Internacional

Pontificio Colegio Español de Roma, Fiesta eucarística del Reservado, Homilía Juan Esquerda Bifet (11-11-2012)

Pontificio Colegio Español San José de Roma, Fiesta eucarística del Reservado y de la Dedicación de la Iglesia, Homilía Juan Esquerda Bifet (11-11-2012)

Vivir el día a  día los acontecimientos de nuestro caminar en el contexto actual histórico y eclesial, equivale a hacer de nuestra vida un complemento de la misma vida de Cristo. Es, como dice Benedicto XVI en “Porta Fidei”, “el descubrimiento cotidiano de su amor que nunca puede faltar” (PF n.7). Hoy y aquí (11 noviembre 2012), este momento de gracia es el 118º aniversario de “El Reservado” y el 47º aniversario de la Consagración de la Capilla.

 

Los textos litúrgicos de este domingo nos recuerdan cosas pequeñas que forman parte de la historia de salvación: La generosidad de la viuda de Sarepta al poner a disposición del profeta Elías el último puñado de harina de que disponía (1Re 17,10-16); el óbolo de la viuda en el templo, ante la mirada amorosa de Jesús (Mc 12,38-44). Lo importante de este gesto es la donación sin restricciones: “Esta pobre viuda ha dado de su indigencia todo cuanto tenía para vivir”. El por qué del valor de estos gestos  pequeños deriva del hecho de participar de la “oblación” de Cristo Sacerdote que se actualiza todos los días en la celebración eucarística y que se aprende en los momentos de adoración ante el Sagrario.

 

El gesto sencillo del Bto. Manuel Domingo y Sol, de considerar fundada una casa o una institución (como el Colegio o Seminario) sólo cuando se había instalado convenientemente la capilla y se había dejado en el Sagrario el Santísimo (“Reservado”), está lleno de significado. Es un sencillo retazo de vida personal y comunitaria, que deja entender la realidad de la presencia de Cristo resucitado que nos acompaña en nuestro caminar.

 

Recuerdo, en una de mis visitas a Tortosa, cómo se recalcaba que la devoción eucarística del pueblo provenía en gran parte de esos gestos sencillos de Mn. Manuel. Ello me hizo recordar una pequeña anécdota misionera que me contaron en la isla de Flores (Indonesia): una señora del pueblo estaba lavando la ropa en un riachuelo, bajo un sol de plomo; el misionero que pasó por allí y que conocía bien a la feligresa, le indicó que a pocos metros podía hacer la misma labor bajo la sombra de una palmera; la señora contestó que prefería su lugar, porque desde allí veía el campanario del pueblo y allí estaba el sagrario.

 

En estos gestos sencillos aflora el significado de la Eucaristía como presencia de la oblación de Cristo que hace posible la nuestra como vida transformada y como respuesta a su amistad. Es la presencia, el sacrificio, la comunión eucarística, que reclaman el servicio del ministerio sacerdotal. También en estos gestos sencillos se vislumbra el significado de esta afirmación clave del concilio: “la Eucaristía aparece como fuente y cima de toda evangelización” (PO 5).

 

El objetivo del Año de la Fe, lo ha resumido el Papa Benedicto XVI con estas palabras: “Redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” (PF n.2). Palabra y Eucaristía iluminan el encuentro con Cristo: “Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14)… alimentarnos con la Palabra de Dios… y el Pan de la vida (PF n.3). Sólo a partir del encuentro con Cristo, “pan de vida”, como Palabra y Eucaristía, es posible “convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo” (PF n.15).

 

El Doctorado de San Juan de Ávila es una invitación a redescubrir la dimensión eucarística de toda nuestra vida especialmente sacerdotal. En el discurso a la comunidad del Colegio Español de Roma, el Papa trazó esta pauta: “La enseñanza central del Apóstol de Andalucía es el misterio de Cristo, Sacerdote y Buen Pastor, vivido en sintonía con los sentimientos del Señor, a imitación de san Pablo (cf. Flp 2,5). «En este espejo sacerdotal se ha de mirar el sacerdote para conformarse en los deseos y oración con Él» (Tratado sobre el sacerdocio,10). El sacerdocio requiere esencialmente su ayuda y amistad: «Esta comunicación del Señor con el sacerdote… es trato de amigos», dice el Santo (ibíd., 9)” (Benedicto XVI, 10 mayo 2012). (Recordar el rezo del Angelus del 4.11, cuando citó el Tratado del Amor)

 

Estos gestos de vida recobran todo su valor si se engloban en la convivencia con la Madre de Jesús, María de Nazaret. La vida formativa de un Colegio como el nuestro es una historia real  de la presencia activa y materna de María. Decía el Papa en el discurso citado: “Bajo la entrañable advocación de «Mater clementissima», han sido innumerables los alumnos que han confiado a ella su vocación, sus estudios, sus afanes y proyectos más nobles, como también sus tristezas y preocupaciones. No dejéis de invocarla cada día, ni os canséis de repetir su nombre con devoción… La Madre de Cristo es modelo de aquel amor que lleva a dar la vida por el Reino de Dios, sin esperar nada a cambio”.

 

Esta dimensión mariana entra, pues, de lleno en la celebración del Año de la Fe: “Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38)… También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia” (PF 13).

 

El hecho de estar en Roma, en un proceso de formación o en una etapa de nuestro peregrinar como Iglesia, nos invita a adoptar una relación personal con Cristo como fundamento de fe vivida, que es “conocimiento de Cristo vivido personalmente” (VS 88). La pregunta y respuesta de Pedro en la crisis eucarística de Cafarnaum, nos da la clave al indicarnos no directamente unas ideas, sino una persona (Cristo) que da sentido a la existencia:  “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

 

El gesto oblativo de Cristo en la cruz, presente ahora en la Eucaristía, dio inicio en el seno de María el día de la Encarnación y se fue concretando en la vida oculta de Nazaret y en el ministerio de su vida apostólica. La fiesta de “El Reservado” nos recuerda el valor de nuestra vida cotidiana, como complemento de la vida de Cristo Sacerdote Buen Pastor.

 

 

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