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Pesimismo eclesial

En mi última entrada del blog hablaba sobre “personas vitamina” y su antítesis, las personas que se quejan constantemente por todo y hacen de la crítica su medio de vida. Esas que están presentes en nuestro día a día mucho más de lo que nos imaginamos y que terminar por horadar nuestra paciencia.

Si hay un lugar donde se las encuentra en demasía, por desgracia, es en el seno de la Iglesia. En cada diócesis, parroquia, arciprestazgo o asociación de fieles. Tengo la sensación de que gustamos demasiado de la queja sobre lo que es y lo que hace la Iglesia. Pero no me refiero a esas críticas que vienen de fuera, y que a veces están orquestadas ideológica y mediáticamente con un fin muy concreto y nada edificante, sino de aquellas que provienen de “los de dentro”, de quienes forman parte del corpus eclesial, laicos, sacerdotes y consagrados.

Que si vienen pocos jóvenes a Misa. Que si las catequesis son más de lo mismo. Que no se hace nada nuevo en las parroquias. Que nuestros fieles son cada vez mayores, y entonces para qué voy a innovar en las formas de evangelización. Que hay demasiadas jornadas en la Iglesia y buena gana de poner los carteles a la puerta de las parroquias (total, si nadie los lee). Que para qué voy a repartir en mano la hoja diocesana si no sirve para nada (y la dejo mejor en una mesa, que sé de antemano que nadie la va a coger). ¿Te suenan algunas de ellas?

La verdadera santidad es la alegría, porque “un santo triste es un triste santo”, nos dejó dicho Santa Teresa, al igual que su repetida frase “tristeza y melancolía no las quiero en casa mía”. Lo que repitió de alguna manera siglos más tarde el Papa Francisco en ‘Evangelii gaudium’. La alegría del Evangelio es lo que debería primar en nuestro quehacer eclesial. No hay nada por encima de ello. Y esto debería ser más fuerte que los inconvenientes transitorios que vayamos descubriendo por el camino. Pues, si andamos siempre cabizbajos, no vamos a ser capaces de encontrar la ruta hacia adelante.

Ahora que ha comenzado el Sínodo, esta debería ser nuestra forma de actuar si queremos seguir caminando juntos. Dificultades hay en el seno de la Iglesia, por supuesto. Algunas de ellas incluso nos impiden progresar. Pero no por ello hemos de caer en la apatía o la abulia. Es tiempo de desterrar las auras de pesimismo que nos rodean en las diócesis, de sacudir la negatividad constante como forma de vida. Y apostar por la alegría del Evangelio en todo su esplendor. Pues, dado que la meta de todo cristiano es la santidad, no podemos caer en el peligro de llegar a ser tristes santos.



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