Iglesia en España

Peregrinos, y no turistas simplemente, por Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

Decimos que nuestra vida es un camino que hay que andar. No podemos quedarnos quietos. Pero hay varias maneras de encarar ese camino, muchos modos de caminar, en definitiva. Una forma es el vagabundeo, cuando uno no sabe a dónde ir, o no tiene una meta hacia la que dirigirse concretamente. Así, hay gente que parece que va a la deriva porque no tiene un puerto hacia el que orientarse. No es ésta una buena expectativa.

Otra forma de caminar es la del turista, que da vueltas por un territorio concreto, para ver lo que considera que merece la pena ser visitado. Normalmente el turista no quiere arriesgarse y sigue unos itinerarios descritos o él mismo se los marca, según sus gustos o curiosidades. Hay también otro modo de caminar: el que recorre el peregrino. El peregrino, sin embargo, sí tiene una meta y, por tanto, sabe dónde tiene que ir: posee una orientación. ¿Cómo queremos movernos en la vida? ¿Cómo vagabundos, turistas o peregrinos? Buenas preguntas, para hacérnoslas ahora que en la Liturgia de la Iglesia empieza el tiempo del Adviento, en el que caminamos hasta encontrarnos con el que viene, Cristo.

El Adviento, en efecto, es la respuesta que la Iglesia da a las preguntas que acabo de plantear un poco más arriba: el encuentro con Jesucristo que está para llegar de nuevo. Esa es la meta verdadera de nuestra peregrinación en la vida. El ser humano no es, por ello, un vagabundo y un turista, sin que tengamos nada ni contra uno ni, por supuesto, contra el otro. También el cristiano es un peregrino porque tiene la posibilidad de encontrase con el Señor que viene.

En estos días de Adviento, con la ayuda del Espíritu Santo, miremos en profundidad hacia la espléndida realidad de la esperanza cristiana; porque esperar es algo grande y manifiesta el poder de la acción de Dios. Fue la esperanza cristiana la que, en el inicio de la Iglesia, dio al mensaje cristiano aquella extraordinaria fuerza de expansión que lo llevó a los confinen del mundo conocido; las personas, especialmente los pobres, los afligidos, vieron una propuesta de esperanza para ellos y que no excluía a nadie. Se explica así por qué creció tanto el número de cristianos. Como dijo alguien: los paganos tenían los templos a los dioses, pero los cristianos tenían el corazón de la gente en las calles, en los lugares donde la vida, con todas sus circunstancias, era la realidad palpable de cada día.

Hoy los cristianos estamos llamados a compartir la esperanza que salva, la que nos ha traído el Evangelio; y debemos estar prontos a dar razón de ella no sólo con palabras, “con delicadeza y respeto”, sino sobre todo con la capacidad de sufrir cualquier cosa por ello. Sin esperanza vivir no es vivir. En el corazón del Adviento resuena la predicación de Juan, el Precursor; en ella encontramos aquellas frases de Isaías, que él dice con fuerza a sus contemporáneos: “Yo soy la voz que clama en el desierto: allanad el camino al Señor” (Jn 1, 23).

Nuestra vida se mueve entre las dos grandes venidas del Señor: aquella de la Encarnación y la de la llamada “Parusía”, definitiva venida de Cristo. Pero hay una venida o visita del Señor en el ahora de nuestras vidas; es el Señor que viene con la gracia, con la inspiración, en ayuda nuestra. San Bernardo llama a este Adviento “la venida intermedia”. Y es para esta venida para la que debemos enderezar y allanar el camino, y abrir la puerta a Cristo. Nadie como María ha abierto las puertas de su ser a Dios. Ella nos enseña a esperar en Él. Adviento, así, es el tiempo de María: la fiesta de la Inmaculada, y, entre nosotros la fiesta de Santa María el 18 de diciembre, nos proporciona capacidad de espera, y también esperanza y apertura a Cristo y a los hermanos.

+ Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo. Primado de España

Print Friendly, PDF & Email