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Periferias existenciales, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez

Periferias existenciales, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez Martínez

El Papa Francisco nos ha pedido en distintas ocasiones a los cristianos que salgamos al encuentro de quienes viven en “las periferias existenciales”. Pero, tendríamos que preguntarnos: ¿A qué grupos sociales se refiere el Santo Padre cuando habla de este tema en sus escritos o en sus intervenciones públicas?

Algunos comentaristas del magisterio pontificio han hecho una interpretación restrictiva de sus palabras, al reducir el contenido de las mismas únicamente a aquellas personas que sufren la marginación y la exclusión social como consecuencia de la pobreza material o de la falta de recursos económicos para afrontar la vida diaria.

Ciertamente, el Papa se refiere a estos hermanos, pero no sólo a ellos. Las “periferias existenciales” se producen en todos los ambientes sociales y en las más variadas facetas de la vida humana. Cada corazón que permanece alejado de Dios y que no ha descubierto su amor, experimenta la falta de sentido y el desánimo ante las dificultades de la vida. La persona que no es aceptada en el entorno familiar o no es debidamente valorada por la sociedad, sufre la falta de amor, la soledad y la tristeza. En todos los casos se produce una marginación.

Pensando en esta realidad compleja y variada de marginación, el Papa invita a todos los cristianos a revisar su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo para no encerrarse en sí mismos, en sus grupos y parroquias, esperando que los alejados de la fe o los marginados de la sociedad vengan a solicitar su ayuda o a buscar consuelo ante las dificultades y los sufrimientos de cada día.

Todos los hombres, pero de un modo especial quienes nos confesamos seguidores de Jesucristo, tenemos que salir al encuentro de los marginados, de quienes sufren en sus carnes la pobreza material y de quienes experimentan en su corazón la pobreza humana y espiritual al vivir sin Dios y sin el cariño de los suyos. A todos es necesario invitarlos a vivir la alegría del Evangelio y a descubrir el amor de Dios para que puedan encontrar la liberación plena de sus pobrezas.

Nuestro compromiso como discípulos de Jesucristo no puede centrarse únicamente en impulsar programas de promoción humana y de asistencia social a quienes experimentan en sus carnes la pobreza material. Esto es bueno y justo hacerlo, pero no es suficiente. Los cristianos no debemos olvidar nunca que el Espíritu Santo suscita en nuestros corazones, ante todo, la urgencia de centrar la atención en el otro y nos impulsa a acompañarlo personalmente en todas sus necesidades, pero considerándolo “como uno conmigo”, como uno que me pertenece.

El verdadero amor de Dios, que crece en el corazón de los creyentes cuando nos abrimos a la acción del Espíritu Santo, tiene que impulsarnos a salir para servir a los otros y ponernos a sus pies, no por obligación o por necesidad, sino porque, más allá de la apariencia de cada uno, el otro es mi hermano, posee una dignidad y unos derechos inalienables que han de ser aceptados y respetados por todos hasta las últimas consecuencias.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

+ Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

 

 

 



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