distraía con nada, parecía un ángel. Siempre le parecía poco dedicado a la oración” (54).

Según Socorro Hernández, “a pesar de ser mucho el rezo que por Regla teníamos entonces […] nunca se cansaba en los ejercicios espirituales, aunque se tardasen más de dos horas seguidas” (55).

Efectivamente, eran muchas las horas que en Zamora dedicaban cada día las hermanas a la oración. Lo detalla Cecilia Esteban al describir la vida de la comunidad (56). Tenían una hora de oración personal por las mañanas a la que Bonifacia Rodríguez acudía “la primera, sin faltar un solo día” (57). Otras muchas horas las dedicaban a la oración vocal, unas veces en la capilla y otras en el taller, lugar de oración para las Siervas de San José.

A estas múltiples oraciones que recitaba diariamente Bonifacia nos referiremos en seguida al hablar de sus devociones.

Su oración era ininterrumpida:

Según declara Pilar Diez,

“La Hª Luisa me decía quela Siervade Dios estaba siempre en oración […]”.

Cecilia Esteban declara en el proceso:

“En las horas de silencio en el taller conservaba una actitud muy recogida y a veces hasta le noté que movía los labios como si estuviera rezando en silencio” (58).

Mediante la oración pedía a Dios su ayuda: “Sé que ella acudía a Dios en la oración para pedirle su ayuda en las necesidades”. “He oído que acudía siempre a la capilla cuando estaba en algún apuro”, afirman las testigos Cecilia Esteban y Candelas García (59).

Según Jacinta Miguel y Encarnación Salvador en sus respectivos testimonios extraprocesales era “muy piadosa” (60), y según Socorro Alonso en su declaración en el proceso “muy aficionada a la oración”, “muy amante de la oración”. Fabiana Rodríguez afirma en su escrito haberle oido a Tomasa López que Bonifacia Rodríguez era “persona de mucha oración” (61).

En los últimos años de su vida se hace aún más intensa su dedicación a la oración. Encarnación Salvador, alumna de Bonifacia, declara:

“[…] veíamos en ella que rezaba mucho y estaba mucho tiempo en la iglesia […]. Era muy frecuente ver ala Siervade Dios acompañada siempre de M. Socorro rezando en la capilla, aun fuera de los actos que tenía la comunidad” (62).

Las personas que viven con ella son testigos de su profundo espíritu de oración.

Cecilia Esteban declara en el proceso:

“Me parece que tenía un ferviente espíritu de oración por el ininterrumpido silencio que guardaba en los actos de comunidad, su recogimiento exterior en los actos de oración que ella personalmente dirigía en el taller durante los trabajos que en éste realizábamos: jaculatorias cada media hora, el rosario; la especial devoción que ponía en su voz al dirigir las preces de comunidad y el entusiasmo y esmero que ponía para preparar los altares en el mes de mayo y junio, y en recoger flores para adorno de los altares” (63).

Evangelina Polo testifica:

“[…] he oído ala M. Ceciliaque amaba mucho la oración, y que nunca se cansaba de estar en la capilla, y no solamente en la capilla, que aun durante las hora de trabajo, en silencio, estaba siempre recogida en oración” (64).

De su espíritu de oración participaba la comunidad. Isidora Aguado manifiesta en su testimonio extraprocesal haber oido que: “en tiempos de M. Bonifacia, en la comunidad se vivía una vida de mucha austeridad, oración y caridad” (65).

La importancia que para la fundadora tenía la oración en la vida del Instituto queda reflejada en las palabras que, según declara la interesada, dirige a la joven aspirante Cecilia Esteban al explicarle cómo era la vida de las Siervas de San José: “[…] me indicó cuál era su vida: vida de oración y de sacrificio” (66).

 

4.  Sus devociones

 

La fe de Bonifacia Rodríguez, fundamento de su extraordinario espíritu de oración, se expresa a través de sus devociones.

Hija fiel de su época, en Bonifacia destacan las propias del ambiente religioso de la segunda mitad del siglo XIX: al Corazón de Jesús, ala Inmaculada Concepciónde María y a San José. Son las promovidas por Pío IX, son también las propagadas porla Compañíade Jesús, cuya espiritualidad configura la de la fundadora de las Siervas de San José.

Además de estas devociones, comunes al pueblo de Dios, destacan en ella otras esencialmente enraizadas en la identidad de la vocación religiosa que Bonifacia Rodríguez inicia enla Iglesia.

Las manifestaciones de estas devociones son también, unas, propias de la espiritualidad decimonónica: prácticas de piedad -de las que hablaremos a continuación- e imágenes colocadas con profusión en toda la casa (67) y, otras, características de la vocación josefina, como por ejemplo la colocación de altares en el taller -lugar de oración y de trabajo para las Siervas de San José- durante “[…] los meses de marzo, mayo y junio […] en los que [la Madre] colocaba respectivamente las imágenes de N.P. S. José,la Sma. Virgeny el Sdo. Corazón de Jesús, a los que profesaba singularísima devoción. Ellos presidían los trabajos del taller […]”,  según nos dice Cecilia Esteban en un testimonio extraprocesal (68).

La Trinidad

Dice Evangelina Polo: “Era muy devota dela Santísima Trinidady rezaba el trisagio todas las tarde en el taller, según oí a M. Cecilia Esteban” (69). La propia Cecilia nos lo confirma: “Era devotísima […] de la Stma. Trinidad”. “Todos los días rezaba el Trisagio” (70).

Jesucristo en sus misterios

La contemplación asidua de los distintos momentos de la vida oculta de Jesús en Nazaret, propia de las Siervas de San José, imprimen en Bonifacia Rodríguez los rasgos de este misterio de la vida de Jesús. A ello nos referiremos al hablar de las virtudes características de Bonifacia como fundadora dela Congregación.

Siente también especial atractivo por el misterio de la Pasión del Señor, el Jesús de Nazaret que alcanza su plenitud en la cruz. Hacía el viacrucis con frecuencia; todos los días rezaba en el taller los misterios dolorosos del rosario e introduce enla Congregación la oración “cuando vuelvo los ojos a mirarte, oh dulce Jesús, despojo de la muerte […]”, que la rezaban después de comer, camino de la capilla (71).

Del fervor con que vivíala Semana Santadan testimonio los discursos que dirige a la comunidad de Salamanca el día de jueves santo, llenos de sus propias experiencias:

“En estos días en que recordamos la muerte de nuestro amabilísimo Jesús, seríamos indignas de llamarnos religiosas si no pensáramos en padecer por El para mejor asegurar nuestra salvación”.

Pone a consideración de todas los desprecios y persecuciones de Jesús, que ya habían entrado a formar parte de su propia experiencia pascual:

“¿Qué mimos tuvo Jesús?, los desprecios. ¿Qué alabanzas le hacían?, los insultos y las persecuciones. ¿Y queréis vosotras lo que no quiso Jesús?”.

Invita a las hermanas a la contemplación de Jesús paciente:

“¡Cuánto tenemos que aprender de Jesús, sobre todo contemplándole en su pasión!” (72).

Los testimonios coinciden a la hora de señalar la devoción al Corazón de Jesús entre las principales de Bonifacia Rodríguez.

Rezaba todos los días una breve oración, reflejo de sus vivencias ascético-místicas:

“Abridme vuestro Corazón, ¡oh Jesús!: mostradme sus encantos; unidme a él para siempre; que todas las palpitaciones de mi corazón, aun durante mi sueño, os revelen mi amor y os digan sin cesar: sí, Señor, yo os amo” (73).

Todas las semanas, según manifiesta Socorro Hernández en su Cuaderno, hacía con gran fervor la visita al Sagrado Corazón y en el mes de junio la novena. Cecilia Esteban añade en su declaración en el proceso que ante el altar colocado en el taller celebraban el mes dedicado al Corazón de Jesús (74).

Cosejo Lema, ssj, testimonia que tenía “gran confianza en el Corazón de Jesús”. Su total abandono en él lo manifiesta a la hora de la muerte, repitiendo con gran fervor la invocación “Sagrado Corazón de Jesús en vos confio” (75).

La Virgen María

Al recorrer la vida de Bonifacia Rodríguez se aprecia que la devoción a María está muy arraigada en ella, es continua y va en aumento.

En su juventud, “ala Sma. Virgenprofesaba singularísima devoción, especialmente al misterio de la Inmaculada Concepción”, escribe Rosario López (76). Probablemente no haya sido ajena a esta devoción la proclamación del dogma dela Inmaculadapor parte de Pío IX en 1854, cuando Bonifacia contaba 17 años. Aparece inscrita en 1858 en el Libro dela Cortede María Santísima, instituida en Salamanca ese mismo año (77).

Prueba del amor que profesaba a María en el misterio de su Inmaculada Concepción es el título de “Asociación dela Inmaculaday de San José”, dado a la agrupación de jóvenes reunidas en torno a ella, que más tarde recibe el nombre de Asociación Josefina. En su propia casa, lugar de encuentro de las asociadas, Bonifacia “[…] en la sala de recibir colocó un sencillo y bonito altar dedicado ala Purísimay a N. P. San José. Postradas ante él rezaban el Oficio dela Inmaculadaen verso y un precioso acto de consagración ala Virgen, compuesto exclusivamente para esta asociación” (78).

En opinión de Cecilia Esteban, es el amor ala Virgenel que, al sentirse llamada a la vida religiosa, la lleva a elegir el convento dominicano de Santa María de Dueñas (Salamanca) (79). Pero otros eran los planes de Dios, y así en la fiesta dela Purificaciónde María de 1876 emite su profesión religiosa enla Congregaciónpor ella fundada (80), cuya espiritualidad lleva consigo el amor a María, que con su hijo y su esposo constituyenla Familiade Nazaret, “modelo y ejemplar” de las Siervas de San José. Por eso Bonifacia llevará “por distintivo una medalla de plata grande con las imágenes dela Santísima Virgeny de San José colgada al cuello”, propia del hábito de Siervas de San José (81).

Creemos que a Bonifacia Rodríguez se le debe la costumbre -que comienza con la fundación del Instituto- de saludarse las hermanas diciendo: “Ave María Purísima – Sin pecado concebida”. Se decía también esta invocación cuando se entraba en el taller o en otra habitación cualquiera (82).

Contamos con numerosos testimonios acerca del fervor que alcanza en Zamora la devoción mariana de Bonifacia. “Era devotísima […] de la Stma. Virgen”, dice en repetidas ocasiones Cecilia Esteban (83). “Tenía mucha devoción a la Inmaculada”, asegura en su declaración Iluminada Miguel, ssj, (84). También Pilar Diez la señala entre sus principales devociones (85).

Además del rezo diario del Oficio Parvo ala Virgeny del rosario, señalados en las Constituciones (86), la comunidad rezaba por devoción otras muchas prácticas marianas: las tres partes del rosario; la novena dela Inmaculada, que reviste especial solemnidad el año quincuagésimo de la definición del dogma; los escapularios del Carmen y dela Purísimay el mes de mayo ante la imagen dela Inmaculadacolocada en el taller (87).

No contenta con esto, dice Socorro Hernández en su Cuaderno, “añadía muchas obras de supererogación, y así cumplía también todas las devociones que se había impuesto como seglar, entrando en las cofradías. Y como Hija de María siempre hacía la visita o corte a esta Señora todos los meses, el día dos, y no faltó nunca […]. Y con el mismo espíritu hacía todas las novenas dedicadas […] a nuestra Señora del Carmen, del Rosario, de los Dolores […]”, todo con mucho fervor (88).

Cecilia Esteban, testigo de los siete últimos años de la vida de Bonifacia Rodríguez, subraya también este fervor:

“Los domingos y días festivos por la mañana, después de la lectura, hacía siemprela Visitaal Santísimo de San Alfonso María de Ligorio. Y al llegar a la súplica dela Virgen, se inflamaba de amor. Algunas veces le salían lágrimas”.

Y en otro lugar:

“Y yo presencié que cuando hacía las súplicas, tanto del Santísimo como dela Virgen, lo hacía con un fervor extraordinario” (89).

Inculcaba a las hermanas el amor a María a través de sus pláticas e instrucciones y les recordaba que antes de salir a la calle le rezasen un avemaría (90). Según declaración de Lucía Hernández y Encarnación Salvador, alumnas de Bonifacia, también a ellas les comunicaba su amor ala Virgen(91).

Al llegar el momento de su muerte, a Ntra. Señora del Tránsito van dirigidas sus últimas palabras. Ella la acoge en su regazo el 8 de agosto, eventualmente dedicado aquel año -1905- a María Inmaculada (92).

San José

Igualmente ferviente es en Bonifacia Rodríguez la devoción a San José, que la acompaña también a lo largo de toda su vida.

Cuando era joven, escribe Rosario López, “profesaba singular devoción a N.P. S. José” (93). Por eso la asociación de jóvenes que se agrupa en torno a ella termina llamándose “Asociación Josefina”. Ante el altar colocado en el recibidor de la casa de Bonifacia “se rezaba un breve y sencillo Oficio Parvo de N.P.S. José” (94). Eran los días de la proclamación del santo patriarca como Patrono dela Iglesiauniversal, hecha por Pío IX en 1870 (95), acontecimiento que, sin duda, contribuye a que crezca en Bonifacia Rodríguez el amor al esposo de María.

Cuando en enero de 1874 se fundala Congregación, se le da el nombre de Siervas de San José “por voluntad de nuestra M. Fundadora”, dice Cecilia Esteban en uno de sus cuadernos (96). A partir de este momento se intensifica en ella la devoción a San José, modelo para las Siervas, como la propia Bonifacia lo llama: “nuestro especial modelo y protector” (97). Lo será para la fundadora toda su vida, siguiendo con extraordinaria fidelidad a lo largo de su existencia las huellas de José de Nazaret en su oración y trabajo, en su vida oculta, humilde y pobre. El rasgo que caracteriza la devoción de Bonifacia Rodríguez a San José es el seguimiento, muy notorio en las diferentes etapas de su biografía.

Nombrada superiora de la reciente comunidad el 19 de marzo de 1874, “toma por modelo en su régimen a su glorioso Padre San José”, como le pedía el Reglamento de los Talleres, asumiendo la autoridad como humilde servicio, estilo de gobierno que en Salamanca muchos no entenderán, y que le ocasionará grandes sufrimientos (98).

Al solicitar del obispo de Zamora una fundación en esta ciudad se expresa así: “sin otro fin que el promover la gloria de Dios en el culto a San José, Patriarca glorioso” (99). Y así es, en efecto: en los 22 años que vive en Zamora destacan su interés y dedicación por promover dentro y fuera de la comunidad y del Colegio de Desamparadas por ella creado  el amor y conocimiento de José de Nazaret.

Entre las devociones de Bonifacia Rodríguez la más notoria es, sin duda, la que profesa a San José, padre y protector dela Congregación, para ella el modelo más cercano e imitable dentro dela Sagrada Familia.

La fundadora contagiaba esta devoción a las personas que la rodeaban. Jacinta Miguel, ssj, afirma en su testimonio extraprocesal:

“Decíala M. Ceciliaque la devoción a N.P. S. José la había heredado de N.M. Bonifacia, que en la novena y fiesta de San José era tan grande la alegría que la contagiaba a todos cuantos trataba” (100).

La propia Cecilia Esteban escribe:

“¿Qué diré del entusiasmo con que veía llegar la novena de N.P. S. José? La celebrábamos muy solemne. Con sermón todos los días. Era de ver el gusto con que sacaba las flores artificiales que ella hacía. Las limpiaba hoja por hoja para colocarlas en el altar. La víspera de San José se la pasaba preparando todo lo que se había de poner en la fiesta. Porque lo que se lucía en la capilla el día diecinueve de marzo era sólo para ese día. Acostumbraba también a echar una limosna para los fondos de la capilla, que los tenía separados de los de la comunidad. Y siempre se estrenaba alguna cosa en la capilla el día de N.P. S. José”. “La víspera no se sentaba más que para lo imprescindible, ayudando en todo a la sacristana” (101).

También contagiaba la devoción a S. José a sus alumnas. Dicela Sra. CesáreaBienes en su escrito: “Nos infundía mucha confianza en N.P. S. José”. En una ocasión en que se había desatado una gran tormenta, Bonifacia reúne a las niñas en el recibidor delante de la imagen de San José, diciéndoles que se preparasen para morir, que aquél sería su último día: “íbamos a morir al lado de N.P. S. Josá”, concluyela Sra. Cesárea(102). Josefa Ortiz declara que cuando estaba en el colegiola M. Bonifaciale preguntaba, de vez en cuando en el recreo: “¿Qué, ya eres buena? Como no seas buena no te quiere San José” (103).

Otros aspectos de la presncia de San José en la comunidad y obra de Bonifacia Rodríguez en Zamora y el eco que esta devoción tenía en la ciudad se exponen en la biografía documentada (104).

Socorro Hernández habla en su Cuaderno de la “palpable protección del bendito San José” en la vida de la fundadora; de que ella “pedía a Dios por intercesión de San José, que éste era el resorte de que se valía para conseguirlo todo” (105). Los dos, como buenos amigos, trabajan juntos mano a mano por la construcción del Reino en la parcela otorgada por Dios ala Congregación.

Por eso dice Socorro:

“[amando y queriendo] a nuestra Fundadora […] daremos mucho gusto a nuestro padre San José, pues nuestra Fundadora lo amó mucho y, por lo tanto, tuvo que ser muy amada de este bendito santo” (106).

En los últimos momentos de su vida Bonifacia se dirige a él con estas palabras: “Dios te salve, José. Al decir esta jaculatoria se inflamaba, y llena de fervor repetía: Dios te salve, José, Dios te salve, José” (107).

Las hermanas de su comunidad estaban seguras de que su santo preferido le saldría al encuentro. Socorro Hernández escribe refiriéndose al día de su muerte:

“día grande por estar dedicado ala Stma. Virgeny víspera de miércoles, dedicado a San José, lo que nos hace pensar quela Stma. Virgeny San José, de quienes era hija y sierva fiel se la llevaron a la presencia de su divino Hijo para que le diera la recompensa de los muchos trabajos que había sufrido por su amor y bien de las almas” (108).

La Sagrada Familia

Del amor de Bonifacia Rodríguez ala Familiade Nazaret hablaremos más adelante al tratar de las virtudes propias del Carisma que recibe como fundadora de las Siervas de San José. (Lo ofrecemos a continuación).

Santa Teresa de Jesús

Teresa de Jesús y Bonifacia Rodríguez: dos mujeres nacidas en la misma tierra castellana, muy próximas geográficamente en su origen -Avila y Salamanca son provincias limítrofes- y muy cercanas en su ardoroso deseo de Dios. Las dos muy devotas de San José. Las dos recias y fuertes.

Desde joven, según escribe Rosario López, Bonifacia

“profesaba singular devoción a […] Santa Teresa de Jesús, por lo que le gustaba mucho leer las obras de esta heroína española, ignorando que años después había de formar en el molde teresiano el noviciado de la Congregación Josefina”.

“Había aprendido de Santa Teresa que las piedras fundamentales de la perfección han de estar siempre en lo profundo, por lo muy mucho que pesa su virtud” (109).

Otros testimonios confirman la devoción de Bonifacia a Teresa: “Era devotísima de […] Sta. Teresa” dice Cecilia Esteban en sus cuadernos. “Devoción a Santa Teresa de Jesús” le atribuye Amparo Delgado en su declaración (110).

Por eso Bonifacia, al contar a las hermanas de Zamora cosas de los primeros tiempos de la fundación relativas a Salamanca, les dice -según testimonio de Cecilia Esteban- “que se trasladaron con mucha alegría a la casa llamada de Santa Teresa, por haber vivido en ella la Santa” (111). Por eso se entrega con ahínco al arreglo de la casa por ella santificada, y en su celda celebra con fervor en 1882 el tercer centenario de su muerte. Por eso el 5 de diciembre de este año tiene la alegría de visitar con la comunidad su sepulcro en Alba de Tormes (112).

Dice Rosario López en su biografía que Bonifacia “procuró seguir las huellas de Teresa de Jesús”: la humildad que de ella había aprendido le ayuda a aceptar las nuevas tribulaciones a quela Divina Providenciaquería someterla “para aquilatar su virtud en el crisol de la humildad”, en clara alusión a su destitución como superiora (113).

No resulta Bonifacia alumna desaventajada: su amor a Dios y su humildad siguen de cerca los pasos de Teresa.

 

5.  Caminos de crecimiento en la fe.La Palabrayla Eucaristía

 

Bonifacia Rodríguez, aun sin demasiados estudios doctrinales, aprovecha los medios normales de formación a su alcance, y consigue una suficiente base teológica que sustenta su fe. Sabemos que antes de ser religiosa acudía asiduamente ala Clerecía, regentada porla Compañía de Jesús, y que los jesuitas eran sus directores espirituales (114), lo que, sin duda, contribuye a su buena formación religiosa.

Uno de los medios principales que alimentan su fe esla Palabrade Dios. Bonifacia era oidora dela Palabra. Contamoscon varios testimonios.

En primer lugar, los dos discursos que dirige a la comunidad de Salamanca entre los años 1876 y 1882, escritos de gran riqueza doctrinal que constituyen el fundamento de su vivencia ascético-mística (115). En ellos aparecen introducidas con toda naturalidad citas bíblicas del Antiguo y Nuevo Testamento, lo que denota que Bonifacia meditaba asiduamentela Palabrade Dios.

Estos discursos ocupan menos de siete páginas en el manuscrito original. En tan breve espacio nosotros encontramos nueve referencias bíblicas, podrían ser más.

Primer discurso:

“Es imposible salvarse sin padecer” (Hch 14, 22).

“[…] lo que Dios ha traído hacia si con tanto amor” (Ex 19, 4).

“[…] cuando obramos por obediencia […] esto lo quiere mejor que el sacrificio de nuestro cuerpo y hasta de nuestra vida” (Sal 39, 7-9; Hb 10, 5-7).

“[…] siguiendo a Jesús que olvida su condición y rango de Dios y se hizo pequeño como los hombres […]” (Flp 2, 6-7).

“[…] porque vino a servirlos y no a ser servido por ellos” (Mt 20, 28).

“[…] nos ha de medir Dios con la misma medida [con] que midiéremos a nuestros prójimos” (Mt 7, 2).

Segundo discurso:

“Cuando el evangelio refiere las calumnias de que acusaban al Señor, dice que Jesús callaba” (Lc 23, 9).

“¿Nos sucederán a nosotras mayores trabajos que al Santo Job? Puesla Escriturapara alabarlo del todo dice que en sus trabajos no pecó nada con sus labios” (Jb 2, 10).

“[…] qué dicha cuando el Señor nos diga tú salvaste a ésta, ésta te salvó a ti […]” (St 5, 19-20).

De los años de Zamora también conservamos testimonios: “Decía con mucha frecuencia: Dice el Apóstol, el que no falta con la palabra, se le puede llamar perfecto” (St 3, 2) (116).

En la catequesis que daba a sus alumnas del Colegio de Desamparadas les explicabala Biblia. Lesrepetía frases que las niñas aprendían de memoria. Pilar Mateos dice refiriéndose a Cesárea Bienes: “Mi abuela no conocíala Bibliay sin embargo nos contaba muchos pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento aprendidos de la M. Bonifacia” (117).

Cecilia Esteban nos ofrece en sus cuadernos una anécdota referida a los años jóvenes de Bonifacia. Revela el interés que despertaba en ella el conocimiento dela Escritura, aun siendo de poca edad (118).

Otro camino de crecimiento en la fe son para Bonifacia Rodríguez los sacramentos, a través de los cuales se adhiere a Cristo.

Recibe en su niñez al lado de sus virtuosos padres el bautismo, la confirmación y por primera vez la comunión (119). Hemos visto páginas atrás que en su juventud acudía diariamente con su madre a la Clerecía para confesarse, comulgar y oír misa. En vísperas de su muerte recibe, a petición suya, “con grandísimo fervor”, los últimos sacramentos (120).

A lo largo de su vida la Eucaristía la acompaña y sostiene en el camino de la fe, a veces en circunstancias extremamente difíciles y dolorosas. El amor ala Eucaristía configura su vida de fe: “era devotísima de la Eucaristía” según testimonio de Cecilia Esteban (121).

 

Eucaristía alimento

La comunión era para Bonifacia Rodríguez el principal medio de santificación, como lo expresa en su segundo discurso: “Después de la sagrada comunión, nada nos ha de santificar mejor que el buen ejemplo” (122).

Comulgar era para ella motivo de alegría. Según declara Cecilia Esteban,

“[…] se notaba en ella en los tres días que cada semana le permitían comulgar, según costumbre de entonces, y en el mes de mayo y junio que nos permitían comulgar diariamente, durante cuyos días se le notaba más alegría” (123).

Remedios Rodrigo, ssj, manifiesta en su testimonio extraprocesal que recomendaba a las hermanas que se acercasen a recibir al Señor bien arregladas, siendo en este punto muy exigente. Según declaración de Pilar Diez, al despedirse por las noches decía: “Preparémonos bien para recibir mañana a Jesús Sacramentado” (124).

Inculcaba a su comunidad de Zamora el amor al Santísimo en sus pláticas e instrucciones, siendo éste uno de los temas más frecuentes, como consta en los cuadernos de Cecilia Esteban. Las exhortaba a que después de comulgar hiciesen la renovación de los votos. Esto último lo declara Pilar Diez (125).

Ponía también mucho cuidado en la preparación de las niñas para la primera comunión. En su testimonio extraprocesal escribe Lucía Hernández:

“Sus palabras nos llegaban tan hondo que ahora cuando veo ir las niñas a comulgar pienso enla Madre Bonifacia, pues nos hacía darnos cuenta perfecta de los que hacíamos y nos enseñaba a hablar con Jesús, cosa que nos producía una satisfacción y alegría profunda” (126).

Al llegar el momento de recibir por última vez a Jesús Sacramentado, a quien tanto amaba, nos dice Cecilia Esteban: “Recibió el santo viático con un fervor verdaderamente extraordinario”.

A partir de aquel momento su conversación era ya sólo con Dios (127).

Eucaristía presencia

La presencia eucarística de Jesús en el primer sagrario dela Congregación-Colegio de los Angeles, enero de 1875- es para Bonifacia Rodríguez, según manifiesta ella misma en el primero de sus discursos, una llamada a “[…] convertir [la casa] en cielo por nuestras virtudes, si es que lo hemos de tener contento”.

La toma de conciencia de esta presencia real y verdadera le hace exclamar:

“Ahora podemos decir con toda verdad: Dios está delante de mí y yo delante de El: me está viendo, me está animando. ¡Ah! si nunca se apartase de nosotras esta idea, ¿con qué fervor haríamos todas las cosas?, ¿cómo aprovecharíamos todos los instantes que nos concede su bondad? ¡Cómo resistiríamos a las tentaciones! ¡Cómo refrenaríamos nuestros afectos y deseos desordenados! ¡Cómo aspiraríamos a agradar en todo a nuestro amante Jesús!” (128).

En la fundación de Zamora una de las primeras cosas que procura, recién llegada a la ciudad, es disponer lo necesario para poder disfrutar lo antes posible de la presencia de Jesús en la casa (129). La estrechez del local no se lo permite tan pronto. Pero en cuanto pueden disponer de capilla espaciosa “[…] nuestra Madre y sus hijas estaban sumamente complacidas porque al fin tenían a Jesús Sacramentado que les endulzaba todas las penas de esta vida”, como escribe Socorro Hernández en su Cuaderno (130).

Amparo Delgado testimonia en su declaración que Bonifacia “en sus apuros comunes y penurias iba al sagrario y ante Jesús se desahogaba llorando”, “todo lo consultaba ante el sagrario” (131).

Cecilia Esteban deja constancia en sus cuadernos que la comunidad, aparte de los rezos que tenían en la capilla, hacía frecuentes visitas al Santísimo, por lo menos después del desayuno, de la comida y de la cena. Podían salir del taller para ir a hacerle alguna visita. Además, Bonifacia tenía la costumbre de hacer los domingos y días festivos, con el fervor que la caracterizaba, la visita al Santísimo de San Alfonso María de Ligorio. Decía a las hermanas: “voy a hacer la visita, si alguna quiere venir… Y casi todas nos uníamos a ella” (132).

Otra manifestación de su especial amor ala Eucaristíaera el procurar tener exposición solemne en las grandes festividades de San José o dela Virgen(133).

Según testimonio de Cecilia Esteban, a Bonifacia le gustaban mucho las flores. Las cultivaba con esmero en el jardín y con ellas hacía ramos primorosos que colocaba ante el Santísimo en la capilla o ante las imágenes en el taller. Es ésta una manera de expresar la devoción que la caracteriza (134). Mujer recia y tierna a la vez, sus rasgos personales de sensibilidad, sencillez y candor (135) configuran su modo de expresar la devoción: se entrega a Dios con todos los matices de su rico corazón femenino.

Bonifacia Rodríguez, mujer piadosa y creyente, participa de la experiencia religiosa de nuestros padres en la fe. “La fe la tuvo tan grande -veíamos al comienzo de este apartado- que en todas sus empresas estuvo tan fuerte y constante como si tuviera noticia cierta de todo”. Su fidelidad la coloca entre la “nube de testigos” de que nos habla la carta a los hebreos (Hb 12, 1), pues ciertamente la fe es en ella “la garantía de lo que se espera, la prueba de las cosas que no se ven” (ibid. 11, 1). Por eso hoy Bonifacia, en nuestro mundo azotado por la increencia, es para nosotros testigo de la fe.

 

ESPERANZA HEROICA

La fe viva de Bonifacia Rodríguez engendra en ella la esperanza, que orienta toda su vida en la búsqueda de Dios como su bien supremo y la lleva al desprendimiento total, en paz y serenidad, deseando la unión definitiva con él, apoyada en su promesa.

Estas actitudes, desveladas a veces en sus palabras, se transparentan siempre en su comportamiento.

 

  1. Bonifacia Rodríguez vivía de esperanza

 

De Socorro Hernández es el siguiente testimonio que recogemos de su Cuaderno:

“Su esperanza nunca vaciló, pues estaba tan confiada en Dios que ni la prosperidad la ensalzaba ni la tribulación la abatía. Buena prueba tenemos de esto en todos los acontecimientos de su vida, particularmente después de la fundación de la casa de Salamanca, que tantos trabajos le costó, y ver aquella rebelión de sus hijas […]. Sin embargo, ella esperó con santa resignación en la divina Providencia que proveería de remedio en tan gran tribulación” (136).

Evangelina Polo declara en el proceso:

“Me parece que practicó en grado heroico la virtud de la esperanza porque confió y esperó en Dios en todos los acontecimientos de su vida, cuando todas las criaturas parecía que se confabulaban para hacerla sufrir. En la pobreza, en las contradicciones, en las pruebas de todo género, aun en los casos en quela Congregacióniba a deshacerse y desaparecer, nunca perdió la confianza en Dios.

En dos ocasionesla Congregaciónamenazaba deshacerse: una vez en Salamanca, cuando vivían en el Colegio de los Angeles, cuando a la muerte de las siete mejores religiosas se unía el descontento de la mayoría de las demás por la pobreza en que vivían (137); y otra vez en Zamora, cuando un director de Ejercicios incitaba a las religiosas a que se marchasen, hablando muy desfavorablemente dela Siervade Dios y de su madre.

En ambos casosla M. Bonifaciasufrió con paciencia y alegría, confiando solamente en Dios. Muchas veces se vio sin tener que dar de comer a su comunidad y aun sin casa en qué vivir, nunca se desalentó por ello, y no solamente esto sino que sufrió todo esto con alegría, esperándolo todo de Dios” (138).

En otros momentos de su vida se manifiesta la firme esperanza de Bonifacia Rodríguez. Apenas había transcurrido un año de la fundación, cuando tienen que dejar Salamanca, primero el fundador, Francisco Butiñá, y poco después el obispo, D. Joaquín Lluch y Garriga. Bonifacia se ve sola al frente de la recién nacida Congregación. Dice Socorro Hernández:

“Así pues, lo que tendría que sufrir nuestra Fundadora y su comunidad con la ausencia de estos dos fuertes apoyos, aunque les quedaba el más fuerte de todos, aunque invisible, que es Dios, en quien nuestra Fundadora tenía puesto su corazón y todas sus esperanzas” (139).

La compra de la casa de Zamora parecía ofrecer dificultades insuperables:

“Mas no por esto desconfiaron de la providencia divina y con más fervor rogaban a Dios, aunque parece que la adquisición de la casa cada vez se dificultaba más […]. Pero cuantas más dificultades salían, más se arraigaba su confianza en Dios” (140).

Aun cuando faltase lo más imprescindible para la comunidad, Bonifacia no se desconcertaba:

“[…] un día no tenían qué comer -declara Aurora Sánchez- y ella, puesta su confianza en Dios, mandó tocar a refectorio; y en aquel momento le fue llevado inesperadamente a casa lo suficiente para comer […].

Socorro Hernández puntualiza:

“[…] la divina providencia les mandó a la hora de comer la comida para las cuatro, que consistía en cocido y cuatro raciones de pan. Y no pudieron saber quién fuese la persona caritativa que se lo mandaba”.

La M. Evangelina dice que las hermanas de Zamora

“[…] lo atribuían a un favor con quela Providenciade Dios premiaba la fe quela Siervade Dios tenía en ella, y contaban estas Hermanas que guardaron durante mucho tiempo la cesta en que le llevaron la comida, como recuerdo del favor” (141).

Respecto a la esperanza de Bonifacia Rodríguez testimonia Amparo Delgado: “Tenía mucha confianza en los asuntos ordinarios y extraordinarios, y se la infundió a las demás de que la ayuda de Dios no le[s] faltaría […]”.

Por su parte, Socorro Alonso declara: “Esta confianza en Dios la demostraba en todas las cosas y de una manera especial confiaba en que se llegaría a la unión” (142).

Al final de su vida la unión  de  la  comunidad  de  Zamora  con  la  de  Salamanca -después de haberlo intentado tantas veces y de tantas maneras- se convierte para Bonifacia en esperanza. Estaba segura de que la unión llegaría, pero después de su muerte. Son muchos los testimonios que aluden a ello, bien en el proceso o por escrito (143).

 

2.  Su roca era Dios

 

La esperanza de Bonifacia Rodríguez se apoyaba en su total certeza de que Dios estaba con ella, de que su apoyo no le faltaría.

Varios testigos del proceso, como Isabel Sánchez, Pilar Diez y Felicidad Herrero, recogen esta frase suya: “Seamos nosotras buenas y el Señor no nos faltará” (144).

Pilar Mateos dice en su testimonio extraprocesal quela M. Bonifaciarepetía a sus alumnas: “Ser fuertes en todas las cosas, que Dios nunca abandona a los suyos”.

Encarnación Salvador, joven acogida en el Colegio de Desamparadas de Zamora, declara: “[…] y hablaba con mucha confianza de que Dios no nos abandona”.

Lucía Hernández, alumna del mismo Colegio, da este testimonio: “Recuerdo quela M. Bonifacianos decía que tuviéramos confianza en Dios; que ella había tenido muchas contrariedades, y que Dios nunca le había faltado en todos sus trabajos” (145).

Por eso Bonifacia aparecía siempre animada y serena. Declaran Lucía Hernández, Encarnación Salvador, Cecilia Esteban y Amparo Delgado respectivamente:

“No la vi nunca alicaída. Siempre nos alentaba”.

“[…] aparecía siempre con buen carácter e igual”.

“[…] mostraba siempre gran igualdad de ánimo y constante”.

“Siempre estaba de buen carácter, en lo bueno y en lo malo […]. Miraba y recibía con la misma disposición de ánimo los sucesos prósperos y los adversos, porque todos ellos eran designios de Dios” (146).

Amparo Delgado subraya en el proceso su firmeza y constancia: “He oído a las Hermanas […] que ponía su esperanza en el Señor y que seguía adelante; y que soportó cuanto le sucedió en Salamanca y Zamora con gran fortaleza y constancia” (147).

Mantenía siempre la paz y la calma, frutos de su gran confianza en Dios.

Amparo Delgado asegura también en su declaración:

“A todas las hermanas de Zamora y ala M. TomasaLópez en los últimos años, les oí que tuvola M. Bonifaciagran confianza en Dios […].La Madre Tomasame dijo: <<Nunca la vimos alterada. Todo lo consideraba venido de la mano de Dios>> […]”.

D. Manuel Boizas afirma en su escrito:

“[…] la vi siempre confiada ala Providenciadivina, sin inquietarse ni perder la paz del alma […]”.

Lucía Hernández añade en el proceso:

“Era pacífica” (148).

Pero lo que más denota la esperanza heroica de Bonifacia Rodríguez es esta máxima que ella vivía y que le oyen con frecuencia las hermanas y chicas acogidas de Zamora: “Dios proveerá; aunque me mate, esperaré en El”, frase que, según declara Evangelina Polo, la tradición dela Congregaciónconsidera original de la fundadora (149). Tiene indudable sabor bíblico: la primera parte recoge la actitud esperanzada de Abraham en el momento de sacrificar a su hijo, depositario de las promesas (Gn 22, 8); la segunda es el grito de seguridad en Dios de Job en medio de sus desdichas (Jb 13, 15). Son plegarias de creyentes en situaciones extremas que Bonifacia hace suyas en su vida, vida que conoce también situaciones límite que ponen a prueba su fe y esperanza.

Jesús Martín Tejedor, historiador dela Congregación, escribe:

“La vida de Bonifacia se nos aparece […] como un dechado de fe y esperanza, sin otra objeción acaso que la de su propia magnitud porque, a veces, su fe y esperanza parecen rozar la temeridad” (150).

 

  1. Desprendimiento

 

Bonifacia buscaba los bienes de arriba, en los que tenía puesto su corazón.

El dolor, con su dinámica purificadora, se presenta temprano en su vida. Es muy niña cuando la muerte comienza a arrebatarle a sus hermanos, menores que ella.

En su adolescencia fallece su padre (151). Era el “apoyo de la casa”. En esta situación -escribe Rosario López-,

“madre e hijas elevaron sus ojos al cielo y llenos sus corazones de fe y resignación, ofrecieron al Señor tan costoso sacrificio […]. Estaban persuadidas quela Providenciade Dios sobrevive a todas las muertes y desgracias, y que es una injuria a Dios poner toda nuestra confianza en la humana industria sin esperar el feliz éxito de Aquel que todo lo regula para nuestro provecho” (152).

Reacción parecida tiene Bonifacia en contacto con la pobreza o ante la dura experiencia de tener que trabajar en edad temprana (153).

La Congregación se funda en unos años muy difíciles para Salamanca y para España. A las Siervas de San José los revolucionarios las molestaban continuamente. Personas amigas les aconsejaban que dejasen el hábito y se marchasen: “la Sierva de Dios, confiada en la providencia de Dios, no quiso saliese nadie de casa con peligro de deshacerse lo que entonces comenzaba”, declara Evangelina Polo (154).

Otra experiencia dolorosa es la muerte de varias hermanas jóvenes y valiosas en el Colegio de los Angeles, entre las que destacan las del grupo fundador. Bonifacia y su madre se quedan muy pronto como únicas depositarias del Carisma primigenio (155).

Bonifacia Rodríguez demuestra extraordinaria firmeza en la esperanza en ocasiones extremas de purificación, cuando le falta el apoyo de las personas más queridas, más cercanas. Dice Socorro Hernández en su Cuaderno:

“Mas porque Dios la quería llevar por el camino del calvario, ya que de su condición era cariñosa, permitió el Señor la ingratitud de sus hijas y que ya no se volviesen a recordar más de aquella que, según decía San Pablo, las había engendrado en Cristo. Y esto, así como le fue ocasión de desengaño hacia las criaturas, la unió más con Dios, esperando del Señor la recompensa de los trabajos y persecuciones sufridas por su amor” (156).

A raíz de la muerte de su madre -1892- las hermanas de la comunidad de Zamora la notan más desprendida. Socorro Hernandez escribe: “Siempre había estado muy desprendida de las cosas del mundo, pero en adelante estaba mucho más, y sus hijas bien se lo conocían […]” (157).

En sus últimos años, dice Tránsito García, “se la veía siempre absorta y abstraída en Dios”. Según testimonio de Socorro Alonso, “no demostraba, según me dijola Hermana Luisa[Gago], ninguna preocupación por las cosas materiales, y así, sólo quería que la dejasen para permanecer absorta en Dios” (158).

Aurora Sánchez declara lo siguiente:

“Le[s] oí a las que estaban en Zamora, cuando vine de superiora, que en los últimos tiempos de su vida estaba más en el cielo que en la tierra […]. Estaba más con Dios que con las criaturas” (159).

Según Luisa Gago,

“era tan buena, tan santa, que siempre parecía vivir abstraída de las cosas de la tierra y pensando solamente en las del cielo […]. Y a veces notábamos un gran desprendimiento de la tierra y anhelos de Dios” (160).

Estaba próximo el objeto central de su esperanza, disfrutar de Dios cara a cara. Escribe Socorro Hernández en su Cuaderno:

“Parece que tenía presente en todos los momentos aquello del Señor: tened ceñidos vuestros lomos y candelas en las manos, pues cuando menos penséis vendrá el Hijo del hombre […]. Y así se halló dispuesta y apercibida cuando llegó la hora de la muerte” (161).

Enferma de gravedad durante breves día, al sentirse morir, ella misma animaba a las hermanas a que aceptasen la voluntad de Dios porque “[…] ella ya tenía ganas de marcharse con Jesús”, según testimonio de Socorro Hernández (162).

Después de haber combatido el buen combate, de haber llegado a la meta en la carrera y de haber conservado la fe, como San Pablo esperaba con amor la manifestación de Dios (2 Tm 4, 7-8).

Bonifacia Rodríguez por su esperanza pertenece al grupo de los “anawin”, de los que sintiéndose pobres tienen a Dios como roca, de aquellos para los que Dios es su amén.

Recientemente alguien la ha llamado “profeta de la utopía” (163). Su fe viva la hace firme en la esperanza. Y porque vive de esperanza y anuncia la esperanza le es posible reproducir en su vida el misterio de la vida oculta de Jesús en Nazaret y prolongarlo enla Iglesiaa través dela Congregaciónpor ella fundada.

 

 

5. OTRAS ACTITUDES Y VIRTUDES PROPIAS

DE LAS SIERVAS DE SAN JOSE

 

El misterio de la vida oculta de Jesús que ora y trabaja en Nazaret configura el modo de vivir Bonifacia Rodríguez el evangelio.

Rasgos centrales del Carisma dela Congregaciónestán contenidos enla Constitución2ª de enero de 1874 al nacer el Instituto:

“Las casas de esta Congregación serán denominadas Talleres de Nazaret, siendo su modelo y ejemplar aquella pobre morada en donde Jesús, María y José ganaban el propio sustento con su trabajo y el sudor de su rostro (550).

Este texto define el aspecto fundamental de la vida oculta de Jesús que las Siervas de San José están llamadas a prolongar enla Iglesia: el trabajo. A la vez subraya también la pobreza.

Al lado de la vida de trabajo y de pobreza, destacan en Bonifacia Rodríguez la vida de oración, caridad, silencio, sencillez y humildad. Son los rasgos que las Constituciones renovadas de 1981 señalan como característicos de las Siervas de San José -a excepción del silencio, dimensión personal del seguimiento de Jesús de la fundadora-: “Nuestras comunidades de Siervas de San José están llamadas a prolongar enla Iglesiael estilo de vida dela Sagrada Familiaen Nazaret. Han de ser comunidades de oración y trabajo donde se vive en pobreza, con caridad, sencillez y humildad” (551).

Páginas atrás hemos hablado de la oración de Bonifacia Rodríguez, de su trabajo, pobreza y caridad. En este último apartado nos vamos a referir a las otras dimensiones propias de la vida dela Congregaciónque ella vive con toda fidelidad: la oración y el trabajo hermanados y el silencio -que no son virtudes propiamente dichas, sino actitudes derivadas de otras que son las realmente consideradas virtudes- y la humildad, que es propiamente una virtud.

 

ORACION Y TRABAJO HERMANADOS SEGUN EL MODELO DE NAZARET

Francisco Butiñá escribe a las josefinas desde Poyanne (Francia) -a poco de llegar desterrado con el resto de los jesuitas de la provincia de Castilla (552)- una carta que constituye para las Siervas de San José un verdadero testamento espiritual. Les dice:

“Según mi entender, vuestra virtud característica debe ser un amor grande a la oración y al trabajo regulado por la obediencia; y esto deberéis vosotras procurar a toda costa. Así la oración no os será estorbo para el trabajo ni el trabajo os quitará el recogimiento de la oración” (553).

El fundador explaya en este texto otro más sintético que en el Reglamento de los Talleres definía el fin dela Congregación: “El fin de esta congregación es procurar la salvación y perfección […] por medio de la piedad y del trabajo religiosamente hermanados” (554).

Para las Siervas de San José, pues, según su fundador, la virtud más característica es hermanar la oración con el trabajo. Bonifacia Rodríguez la vive con toda perfección, dando ala Congregación, como fundadora, acabado testimonio de esta peculiar virtud.

 

1.  Contemplación dela Familiade Nazaret

 

Para que las josefinas hermanasen en el taller la oración con el trabajo, Francisco Butiñá compone unas oraciones para antes y después del trabajo y un conjunto de 16 oraciones-jaculatorias que debían recitar cada media hora en el taller (555).

Estas oraciones y jaculatorias ponían ante ellas mientras trabajaban los misterios de la vida oculta de Jesús al lado de sus padres (556).

Cecilia Esteban nos describe en sus cuadernos cómo lo vivían en Zamora Bonifacia Rodríguez y la comunidad:

“Se renovaba la presencia de Dios con frecuencia, y se rezaban las jaculatorias compuestas por el P. Butiñá cada media hora. E igualmente se rezaba la oración de este mismo Padre antes de empezar las labores y al terminar éstas”.

“En el taller rezaba ella [nuestra Madre] siempre las jaculatorias con extraordinario fervor”.

“El silencio que guardaba en el taller y a las horas de él era absoluto, interrumpido solamente por las jaculatorias y la renovación de la presencia de Dios” (557).

Evangelina Polo declara:

“En Zamora, he oído ala M. Cecilia[…] que las alabanzas y jaculatorias que decían cada media hora en el taller lo hacía con tal fervor que conmovía a la que estuviese con ella” (558).

 

2.  El trabajo, lugar especial de la presencia de Dios para Bonifacia Rodríguez

 

La repetición fervorosa de las jaculatorias le permite a Bonifacia “unir la oración con el trabajo religiosamente hermanados”, cumpliendo así la primera parte del fin dela Congregación por ella misma expresado en el boletín del obispado de Zamora (559).

Se va imprimiendo en ella una actitud contemplativa en el trabajo:

“Añadían las hermanas de Zamora que en el trabajo estaba muy recogida y como endiosada; y todas las Hermanas la miraban y quedaban edificadas, y su compostura arreglaba la de ellas”, declara Amparo Delgado (560).

Cecilia Esteban la describe así en uno de sus cuadernos:

“Piadosísima siempre, no menos en el trabajo que en la capilla, pues, cuando durante las labores del taller rezaba en voz alta las jaculatorias y renovaba la presencia de Dios, lo hacía con un fervor extraordinario. Yo creo que trabajaba siempre en unión dela Sagrada Familia, a la que tenía una devoción extraordinaria” (561)

Con frecuencia les decía:

“Hijas, no tenemos otras rentas que el trabajo y en él hemos de mirar el ejemplo del taller de Nazaret. ¿Cómo trabajaría nuestro Padre S. José para sustentar a Jesús y a María, y éstos como aliviarían a nuestro Padre en su penoso trabajo? Tenía siempre presente el taller de Nazaret y yo creo que trabajaba constantemente en unión dela Sagrada Familiaa la que tenía una devoción especialísima” (562).

Para Bonifacia, según el deseo de Butiñá, la oración no era estorbo para el trabajo ni el trabajo le quitaba el recogimiento de la oración. Había logrado hermanar perfectamente la oración con el trabajo.

La bienaventuranza de los limpios de corazón propia de Mateo, que nos orienta hacia la unidad entre el trabajo y la oración, había calado profundamente en ella. Poseía un corazón sincero consigo misma, manso con todos, indiviso para Dios, unificado, limpio. Era el suyo un corazón contemplativo.

 

  1. La Sagrada Familiacomo modelo

 

Bonifacia repetía a la comunidad de Zamora con frecuencia, según escribe Cecilia Esteban: “La Sagrada Familia ha de ser nuestro modelo” (563).

Para ella lo era ya desde su juventud. Rosario López dice en su biografía, refiriéndose a los años anteriores a la fundación dela Congregación: “Fue […] constante imitadora de la vida oculta dela Casade Nazaret. Compatible con sus deberes de laboriosidad, conservaba el mayor recogimiento posible, transformando su humilde vivienda en vivo reflejo de una casa religiosa” (564).

En las vísperas de su muerte -afirma Socorro Hernández- “no cesó de invocar los dulcísimos nombres de Jesús, María y José” (565).

Entre estos dos testimonios, correspondientes a su juventud y a su muerte, otros van jalonando su vida, poniendo de manifiesto su amor de imitación ala Familiade Nazaret.

Refiriéndose a la fundación de Zamora escribe Rosario López:

“[…] la divina Providencia tomó a su cargo proteger la fundación de Zamora, puesto que en sólo Dios confiaron las dos religiosas que allí establecieron su Taller de Nazaret, y no quedaron confundidas, pues al partir de este mundo dejaron a su comunidad Josefina cuanto adquirieron con penosos trabajos, labrados en su oscuro taller a imitación dela Sagrada Familia[…]” (566).

Al año y medio aproximadamente de estar en Zamora, aciertan a pasar dos hermanas por delante de la capilla dela Candelaria, estando abierta. Entran para verla y “[…] se quedaron prendadas de la capilla por ver que en ella se veneraban nuestros santísimos modelos dela Sta. Casade Nazaret, Jesús, María y José, a quien[es] de una manera especial está dedicada nuestra Congregación”. Bonifacia y una hermana se acercan al obispo a fin de pedirle les concediese dicha capilla para servicio de la comunidad. El obispo Belestá se la cede gustoso (567).

La vida de Bonifacia Rodríguez transcurre en Zamora oculta, humilde y pobre, al estilo de Nazaret. Rosario López la describe así en el Libro de Profesas:

“Establecida la vida de Comunidad en modesto taller y asilo de desamparadas, continuó su vida laboriosa, oculta y modesta a imitación dela Sagrada Familiahasta el año 1905 que, después de largos padecimientos soportados con heroica paciencia, terminó su edificante vida con una tranquila y santa muerte […]” (568).

Había sido la suya una vida de seguimiento de Jesús, María y José:

“¿Qué extraño es -escribe en otro lugar Rosario López- que en Zamora, que vivió 22 años gobernandola Comunidadde Siervas de San José con el espíritu de humildad y pobreza de nuestros bienaventurados Fundadores y consagrada por completo a la imitación dela Casitade Nazaret, la tuvieran en opinión de santa a su fallecimiento?” (569).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Notas

(31)Cf. Fuentes p.    (S.H. [1]).

(32)Cf. B.d. p.     (cap. VIII, doc. 12).

(33)Cf. respectivamente Fuentes p.    (sum. [124]) y B.d. p.     (cap. VIII, doc. 9).

(34)Cf. Fuentes p.    (S.H. [52-53]).

(35)Cf. Fuentes p.    (sum. [669]).

(36)Cf. Fuentes p.      (R.L. [19]) y p.      (R.L. [21-22]) respectivamente. Cf. también B.d. p. 7 (cap. VII).

(37)Cf. Fuentes p.      (Escritos de Bonifacia Rodríguez).

(38)Cf. Fuentes p.    (C.E. 6 [15]).

(39)Cf. respectivamente Fuentes p.     (sum. [274]) y p.    (sum. [1184]).

(40)Cf. B.d. p.    (cap. VIII, doc. 10).

(41)Cf. Fuentes p.    (sum. [274] y p.    (sum. [1000]).

(42)Cf. Fuentes p.    (sum. [702]).

(43)Cf. Fuentes p.    (R.L. [24]) y p.      (C.E. 7 [6]) respectivamente.

(44)Cf. B.d. p.    (cap. VIII, doc. 12).

(45)Cf. B.d. p.   (cap. VIII, doc. 10).

(46)Cf. B.d. p.   (cap. XII, doc. 7).

(47)Cf. B.d. p.    (cap. VIII, doc. 12).

(48)Cf. Fuentes p.    (sum. [429-430]).

(49)Cf. Fuentes p.    (S.H. [4]).

(50)Cf. Fuentes p.      (R.L. [12]).

(51)Cf. Fuentes p.    (sum. [726]).

(52)Cf. Fuentes p.      (sum. [288]).

(53)Cf. ibid.

(54)Cf. Fuentes p.      (sum. [51]) y p.      (sum. [1005]) respectivamente.

(55)Cf. Fuentes p.    (S.H. [54]).

(56)Cf. Fuentes p.      (C.E. 3 [26-32]).

(57)Cf. Fuentes p.      (C.E. 3 [10]).

(58)Cf. Fuentes p.    (sum. [1005]) y p.      (sum. [51]) respectivamente.

(59)Cf. Fuentes p.      (sum. [53]) y p.      (sum. [526]) respectivamente.

(60)Cf. Fuentes p.    (testim. ext. 4) y B.d. p.    (cap. X, doc. 13).

(61)Cf. respectivamente Fuentes p.    (sum. [426]), p.     (sum. [431] y p.    (testim. ext. 16).

(62)Cf. Fuentes p.    (sum. [151] y p.    (sum. [156]).

(63)Cf. Fuentes p.    (sum. [50]).

(64)Cf. Fuentes p.    (sum. [726]. Cf. también ibid. p.    (sum. [468] y p.    (sum. [592]).

(65)Cf. Fuentes p.    (testim. ext. 35).

(66)Cf. Fuentes p.    (sum. [23]).

(67)Cf. B.d. p. 8 (cap. VII) y pp.        (cap. VII, doc. 2.2); p. 23 (cap. VIII) y pp.       (cap. VIII, doc. 8).

(68)Cf. B.d. p.    (cap. VIII, doc. 14.2).

(69)Cf. Fuentes p.    (sum. [730]).

(70)Cf. Fuentes p.    (C.E. 3 [3]) y p.    (C.E. 10 [4-5]) respectivamente.

(71)Cf. Fuentes p.    (C.E. 3 [4]) y p.    (C.E. 3 [27]).

(72)Cf. Fuentes p.    (R.L. [55]), p.    (R.L. [57]) y p.     (R.L. [59]) respectivamente.

(73)Cf. Fuentes p.    (C.E. 6 [3-4]) y B.d. p.    (cap. VIII, doc. 4).

(74)Cf. Fuentes p.    (S.H. [55]) y p.    (sum. [52]) respectivamente.

(75)Cf. Fuentes p.    (sum. [1043]) y B.d. p. 11 (cap. X) respectivamente.

(76)Cf. Fuentes p.    (R.L. [12]).

(77)Cf. B.d. p. 18 (cap. I).

(78)Cf. Fuentes p.    (R.L. [13]).

(79)Cf. Fuentes p.    (sum. [73]).

(80)Cf. B.d. pp. 14-15 (cap. IV).

(81)Cf. B.d. pp.        (cap. III, doc. 1, Const. 2ª y 12ª).

(82)Cf. B.d. p.    (cap. III, doc. 9 [159-160]).

(83)Cf. Fuentes p.    (C.E. 3 [3]) y p.    (C.E. 10 [3]). B.d. p.    (cap. VIII, doc. 14.2), etc.

(84)Cf. Fuentes p.    (sum. [468]).

(85)Cf. Fuentes p.      (sum. [1006]).

(86)Cf. [Francisco Butiñá, sj]: “Constituciones de las Siervas de S. José” Gerona 1881, p. 9.

(87)Cf. Fuentes p.    (sum. [52]), p.    (sum. [75]), p.    (C.E. 3 [30]) y p.    (C.E. 10 [1-2]).

(88)Cf. Fuentes p.    (S.H. [55]). Cf. también ibid. p.    (sum. [51], p.    (sum. [291], p.    (C.E. 3 [30], etc., etc.

(89)Cf. Fuentes p.    (C.E. 3 [3]) y p.     (C.E. 10 [3]) respectivamente. Cf. también ibid. p.    (sum. [727]).

(90)Cf. Fuentes p.    (C.E. Pliegos [2] y p.    (sum. [237]) respectivamente.

(91)Cf. Fuentes p.    (sum. [133] y p.    (sum. [157]).

(92)Cf. B.d. p. 12 (cap. X).

(93)Cf. Fuentes p.    (R.L. [12]).

(94)Cf. Fuentes p.    (R.L. [13]).

(95)Cf. B.d. p. 18 (cap. II).

(96)Cf. B.d. p. 40 (cap. III).

(97)Cf. B.d. p.    (cap. VII, doc. 19).

(98)Cf. B.d. p. 56 (cap. III).

(99)Cf. B.d. p.    (cap. V, doc. 14).

(100)Cf. Fuentes p.      (testim. ext. 4).

(101)Cf. Fuentes p.    (C.E. 3 [28]) y p.    (C.E. 10 [3]).

(102)Cf. B.d. pp.       (cap. VIII, doc. 9 [1733-1734]).

(103)Cf. Fuentes p.    ( sum. [1056]).

(104)Cf. B.d. pp. 22-25 (cap. VIII).

(105)Cf. Fuentes p.     (S.H. [33]) y p.     (S.H. [41]) respectivamente.

(106)Cf. Fuentes p.     (S.H. [61]).

(107)Cf. Fuentes p.     (C.E. 3 [13]).

(108)Cf. Fuentes p.     (S.H. [46-47).

(109)Cf. Fuentes p.    (R.L. [12] y [11]) respectivamente.

(110)Cf. Fuentes p.    (C.E.. 3 [3]), p.    (C.E. Pliegos [2]) y p.    (sum. [291]) respectivamente.

(111)Cf. Fuentes p.    (sum. [74]).

(112)Cf. B.d. pp. 3-4 y 9-10 (cap. V) respectivanmente.

(113)Cf. Fuentes p.    (R.L. [19]).

(114)Cf. B.d. p. 14 (cap. II) y Fuentes p.    (C.E. 2 [11]).

(115)Cf. B.d. pp. 15-17 y 29-30 (cap. IV) y Fuentes pp.         (R.L. [57-60]).

(116)Cf. Fuentes p.    (C.E. 2 [4]).

(117)Cf. B.d. p. 13 (cap. VIII).

(118)Cf. Fuentes p.    (C.E. Pliegos [6-7]).

(119)Cf. B.d. pp. 5, 7 y 13 (cap. I).

(120)Cf. B.d. p. 11 (cap. X).

(121)Cf. Fuentes p.    (C.E. 3 [3]) y p.     (C.E. 10 [3]).

(122)Cf. Fuentes p.    (R.L. [60]).

(123)Cf. Fuentes p.    (sum. [52]).

(124)Cf. Fuentes p.     (testim. ext. 21) y p.    (sum. [1006]).

(125)Cf. Fuentes p.    (C.E. 2 [4]), p.    (C.E. Pliegos [2]) y p.     (sum. [1008]).

(126)Cf. B.d. p. 8 (cap. VIII).

(127)Cf. Fuentes p.    (C.E. 3 [13]).

(128)Cf. Fuentes p.    (R.L. [56]).

(129)Cf. B.d. p.    (cap. VII, doc. 6).

(130)Cf. Fuentes p.    (S.H. [30-31]).

(131)Cf. Fuentes p.    (sum. [288]) y p.    [sum. [291-292]) respectivamente.

(132)Cf. Fuentes p.    (C.E. 3 [26-29]) y p.    (C.E. 3 [3-4]) respectivamente. Puede cf. también p.      (sum. [726-727]).

(133)Cf. Fuentes p.    (sum. [52]) y p.    (C.E. 3 [30]).

(134)Cf. Fuentes p.    (C.E. 3 [28]), p.    (C.E. 10 [2-3]) y B.d. p.    (cap. VIII, doc. 14.2).

(135)Cf. B.d. pp. 4-5 (cap. XI).

(136)Cf. Fuentes p.     (S.H. [53]).

(137)Cf. B.d. pp. 32-40 (cap. IV) en que estudiamos la situación económica de la comunidad.

(138)Cf. Fuentes p.    (sum. [669-700]).

(139)Cf. Fuentes p.    (S.H. [8]).

(140)Cf. Fuentes p.    (S.H. [33]).

(141)Cf. Fuentes p.    (sum. [199]), p.    (S.H. [27]) y p.    (sum. [739]) respectivamente.

(142)Cf. Fuentes p.    (sum. [274]) y p.    (sum. [429]) respectivamente.

(143)Cf. Fuentes p.    (sum. [56]), p.    (sum. [199]), p.    (sum. [274]), p.    (sum. [343]), p.    [426]), p.    (C.E. 3 [6-7]). Cf. también B.d. p. 7 (cap. X), etc.

(144)Cf. Fuentes p.    (sum. [106]), p.    (sum. [1001]), p.    (sum. [1192]), etc.

(145)Cf. B.d. p.    (cap. VIII, doc. 12) y Fuentes p.    (sum. [151]) y p.    (sum. [130]) respectivamente.

(146)Cf. Fuentes p.    (sum. [132]), p.    (sum. [151]), p.    (sum. [36]) y p.    (sum. [274]) respectivamente.

(147)Cf. Fuentes p.    (sum. [286]).

(148)Cf. Fuentes p.    (sum. [280]), B.d. p.    (cap. VIII, doc. 10) y Fuentes p.     (sum. [131]) respectivamente.

(149)Cf. Fuentes p.    (sum. [702-703]) y p.    (sum. [811]).

(150)Cf. B.d. p. 7 (cap. X).

(151)Cf. B.d. pp. 1-2 (cap. XI).

(152)Cf. Fuentes p.    (R.L. [9-10]).

(153)Cf. B.d. pp. 16-17 (cap. I).

(154)Cf. Fuentes p.    (sum. [702]).

(155)Cf. B.d. pp. 18-20 (cap. IV).

(156)Cf. Fuentes p.    (S.H. [53-54]).

(157)Cf. Fuentes p.    (S.H. [38]).

(158)Cf. Fuentes p.    (sum. [371]) y p.    (sum. [429]) respectivamente.

(159)Cf. Fuentes p.    (sum. [200-201]) y p.    (sum. [206]).

(160)Cf. B.d. p.    (cap. XII, doc. 7).

(161)Cf. Fuentes p.    (S.H. [43]).

(162)Cf. Fuentes p.    (S.H. [45]).

(163)Cf. B.d. p. 35 (cap. XIII).

 

 

 

 

(550)Cf. B.d. p.    (cap. III, doc. 1).

(551)Cf. Constituciones. Siervas de San José. 1981 [Salamanca 1982], art. 46, p. 33.

(552)Cf. B.d. p. 59 (cap. III)

(553)Cf. B.d. p.    (cap. III, doc. 8 [10]).

(554)Cf. B.d. p.   (cap. III, doc. 4).

(555)Cf. B.d. p.    (cap. III, doc. 1, reglamento).

(556)Cf. B.d. pp.       (cap. III, doc. 5) y p. 60 (cap. III).

(557)Cf. Fuentes p.    (C.E. 3 [27]), p.    (C.E. 10 [1]) y p.    (C.E. 10 [12]) respectivamente.

(558)Cf. Fuentes p.    (sum. [726]).

(559)Cf. B.d. p.    (cap. VIII, doc. 3).

(560)Cf. Fuentes p.    (sum. [288]).

(561)Cf. Fuentes p.    (C.E. 3 [10-11]).

(562)Cf. Fuentes p.    (C.E. Pliegos [11]).

(563)Cf. Fuentes p.    (C.E. 2 [18]).

(564)Cf. Fuentes p.    (R.L. [12]).

(565)Cf. Fuentes p.    (S.H. [46]).

(566)Cf. Fuentes p.    (R.L. [24]).

(567)Cf. Fuentes p.    (S.H. [29-30]). Cf. también B.d. pp. 18-20 (cap. VII).

(568)Cf. B.d. p.    (cap. X, doc. 9).

(569)Cf. B.d. p.    (cap. XII, doc. 4).

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Ofrecemos lo relativo a la fe y esperanza de santa Bonifacia por lo difícil que es separarlas en ella. Y lo completamos con su devoción ala Familia de Nazaret, expresión de su fe.

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