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Poetas recios para el mundo de hoy

Desde muy pequeño me quedó claro que un síntoma de salubridad en un árbol centenario era el grosor y profundidad de sus raíces.

Como cualquier adolescente despistado a comienzos de milenio, me topé con J.K. Rowling antes de lanzarme a los rumores con filtro de la calle.  En el último banquete de mi infancia, me creí, durante siete largos libros —con mucha firmeza y determinación—, aquello de que si me esforzaba en pensar “en positivo” y en darle veracidad a los hechos ficcionales, algún día una lechuza llegaría frente al alfeizar del balcón de mi casa y me dejaría una carta con el sello lacado de Hogwarts sobre la jaula de Mandela, nuestro conejo.

Pasaron las décadas y hasta hace bien poco seguía mirando  a través del ventanuco del cuarto de baño, a ver si había llegado algún pergamino. «Aunque sea de friegaplatos con los elfos domésticos», pensaba con rabia mientras veía que lo único que había en el soporte eran unos manchurrones secos y blanquinegros.

Agotado en el mundo de las naderías, intenso y vaporoso como un amor de verano, me encontré con Chesterton, del que no entendía nada pero no podía dejar de leer.

Embebido en su obra, llegué con él gigante de Fleet Street hasta «El regreso de don Quijote» donde no pude hacer otra cosa distinta que volver a sus artículos periodísticos y no tocar ni un solo libro suyo de literatura hasta la fecha.

El Quijote  —o cualquier aproximación literaria que lo referencie — es material radiactivo que hay que saber manejar. Y lo es porque a lo largo de los siglos ha ido abriendo vericuetos en el alma de cada uno de sus lectores que, en un momento muy particular de sus vidas, encontraron en un ‘manco de Lepanto’ —galeote, cautivo y desahuciado—, el máximo artífice de la sublimación artística ejecutada entre hojas de papel: la historia de un loco que se vuelve cuerdo. Es sencillamente brillante.

Tal y como dice Jesús G. Maestro, gran parte de nuestro consuelo como civilización hispánica será que otros imperios, cuando lleguen, traten con misericordia y respeto el legado de las mentes más preclaras del Siglo de Oro. Desde santa Teresa de Jesús hasta Calderón de la Barca, pasando por san Juan de la Cruz, Lope de Vega o El Greco (más toledano que nadie porque se mostró eternamente agradecido, contrayendo deuda de vida, con el país que le hizo posible).

La realidad tiene una forma muy particular de interpelarnos en lo más nimio de nuestro día a día. Basta una hoja surcando un paso de peatones, una madre limpiándole la boca de chocolate a su hija o una capilla vacía, con la luz del sagrario titilante, invitando a un silencio que no es de este tiempo.

Ahora que vemos por las calles las ramas tronchadas  por Filomena y los troncos rectos, la vida nos regala el oxímoron de los idealistas y el credo de los que se anclan en la belleza tranquila; perpetuada por millones de lágrimas, oraciones y de desvelos hasta hoy. Es tiempo de poetas recios.

 

 



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