Carta del Obispo

Pero, ¿qué pasa?, por Santiago García Aracil, arzobispo de Mérida-Badajoz

santiago aracil

La verdad es que, por más que pienso en lo importante que es el respeto y el cultivo de las libertades, no dejo de sorprenderme ante determinadas formas de ejercerlas. Pienso ahora especialmente en la libertad de expresión y, consiguientemente, en la libertad de manifestación. Y, procurando ser comprensivo con todas las formas de pensar, no puedo admitir como correctas, sin embargo, las manifestaciones contrarias al respeto que merecen las personas y las instituciones legítimamente constituidas.

Leyendo estas líneas cualquiera puede pensar que escribo esto con motivo de la invasión que sufrió en Mérida el Colegio de los Padres Salesianos. Es cierto. Pero no me refiero solamente a ese lamentable espectáculo cuyos estilos no son precisamente garantía de que sus autores tengan algo que ver con la defensa de la educación; a  no ser que la reclamaran con urgencia para ellos mismos. Pero entonces estaríamos hablando de una educación especial. Me refiero a algo que me parece bastante más grave. ¿Quién está detrás de estos actos y de las personas que los realizan? Ni los partidos políticos, ni los sindicatos, ni las agrupaciones libremente constituidas, ni los individuos actuando a título personal, tienen derecho a ofender a quienes están cumpliendo con su deber; sobre todo cuando su trabajo se realiza ejemplarmente al servicio de la sociedad. Pero, además, esta forma de actuar, precisamente en un Colegio autorizado cuya finalidad es la educación, produce mayor escándalo, sea cual sea su identidad educativa. Hechos semejantes han ocurrido en Colegios y Universidades de iniciativa estatal. Sin pretender ofensa alguna para nadie, me atrevo a decir que estas actuaciones de fuerza, que además carecían de la preceptiva autorización, obedecen más a la ley de la selva que al ejercicio de los legítimos derechos de manifestación y expresión. No sé qué entenderán por dictadura los organizadores y realizadores de estas acciones pretendidamente democráticas.

No voy a aludir a las ideologías predominantes en quienes realizan este tipo de actos. En una sociedad plural caben todas las formas de pensar que respetan las leyes y las personas. Eso es imprescindible en un Estado democrático y de derecho. Pero, además de aludir a la falta de educación que dan a entender determinadas formas y lugares de manifestación, quiero decir claramente que, como miembro de la Iglesia Católica me duele que se utilicen expresiones y gestos insultantes y agresivos contra personas consagradas. Esos “detalles” muestran suficientemente la intención que subyace al pretendido ejercicio de la libre expresión y manifestación. Claro, mirando esto, no puede extrañarnos que, cobardemente encubiertos por el anonimato que facilitan las redes informáticas, se practiquen constantemente difamaciones injustificadas, calumnias gravemente contrarias a la intimidad y al honor de las  personas, y una amplia serie de elementos claramente contrarios al decoro y al más elemental nivel de civismo y de altura humana.

Quiero terminar esta breve reflexión manifestando el dolor que me causa constatar que muchos de estos comportamientos indebidos están potenciados o al menos influidos por conductas de adultos que tienen lugar en el mismo hogar de la familia y, a veces, según testimonio de los mismos alumnos, en algunas aulas de centros que están llamados a ser lugares de educación.

Es posible que, si iniciáramos una revisión exhaustiva, constatáramos en diversos lugares, organismos, instituciones y personas, alguna responsabilidad directa o indirecta, consciente o inconsciente que estuviera cerca de las conductas que pretendemos denunciar. El mal no está solo en las manifestaciones explosivas, sino también en los comportamientos ordinarios de muchos. Por tanto cabría argüir, en nombre de la libertad y de la coherencia, que nadie es quien para corregir a los demás desde sus propios defectos. Pero nadie tiene tampoco el derecho de abandonar la defensa de la verdad, de la justicia, del respeto y de la libertad de todos, aunque su historia cuente con defectos. Todos somos pecadores; pero el pecado no impide que ejerzamos su denuncia legítima, y que seamos apóstoles en favor  de la búsqueda de la virtud. Creo en la renovación de la sociedad en todos sus estamentos, ámbitos y dimensiones. Por tanto desde estas líneas lanzo una invitación a reflexionar, a trabajar y a ser constantes procurando, con  la palabra y con el testimonio, que la verdad venza al error, la bondad a la maldad y la esperanza al pesimismo, a la desconfianza y a la simple resignación ante los males  que pueden corregirse.

 

+ Santiago. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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