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Poema ante el Adviento: Y me dejaste con gemido, por Francisco Vaquerizo

Poema ante el Adviento: Y me dejaste con gemido, por Francisco Vaquerizo

Para este tiempo de Adviento, os envío un poema que escribí “ a la sombra del Cántico espiritual” de san Juan de la Cruz. Espero que vuelva a enviaros algún otro de los veinte que forman el grupo. Permitidme que, de vez en cuando, me ponga en plan sublime y pueda así contrarrestar mis muchas frivolidades estéticas. En esta ocasión, también hay hipérbole. Ojalá fuera yo tan bueno como aquí puedo parecer. Lo intento, eso sí. Cada uno de estos veinte poemas está inspirado en un verso del Cántico.

 

“¿Adonde te escondiste

Amado y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste

habiéndome herido;

salí tras ti clamando y eras ido.

Os pongo la primera estrofa o canción para que comprendáis mejor por donde van mis “inspiraciones”.

 

   Y  ME  DEJASTE  CON  GEMIDO

Te fuiste y me dejaste hecho una ruina,

con heridas abiertas en los cuatro costados,

en medio de unas gentes que no cuentan contigo

y que hacen aún más solas mis hondas soledades.

Mi corazón doliente suspira por el tuyo

y oigo cómo la sangre se desliza en mis venas

cuando miro a mi lado y no te encuentro.

Nada, fuera de ti, me causa alivio,

nada me reconforta lejos de tu presencia

y soy todo gemidos, todo lágrimas.

La sombra de tus ojos me sigue a todas partes,

tus flechas continúan hiriendo mis entrañas,

el silencio y la lluvia me dan mucha tristeza,

las cosas me hacen daño porque me impiden verte

y porque nada es ahora como entonces,

que tú estabas conmigo y jugábamos juntos.

La vida en aquel tiempo era de otra manera,

el cielo estaba siempre cuajado de luceros,

los paisajes tenían un tono diferente

y el tiempo era más suave y menos agresivo.

Nos contemplaba el mundo con asombro y envidia

y lo nuestro era un sueño de amor transfigurado.

Al arrullo amoroso de nuestros embelesos

pacían los ganados en las verdes praderas,

susurraban las fuentes la eternidad del gozo,

bajaban los arroyos aromas escogidos

y la creación era como un gran campanario

que anunciaba a los hombres las bodas celestiales.

Luego un día, de pronto, te escondiste

y se me vino encima todo el Apocalipsis,

tal que mi alma y mi cuerpo se me hicieron pedazos

y ya no hubo manera de sacarlos a flote.

Te fuiste y me dejaste con gemido

en medio de una gente ajena a lo sagrado

y a todo lo que sea superior a sí misma.

Luego se me empezaron a morir los maestros,

los padres, los amigos, los rectores

e incluso los prelados que, pese a sus armiños,

a sus parafernalias y a sus magnificencias,

habían intentado hacerme un hombre

y lo hubieran logrado con un poco de suerte.

¡Cómo no echar de menos tu grandeza sin límites!

¡Cómo no sentir lástima de mi propia indigencia!

¡Cómo no dar al traste con el vino y las rosas

si me falta el aliento de tu abrazo amoroso!

Sin ti me siento débil, vacío y miserable,

el caos desbarata mis pobres coherencias,

los días se me pasan con mucha pesadumbre

y no me puedo hacer conmigo mismo

ni sé, a veces, por dónde me las ando.

Gimiendo en este valle de lágrimas y lutos,

infatigablemente te seguiré buscando.

El dolor de tu ausencia ha roto mis murallas,

ha hecho saltar mis cercas, mis puertas y candados

y aquí estoy esperando a que amanezca

para salir en busca de tu rostro amantísimo.

Me pasaré la vida buscando tus amores.

No volveré a mi casa mientras no dé contigo,

porque ya estoy cansado de gemir en tu ausencia

y porque sé, mi Amado, que algún día

tú serás para siempre mi gozo consumado.

Feliz Adviento.

Francisco Vaquerizo Moreno



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