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Permanecer en el amor

Señor Jesús, todos los días oímos relatos de personas que dicen estar enamoradas. Pero todos los días nos cuentan que algunas personas famosas ya han dejado de amarse.

En este tiempo el amor se identifica con un sentimiento fugaz y pasajero. En una cultura marcada por la provisionalidad resulta difícil ver el amor como un compromiso definitivo.

El evangelio nos lleva a pensar que tú mismo habías percibido ya esta tendencia a olvidar las promesas que parecían dictadas por un amor sincero y verdadero. Tal vez por eso exhortabas a tus discípulos a permanecer en tu amor.

Tú les habías dado ejemplo. Les habías demostrado la sinceridad de tu amor. Era evidente que estabas decidido a ser fiel a tu misión, a tu amistad y a tu entrega hasta la muerte.

 Yo he de pensar que aquella exhortación que dirigías a tus discípulos es un mensaje que yo mismo no puedo ignorar. Ahora es a mí a quien tú invitas a permanecer en tu amor.

A medida que avanzan los años voy descubriendo que el mejor regalo que puedo hacer a las personas que amo es entregarles mi tiempo. Porque el tiempo es la vida y la vida es corta. Tú has dicho que la entrega de la vida es la prueba definitiva del amor.

Retraerme y tratar de encerrarme en mis raquíticos intereses significa renegar de mi vocación, ignorar las voces que me dirigen los demás, sustraerme a su soledad y a sus necesidades.

Pero hacerme sordo a la llamada de mis hermanos y hermanas significa dejar de permanecer en el amor que tú me has demostrado, En el amor que tú me muestras cada día. Y en el amor que yo te debo.

Yo sé y creo que tú permaneces. Y que ya no me pides que ame a los demás como yo deseo ser amado. Eso lo viven también los que no te conocen. Tú me pides que ame a los demás como tú nos has amado. Como tú me has amado.

Mi Señor y mi amigo, hoy solo te pido la gracia de no olvidar jamás el ejemplo de tu fidelidad. Amén.



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