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Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén
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Pizzaballa: «No se puede imponer ninguna solución a Jerusalén»

«Jerusalén es el corazón del problema y esta vez fue la chispa que incendió el país. (…) No se puede imponer ninguna solución a Jerusalén». Lo dice el patriarca latino Pierbattista Pizzaballa en una comunicación dirigida a los integrantes de la Coordinadora de Obispos de Tierra Santa difundida ayer miércoles, 19 de mayo. El prelado franciscano afirma que este nuevo estallido solo va a dejar más muerte, más destrucción y más sentimiento de odio, pero «ninguna solución». Todo seguirá igual, «como antes, hasta la próxima crisis», vaticina. La solución solo llegará con el «diálogo entre israelíes y palestinos, que deberán hacer suya la vocación abierta, multirreligiosa y multicultural de la ciudad». Los sucesos de estos días, añade, deben «devolver al centro de la agenda internacional» la cuestión palestina.

Sheikh Jarrah, la chispa

La «chispa» que ha desencadenado el actual «incendio» son las expropiaciones de familias palestinas en el barrio de Sheikh Jarrah, en Jerusalén Este, unidas a las provocaciones de la derecha religiosa judía en torno al Día de Jerusalén, conmemorativo de la conquista de la ciudad en la Guerra de los Seis Días de 1967, y a las trabas a los musulmanes para orar durante el Ramadán en la explanada de las Mezquitas. Dicho barrio, ubicado al norte de la Ciudad Vieja, a unos cientos de metros en línea recta de la Puerta de Damasco, debe su nombre a Hussam al-Din, el médico personal de Saladino, conquistador de la ciudad a los cruzados en el siglo XII, apodado «el cirujano» («jarrah», en árabe). En el barrio está enterrado también otro importante personaje, este judío y del periodo helenístico: Shimon HaTzadik, «Simón el Justo», que según la tradición judía habría dado la bienvenida a Alejandro Magno cuando el general griego conquistó la ciudad, informa la revista Mundo y Misión, del Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras. Lo que empezó allí como una disputa jurídica por el desalojo de vecinos palestinos, ha derivado en una controversia política debido al doble rasero judicial de las autoridades, que conceden a los judíos el derecho a reclamar propiedades que antes de 1948 les pertenecían en Jerusalén Este, pero niegan este mismo derecho a los palestinos en Jerusalén Oeste.

Desde que se iniciaron las hostilidades, Hamas, el grupo armado apoyado por Irán que gobierna la franja de Gaza, ha lanzado sobre Israel 3.750 cohetes, el 90% de los cuales han sido interceptados por el sistema antimisiles israelí conocido como «Cúpula de Hierro». Aún así, han muerto 12 personas. La aviación hebrea, por su parte, ha bombardeado la red de túneles, depósitos de armas y centros de mando (también, locales de la prensa internacional). En los primeros diez días de bombardeos, las bombas caídas sobre Gaza mataron a 219 palestinos: 104 hombres, 63 niños, 36 mujeres y 16 ancianos. El número de heridos es de 1.530. El 14 de mayo, el Patriarcado Latino informó de que el convento de las Hermanas del Rosario y su jardín de infancia habían sufrido «daños de importancia» a causa de las bombas caídas en las proximidades. «Las Hermanas no han dormido en tres días y han rechazado abandonar sus peligrosas instalaciones para proteger la escuela. Están cansadas y traumatizadas, pero decididas a aceptar cualquier destino que les aguarde». El director ejecutivo del Patriarcado, Sami El-Yousef, ha dicho que «el párroco de Gaza, Fr. Gabriel Romanelli asistido por Fr. Yousef Saad, está haciendo un esfuerzo heroico manteniéndose en contacto constante con todos sus feligreses, evaluando los daños, visitando a los ancianos y a los enfermos, celebrando misas y poniendo en riesgo su propia vida, para realizar sus deberes pastorales y consolar a la gente».

Niños en Gaza, ayer 19 de mayo, sobre una bomba que no llegó a estallar / EFE

Explosión de odio en las ciudades de Israel

En su comunicación a los Ordinarios de Tierra Santa de ayer, monseñor Pizzaballa expresa asimismo su preocupación por la explosión de violencia desatada en las ciudades mixtas de Israel, donde siempre han convivido judíos y árabes y en las que en estos días se han registrado ataques a los vecinos y a sus propiedades y linchamientos. El Patriarca dice que «esta explosión de odio y de rechazo», de la que se ha hablado poco en los medios internacionales, ha pillado a todos «desprevenidos». Y añade que habrá que «empezar a reconstruir de nuevo las relaciones», algo que «llevará mucho tiempo» y que requerirá «trabajar junto a muchas personas de todos los credos, que todavía creen en un futuro juntos y están comprometidos con él».

Esta es la comunicación íntegra del Patriarca Latino a los obispos miembros de la Coordinadora de Tierra Santa:

«Desgraciadamente, no es la primera vez, y me temo que ni siquiera la última, en la que tendremos que hacer frente a estas explosiones de violencia y guerra en Tierra Santa. Estos estallidos de violencia sólo dejarán más escombros, muertes, animadversiones y sentimientos de odio, pero no traerán ninguna solución. Veremos acusaciones mutuas sobre el uso del poder, probablemente recurriremos a los tribunales internacionales, acusándonos mutuamente, pero al final, todo será como antes, hasta la próxima crisis.

Hasta que no nos decidamos a afrontar realmente los problemas que afligen a estos países y a estos pueblos desde hace décadas, me temo que nos veremos obligados a asistir a más violencia y a otras desgracias.

Jerusalén es el corazón del problema y esta vez fue la chispa que incendió el país. Como es sabido, todo comenzó con la conocida cuestión de Shekh Jarrah, que se ha presentado como una cuestión jurídica. Sin embargo, como ya hemos reiterado en nuestra anterior declaración, también es evidentemente una decisión política para una mayor expansión de los asentamientos israelíes en Jerusalén Oriental. Es una decisión que cambia el ya muchas veces roto equilibrio entre las dos partes de la ciudad y esto crea tensiones y sufrimiento. Sin embargo, esta crisis indica que esta metodología no funciona y que no se puede imponer ninguna solución a Jerusalén. La solución solo puede ser el resultado del diálogo entre israelíes y palestinos, que deberán hacer suya la vocación abierta, multirreligiosa y multicultural de la ciudad.

Lo que se ha dicho sobre Jerusalén puede extenderse a toda la cuestión israelí-palestina. El pueblo palestino lleva años esperando una solución digna, un futuro sereno y pacífico, en su tierra, en su país. Sin embargo, para ellos no parece haber lugar en el mundo y, antes de poder vivir con dignidad en su país, son continuamente invitados por las distintas cancillerías a esperar un futuro desconocido y continuamente aplazado.

Pero aún más preocupante ha sido la explosión de violencia en las ciudades mixtas de Israel, donde siempre han convivido judíos y árabes y de la que creo que se ha hablado poco en los medios de comunicación internacionales. Hemos sido testigos de la violencia, de las patrullas organizadas, de los intentos de linchamiento por parte de ambos bandos, judíos y árabes… una explosión de odio y rechazo al otro que probablemente se venía gestando desde hace tiempo y que ahora ha emergido violentamente y ha encontrado a todos desprevenidos y asustados.

Todo esto es el resultado de años de un lenguaje político violento, de una cultura y una política de rechazo al otro, de desprecio. Poco a poco, estas actitudes han creado una separación cada vez más profunda entre los dos pueblos, de la que quizá no nos hayamos dado cuenta hasta hoy. Llevará mucho tiempo reconstruir estas relaciones profundamente heridas. Tendremos que trabajar junto a muchas personas de todos los credos, que todavía creen en un futuro juntos y están comprometidos con él. Son muchos. Pero necesitan apoyo, alguien que pueda llevar su voz a todo el mundo.

Tendremos que empezar a reconstruir de nuevo las relaciones entre todos nosotros y, en este sentido, será prioritario partir del doloroso descubrimiento de estos días, es decir, del odio que albergaba sobre todo en el corazón de los jóvenes. No debemos cultivar ni permitir que se desarrollen sentimientos de odio. Debemos asegurarnos de que nadie, ya sea judío o árabe, se sienta rechazado. Tendremos que ser más claros a la hora de denunciar lo que divide. No podemos conformarnos con los encuentros interreligiosos por la paz, pensando que con esas iniciativas hemos resuelto el problema de la convivencia entre nosotros. Además de esto tendremos que hacer una opción real para que en nuestras escuelas, en nuestras instituciones, en los medios de comunicación, en la política, en los lugares de culto, resuene el nombre de Dios, del hermano y del compañero de vida. Tendremos que aprender a estar más atentos al lenguaje que utilizamos y tomar conciencia de que la reconstrucción de un modelo serio de relaciones entre nosotros requerirá mucho tiempo, paciencia y valor. Necesitaremos una nueva alianza entre personas de buena voluntad que, independientemente de la fe, la identidad y la visión política, sientan al otro como parte de sí mismos y deseen comprometerse a vivir con esta conciencia.

Esta crisis debe devolver al centro de la agenda internacional la cuestión entre Israel y Palestina, que últimamente parecía olvidada y superada, pero que, sin embargo, siempre ha seguido siendo una herida dolorosa. La herida sólo se cubrió, se ocultó, pero nunca se curó. Una vez retirada la venda que la cubría, volvió a ser visible y dolorosa, quizá incluso más que en el pasado.

Os invito a rezar por la Iglesia de Jerusalén, para que sea una Iglesia que vaya más allá de los muros y las puertas cerradas; que cree, anuncie y construya la paz, pero «no como la da el mundo» (Jn 14,27). De hecho, ya hemos sido testigos demasiadas veces de anuncios de paz traicionados y ofendidos. La Iglesia tendrá que construir la paz que es fruto del Espíritu, que da vida y confianza, siempre de nuevo, sin cansarse nunca.

Su Beatitud Mons. Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén».

Este nuevo estallido de violencia, el más grave desde 2014, llega tras el reconocimiento de facto de Jerusalén como capital de Israel por parte de Estados Unidos (Trump ordenó el traslado de la embajada en Tel Aviv, medida que Biden no ha revocado), el establecimiento de relaciones diplomáticas por nuevos países árabes (Marruecos, Emiratos Árabes Unidos…), un nuevo aplazamiento de las elecciones palestinas y la necesidad de celebrar nuevos comicios en Israel.



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