Juan Pablo II

Polonia, siempre “Ave Fenix”, la tierra de Juan Pablo II

Entre los días 3 al 12 de julio de 2007 medio centenar de seguntinos-guadalajareños, guiados por la convocatoria de la Asociación de Amigos de la Catedral de Sigüenza, recorrimos los caminos de “llanura”, de cruz y de esperanza de Polonia, con estancia también en la fastuosa ciudad de Praga, capital de la República Checa, una de las ciudades más bellas del mundo.

El viaje, organizado desde el pasado otoño, se convertía, tras la muerte en primavera del Papa Juan Pablo II, en una auténtica, sentida y hermosa peregrinación, que además encontraba en el Santuario mariano de la Virgen de Czestokova el lugar hacia donde concluyen todos los caminos y todos los corazones.

El polaco ciudadano del mundo

         Resultan prácticamente incontables en toda Polonia las estatuas, placas, lápidas, monumentos y referencias a Karol Wojtyla, al Papa Juan Pablo II, que gobernó la nave de la Iglesia Católica entre el 16 de octubre de 1978 y el 2 de abril de 2005. Tres meses después de su muerte, todavía “hablan” los lugares y las personas de la conmoción de su muerte y las flores, las velas, los cirios, las fotografías y los recuerdos se apiñan ordenadamente por doquier allá donde Juan Pablo II estuvo.

         Fue precisamente su condición polaca lo primero que supimos de él, y su ciudad natal de Wadovice, con apenas 25.000 habitantes, se prepara ya, entre incesantes riadas de peregrinos, para convertirse en uno de los primeros lugares de peregrinación de la cristiandad del siglo XXI.

En Cracovia, la hermosísima e histórica ciudad donde vivió desde los 18 a los 58 años, es un luminoso e indisimulado testimonio del polaco más polaco y a la vez más ciudadano del mundo de toda la historia. Varsovia o Czestokova, los otros epicentros más universales de Polonia, hablan también de Wojtyla y nos muestran fehacientemente claves principales de su aportación a la Iglesia y a la humanidad y de su misma alma creyente y religiosa. Los campos del horror y del exterminio sistemático de Auschwitz y de Birkenau, con su dolorido realismo de crueldad suprema, son también etapas precisas de peregrinación y de respuesta a la permanente búsqueda de la inviolable dignidad persona humana a la que sirvió hasta el último aliento aquel inolvidable moribundo, enfermo y anciano Karol Wojtyla, que no se dejó vencer jamás por la debilidad. Y su predicación en carne propia del misterio insondable de la cruz, halla en el Santuario montañoso, verde y silencioso de Kalvaria la respuesta a las preguntas más vitales de la vida y de la fe.

El mito del “Ave Fénix”

         La mitología nos reserva en la figura alada del “Ave Fénix” la imagen de una criatura que renace de sus propias cenizas constantemente. La historia de este país del frío que es Polonia es también la historia del “Ave Fénix”. Su faz eslava y blanca no oculta la herida de su pasado y la esperanza en su futuro. El destino ha golpeado con especial virulencia a sus gentes y a su historia. Como escribiera un premio Nobel de Literatura, de origen eslavo, “si ha habido tierras y gentes pisoteadas por el Gigante de la historia, estos son los del Báltico”. Polonia, en el corazón de Europa, es país del Báltico.

         En el siglo XX el nazismo y el comunismo -dos de los peores monstruos y gigantes de la historia- pisotearon Polonia hasta lo indecible. Los ya citados campos de concentración de Auschwitz y de Birkenau o los barrios judíos de Cracovia y de Varsovia son inequívocos testigos de ello. Ahora, décadas después, recorrer, por ejemplo, estos campos de concentración claman al respeto a la memoria de la historia para no repetir jamás los errores y horrores del pasado al igual que un paseo sosegado por la plaza mayor de Varsovia y sus calles adyacentes nos permitirá comprender como resurge una ciudad de entre sus escombros y en ella florece -cual “Ave Fénix”- el afán y la esperanza.

Dos curas del siglo XX

karol Wojtyla ha sido el cura polaco más importante del siglo XX y de la historia. Sin embargo, en los anales recientes de la Iglesia Católica de este país hay, al menos, otros dos sacerdotes excepcionales y ya también míticos, a los que podíamos añadir los anónimos nombres de los seis mil sacerdotes católicos presos de Auschwitz o el del cardenal Stephan Wysinky, otro de los referentes insoslayables de la historia reciente polaca.

         Con todo al que primero de los curas que queremos citar con especial detenimiento es a Maximiliano María Kolbe. Fue franciscano conventual. Trabajó como misionero en Japón. A los 47 de edad murió en Auschwitz. Maximiliano Kolbe cuenta en Niepokalanow, la ciudad de la Inmaculada creada por él mismo a medio centenar de kilómetros de Varsovia y como centro de espiritualidad, misión y apostolado periodístico, con una bien emblemática escultura en bronce. Revestido con su habito franciscano, con el rosario en la cintura, y mostrando en una mano una imagen de la Inmaculada, recorre decidido un camino de guijarros y angustias, que concluye en un cirio y una maceta de flores de colores. Su mirada es serena y grave y su rostro muestra certeza y paz. Sabe que camina hacia la cruz, hacia el nauseabundo Auschwitz de la infamia donde una inyección letal acabó con sus días el 14 de agosto de 1941, tras dieciocho jornadas previas en la celda de la muerte número 18 del barracón 11 del citado y siniestro lugar. Sin embargo, la escultura de Kolbe muestra también que él prosigue confiado su ruta de la mano de María. Es una representación que va ya mucho más lejos del mito del “Ave Fénix” y que nos habla de la resurrección, la nueva creación a la que sólo conduce el verdadero amor que hace libres.

         Jerzy Popielusko es el otro sacerdote que refleja la historia contemporánea de Polonia. Es símbolo de la lucha en “solidaridad” del pueblo polaco contra la opresión comunista. Molestaban al régimen sus sermones desde la parroquia obrera de “San Estanislao de Kostka”, sus peregrinaciones a Jasna Gora, hasta la montaña santa de la Virgen negra y herida de Czestokova, la madre, la reina y el milagro de Polonia. Molestaban sus acciones en favor de los más débiles y necesitados y su fidelidad a la Iglesia. El 19 de octubre de 1984 los poderosos de Moscú y de Varsovia decidieron acabar con él. Lo hicieron desaparecer entre las aguas ya heladas del Vístula. Y el 3 de noviembre de aquel año aparecía su cadáver ahogado en la flor de la vida, con tan sólo 37 años. Como nuevo “Ave Fénix”, como nuevo discípulo y testigo del Resucitado, renacían no ya sólo sus cenizas ahogadas en el Vístula, sino también la conciencia de libertad y de dignidad insobornables del pueblo polaco y, por extensión, de la entera humanidad. Jesús de las Heras Muela

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Jesús de las Heras Muela

Jesús de las Heras Muela nació en Sigüenza el 17 de Diciembre de 1958. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos (Facultad de Teología de Burgos, 1982), Ciencias de la Información (Universidad Complutense de Madrid, 1992) e Historia de la Iglesia (Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, 1992), habiendo realizado los cursos de doctorado de estas dos últimas disciplinas.

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