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Poesía y Teología, por Manuel Revuelta González

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Poesía y Teología, por Manuel Revuelta González

Reseña del libro de Miguel de Santiago, El camino del alma hacia el amor. Obra poética y comentarios. Biblioteca Salmanticensis. Estudios 339. Publicaciones Universidad Pontificia, Salamanca 2012, 580 págs.Este libro, sin desmentir el rigor que es habitual en una editorial universitaria, nos depara, desde su título, gratísimas sorpresas. ¿Es un libro de poesías, un estudio de teología mística o un análisis literario? Es todo eso junto, y mucho más. Es un libro que hay que leer sin prisas. Un libro que hace sentir y pensar, pues las sugerencias de sus poemas se iluminan desde las perspectivas teológicas y se esclarecen desde los comentarios literarios. Hay una perfecta unidad en las tres partes de la obra, que sucesivamente ofrecen la sintonía de la poesía, la teología y la literatura.

 

La primera parte recoge la obra poética de Miguel de Santiago en seis libros o poemarios, que constituyen el fundamento de toda la obra. El primer poemario, Catálogo de insomnios (1976), es obra de juventud compuesta durante el último franquismo, en años de inquietudes y protestas. Tras una pausa de veinte años, el segundo poemario, Parábolas del sueño (1996), se inspira en los hechos y dichos de Jesús. Poco después, el tercer poemario, Vigilia (1997), se enhebra en los mensajes humanos y espirituales de los símbolos litúrgicos de la víspera pascual. Este libro obtuvo en Bolonia el premio internacional Fernando Rielo de Poesía Mística, al que concursaron 233 obras procedentes de 18 países. Estos tres poemarios otorgaron al autor un puesto destacado entre los poetas místicos. Insomnio, sueño y vigilia sugieren un itinerario de acceso a Dios por las tres vías clásicas (purgativa, iluminativa y unitiva), aunque los tres caminos se encuentran presentes y mezclados en cada libro. La muerte del padre prolonga este itinerario poético con una nueva creación, Recordatorio (1997), una elegía conmovedora por sus emociones contenidas y punzantes. Tras una nueva pausa, las Variaciones sobre una partitura de Vivaldi (2002), encauzan una quinta composición, en la que las cuatro estaciones de la naturaleza ofrecen el pretexto simbólico para revivir los avatares de las edades de la vida humana.

 

Ha sido un acierto publicar de nuevo, todas juntas, estas cinco composiciones, justamente premiadas en certámenes poéticos, y completarlas con el sexto poemario, hasta ahora inédito, La siega. Es la última cosecha poética; que, como toda cosecha, presenta la magia de lo antiguo y lo nuevo. La melancolía del fin de la jornada, el recuerdo agridulce de la vida y la tristeza de las horas perdidas se renuevan con signos de esperanza. La tierra atrapa, pero no sepulta; pues siempre surge de ella un Otero convertido en Tabor, “mástil de piedra insomne que derrama la luz transfigurada y transfiguradora” (224).

 

En cada uno de estos seis poemarios se combinan la variedad y la unidad. El primer poemario consta de 17 poemas divididos en tres partes. El segundo contiene 20 poemas distribuidos igualmente en tres partes. El tercero contiene 24, repartidos en los tres nocturnos de la vigilia. El cuarto se forma con 19 poemas sin título. El quinto con 28, repartidos en cuatro estaciones, y el sexto también con 28 seguidos sin división. En total son 136 poemas. Cada libro forma una unidad en su variedad, y lo mismo puede decirse del conjunto de todos ellos. Unidad que también se logra en las tres partes de la obra completa. El núcleo poético (los seis poemarios de la primera parte) es la roca sobre la que se asientan las reflexiones de la segunda parte y los comentarios literarios de la tercera.

 

La segunda parte, Comunicación de la experiencia de lo sagrado, es un excelente estudio teológico sobre la creencia religiosa vivida y comunicada en las obras artísticas. El mismo poeta que nos ha conmovido con sus versos se convierte en teólogo que reflexiona sobre la experiencia mística manifestada en las obras del arte cristiano. Con ello el autor nos da una clave de reflexión para comprender el sentido religioso del arte en general y de su propio arte poético en particular. El autor expone los principales aspectos de la teología mística y reivindica la expresión artística, especialmente la poesía, como vehículo para el conocimiento religioso. La teología, que se ha servido de la filosofía, debería servirse también de la poesía para explicar los misterios de Dios. El poeta, como el sacerdote, es un comunicador de la palabra. “El buen poeta de temas trascendentes sabe encontrar el secreto del mundo en el corazón de las cosas, en una inmanencia que revela trascendencia” (294).

 

El mismo poeta y teólogo nos brinda además, en la tercera parte, el Comentario de la obra poética. De este modo se convierte en intérprete de sus seis poemarios, con un análisis detallado de cada uno de los poemas. Hay que remontarse a San Juan de la Cruz para encontrar el precedente del poeta que desvela en prosa transparente los arcanos de sus propios versos. Miguel de Santiago junta sus comentarios personales con los juicios y valoraciones que le hicieron otros críticos literarios. Resulta muy esclarecedor el acopio de comentarios propios y ajenos, así como  las aportaciones pertinentes de otros pensadores y teólogos. Cuando el poeta se convierte en guía de sus propios versos, el lenguaje de los símbolos cobra un significado nuevo y la relectura de muchos poemas adquiere, en segunda instancia, una compresión renovada. Es como cuando se ilumina un retablo que había quedado en penumbra. El lector recibe datos puntuales que le ayudan a comprender las circunstancias en que fueron escritos los poemas y advierte muchos detalles que le habían pasado desapercibidos. Al final del libro el mismo autor resume en 20 conclusiones la quintaesencia de su obra poética y de sus tesis teológico-literarias (563-566).

 

También incluye la tercera parte una buena selección de los comentarios que otros literatos escribieron sobre la obra poética de Miguel de Santiago. Merecen destacarse los que le dedicaron Juan José Cuadros y José Antonio Carro Celada (341-344), José María López Sevillano (346-351), María Dolores de Asís Garrote (402-405), Florencio Martínez Ruiz (458-461) y Rafael Alfaro (486-487). Estos y otros críticos ofrecen claves para interpretar la obra y valorar el mérito de nuestro autor que, según uno de ellos, es “el máximo poeta religioso de hoy” (461).

 

Poco se puede añadir a la riqueza de estos comentarios propios y ajenos. Me limitaré a destacar tres aspectos generales.

 

1º. Los trasfondos autobiográficos.

La propia vida del poeta es su primera fuente de inspiración. La vida y sus circunstancias están presentes, empezando por la tierra y la familia. La infinita Tierra de Campos ha marcado al poeta, que ha sabido convertir en símbolos los paisajes, cielos, llanuras y atardeceres que acogieron su niñez. La Tierra le ha hablado desde la era y el rastrojo, la amapola o la golondrina. La Tierra le ha regalado el tesoro de un lenguaje sobrio y esencial, y la herencia de unos vocablos locales que suenan como perlas antiguas. Nostalgia de la tierra y amor a la familia campesina, laboriosa y cristiana, donde la madre comprensiva y el padre abnegado resumen la tradición y la fe. Miguel de Santiago ha llorado a su padre en la misma tierra en que, seis siglos antes, Jorge Manrique lloró al suyo. Pese a la distancia del tiempo y de las circunstancias, existe en ambas elegías el mismo aliento de amor y esperanza sobre un dolor intenso y contenido. Más difuminados que las alusiones al campo y la familia, pero muy recurrentes a lo largo de todos los poemas, son otros rasgos biográficos que evocan, sin descender a detalles, los inconformismos adolescentes, las trabas estudiantiles, las renuncias y satisfacciones de la vocación sacerdotal.  El poeta ha llamado “insomnios” a estas experiencias. Son desvelos, ansiedades y protestas que, al cabo, actúan de acicate para la esperanza.

 

2º. La perfección formal y su adecuación a la poesía mística.

En algunas recensiones se ha reparado en la perfección formal de estos poemas. Nuestro poeta posee un gran dominio de la métrica. Escribe en verso libre, donde la  musicalidad y el ritmo sustituyen a la rima. Puede decirse que la única poesía rimada es el bien cincelado soneto final (233). Este estilo se ajusta perfectamente al trasfondo místico que domina todos los poemas. “Es importante y fundamental –escribe el autor– acertar con el tono grave y contencioso que el tema requiere, establecer el clima preciso, adentrarse en honduras trascendentes, religiosas, existencialistas en clave cristiana, por los caminos de las sugerencias que aportan las imágenes poéticas” (305). Este desideratum que el autor aconseja, en general, a los poetas místicos, es el que, bajo el punto de vista estilístico, ha conseguido en sus poemas. La sugerencia y los símbolos o imágenes poéticas son sus herramientas principales. No narra escenas bíblicas, ni cuenta pormenores milagrosos. Mucho menos se deja caer en el pietismo o en el fervor devocional. Al igual que en las parábolas, utiliza los símbolos que, sin decirlo todo, sugieren interpretaciones personales y despiertan una respuesta interior.

 

3º. Un humanismo abierto al misterio de Dios.

Es una poesía comprometida con el hombre. Las preocupaciones del poeta, por muy personales que parezcan, expresan las inquietudes comunes de la vida humana. Pero siempre, aun los poemas más aferrados a las pautas temporales, ofrecen un asidero a la trascendencia. Se ha dicho que estos poemas reflejan un existencialismo cristiano. Y es cierto, porque el destino azaroso del hombre queda abierto a la esperanza de la fe en el Dios que nos salva por Jesucristo. El temario íntegro de dos poemarios (Recordatorio y Vigilia) anuncia su contenido abiertamente religioso. Otras veces son poemas sueltos los que se inspiran en las parábolas, hechos y dichos de Jesús, en las fiestas cristianas o en los iconos populares. Aun en estos casos, como se ha dicho, el poeta no suele utilizar fórmulas explícitas para expresar su fe. Prefiere las alusiones veladas y las sugerencias simbólicas que acercan a Dios y a Cristo sin nombrarlos. El trasfondo cristiano aparece siempre como una atmósfera que se siente sin verse. Nadie mejor que el mismo poeta para explicar el sustrato religioso de su obra. Lo hace al final con estas palabras: “En mi obra aparecen aunadas poesía y teología. Ambas son comunicación del ser humano consigo mismo y con el mundo que lo rodea y en ambas se revela el rostro de Dios y su proyecto salvífico para la humanidad. Como sacerdote y poeta, creador de la palabra y servidor de ella, asumo una misión profética y sacerdotal, prestando la voz a la humanidad, actuando como intermediario entre Dios y los hombres, escuchando la voz de Dios en un indefinible momento de inspiración, haciéndola mía y transmitiéndola a cuantos quieran sintonizar o adherirse a esa corriente” (565).

(Tomado de «Actualidad Bibliográfica de Filosofía y Teología», nº 99, enero-junio 2013, pp. 22-25).

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