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Pío XII pidió amor y perdón a los españoles en 1939, por Vicente Cárcel

Siguiendo la conducta adoptada por Pío XI (12 de febrero de 1922 / 10 de febrero de 1939), desde el comienzo de la guerra civil española, Pío XII (12 de marzo de 1939 / 9 de octubre de 1958) promovió una intensa campaña en favor de la reconciliación a través del amor y el perdón. Ya en la alocución que dirigió en Castelgandolfo, el 14 de septiembre de 1936, a 500 prófugos españoles recibidos en audiencia, Pío XI se refirió a «los otros». «¿Qué decir —se preguntó el Papa— de todos aquellos otros que también son y permanecen siendo hijos Nuestros, no obstante que Nos han tratado no como hijos a un Padre, sino como enemigos a un enemigo particularmente odiado?». E invitó a «amarles, y amarles con un amor particular de compasión y de misericordia, amarles y, no pudiendo hacer otra cosa, orar por ellos; orar para que vuelvan al Padre que con grandes deseos les espera, y se hará una fiesta de grande alegría a su retorno».

Esta parte del discurso pontificio no fue publicada por la prensa de la España llamada nacional, pues la censuró el gobierno, y tampoco apareció en los boletines eclesiásticos, hasta el punto de que Antonio Montero lo reprodujo mutilado en su Historia de la persecución religiosa (Madrid, BAC, 1961, pp. 741-742), al haberlo tomado del Boletín Oficial del Obispado de Pamplona (1936, 366-367).

Expresiones y sentimientos semejantes a los de Pío XI los encontramos en la célebre Carta colectiva de los Obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la Guerra de España, del 1 de julio de 1937, en la que trataron de exponer unos hechos y de responder a tergiversaciones y falsedades, afirmando que la Iglesia acató el régimen establecido en 1931 y respondió a los vejámenes con sumisión, en las materias en que esto era lícito, con la protesta y con la oración Y, tras documentar la larga relación de excesos en el período republicano, destrucción de templos y matanza de sacerdotes, la Iglesia se mostró dispuesta al perdón. Por ello, los obispos españoles pidieron a los de todo el mundo que les ayudaran a difundir la verdad, y a rezar para que se extinguieran los odios y supieran practicar el perdón.

El cardenal Pacelli intervino tanto en la redacción del discurso de Pío XI como en las numerosas iniciativas tomadas por la Santa Sede durante la guerra en favor de los detenidos políticos y condenados a muerte. Poco antes de ser elegido Papa, cuando era inminente el final de la guerra, pidió expresamente al nuncio Cicognani que hiciera todas las gestiones posibles y oportunas para que Franco recomendara a las autoridades militares y civiles subalternas que fueran moderadas y magnánimas con los vencidos, pues no debían repetirse las violencias cometidos en el País Vasco en 1936, cuando fueron ejecutados 14 sacerdotes de la diócesis de Vitoria; también pidió que no se tomaran en consideración posibles denuncias apasionadas e infundadas contra sacerdotes y jóvenes de Acción Católica que con celo se habían dedicado a practicar el bien mediante obras de beneficencia y caridad, lo que forzosamente les había exigido contactos con personas que ejercían autoridad en la zona republicana, y que los obispos y superiores de órdenes y congregaciones religiosas prohibieran a sus respectivos súbditos la presentación de denuncias a las autoridades civiles contra sacerdotes y religiosos, como también el concurrir y afiliarse a centros y asociaciones de política partidista.

«El problema de los prisioneros políticos ha sido siempre uno de los más graves» (Nuncio Cicognani)

Pero el texto más elocuente del nuevo Papa fue el radiomensaje que dirigió «a los fieles de España», el 19 de abril de 1939, para expresar su congratulación por «el don de la paz y de la victoria». Tras reconocer el «deber de gratitud hacia todos aquellos que han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la Religión», el Papa no ocultó «la amarga pena que le causaba el recuerdo de aquellos otros, que como hijos pródigos tratan de volver a la casa del Padre, y no dudamos que serán acogidos con benevolencia y amor».

Se refería Pío XII a los vencidos, a los que dedicó estas palabras, que hoy debemos entender en su contexto histórico. «Nuestra solicitud, también de Padre, no puede olvidar a estos engañados, a quienes logró seducir con halagos y promesas una propaganda mentirosa y perversa. A ellos particularmente se ha de encaminar con paciencia y mansedumbre Vuestra solicitud Pastoral —dijo el Papa a los obispos—: orad por ellos, buscadlos, conducidlos de nuevo al seno regenerador de la Iglesia y al tierno regazo de la Patria, y llevadlos al Padre misericordioso, que los espera con los brazos abiertos».

Y también en este contexto hay que situar las constantes intervenciones papales en favor de los detenidos políticos y condenados a muerte, ampliamente registradas en los documentos hasta ahora inéditos de su pontificado, que me ha sido posible consultar desde el pasado 2 de marzo, y cuya publicación preparo para una monografía dedicada a Pío XII y España.

Sin embargo, los enérgicos e insistentes llamamientos del Papa —unas veces en cartas personales a Franco y otras a través del nuncio Cicognani—, no siempre fueron escuchados, pues en los despachos del representante pontificio quedan recogidos los casos de miles de víctimas de la represión en los años cuarenta y hasta bien entrados los cincuenta. «Por desgracia —decía Cicognani en 1945— el problema de los prisioneros políticos ha sido siempre uno de los más graves y de los más discutidos por el modo en que se ha llevado y por las desagradables consecuencias que ha tenido para el régimen tanto desde el punto de vista interior como internacional».

A las intervenciones del Papa se unieron las de muchos obispos que pidieron expresamente a Franco clemencia para los vencidos. Destaca entre ellos el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, que intercedió en favor de más de dos mil detenidos y condenados a muerte en el Castillo de San Cristóbal de Pamplona, diciéndole a Franco: «Hay presos buenos; hay centenares de hombres que ni tienen manos manchadas en sangre, ni han envenenado al pueblo; centenares de hombres que tienen revisada favorablemente su causa y esperan la ratificación del fallo para salir a la vida y al amor de los suyos».

El número de prisioneros políticos, que al acabar la guerra ascendía a cerca de 300.000, fue disminuyendo con el paso de los años gracias a continuos indultos. El nuncio Cicognani intervino siempre en nombre del Papa para atenuar la rigidez de las sentencias, especialmente de los condenados a muerte, y consiguió salvar muchas vidas y reducir muchas penas.

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