Rincón Litúrgico

Peregrino

 

«La vida cristiana, en realidad, es un camino, una peregrinación». Y el camino, obviamente, «no es puramente geográfico, sino sobre todo simbólico: es una invitación a descubrir el movimiento del corazón que, paradójicamente, necesita partir para poder permanecer, cambiar para poder ser fiel».  (Francisco, discurso a la Curia, 21-XII-2019)

En este tiempo de Epifanía, al hilo del nacimiento de Jesús, como un hombre cualquiera, algo fundante se queda en la conciencia. Es posible sentir la presencia del Niño de Belén en figura de otro y convertir cada jornada en experiencia navideña.

No deseo parecer presuntuoso, pero debo reconocer, después de 50 años de ministerio y todos ellos en Buenafuente, que existe la Providencia, el paso discreto del Señor en forma de mano amiga, de acontecimiento íntimo, de experiencia de misericordia, de presencia solidaria. Como sucedió en Belén, cuando nadie fue testigo del acontecimiento que cambió el mundo, en la mayor intimidad y discreción.

Sería injusto ignorar la razón de la propia fidelidad, que no es otra que la providente misericordia divina.  Si de algo te sirve mi testimonio, deseo que te ayude a confiar siempre en Dios. Y en el momento del límite te de fuerzas para apostar por quien ha revelado su opción de ser nuestro compañero de por vida, Emmanuel.

Nos puede suceder como a los Magos, que dudemos y que tardemos en reconocer la presencia compañera del Hijo de María, hasta que de pronto aparece la luz, caemos en la cuenta de que es imposible tanta historia favorable, si no fuera porque Alguien vela nuestro camino.

Habrá momentos recios, desesperanzados por despojos del corazón, mas todo al final lo descubriremos como mano tendida y compañera, como ocasión de acrisolar la fe y de madurar la pertenencia. Atrévete a esperar siempre. A no poner en duda la opción de Dios por ti. La prueba mayor la tenemos en que Él se ha querido confundir como uno de nosotros. En esas circunstancias es consuelo aquella bienaventuranza del Resucitado: dichosos los que creen sin ver. Y aquella otra con la que Isabel saludó a Maria: dichosa tú porque has creído. Jesús nos adelantó el aforismo; dichoso el que no se escandalice de mí. María no comprendió muchas cosas, y las guardaba en su corazón.

Si sientes al Señor dale gracias. Si te parece ausente, espera. Si crees tener motivos para dudar de Él es el momento de la fe. Y si llegas al límite de la prueba, se te ofrece la oportunidad de amarlo gratuitamente y no por el sentimiento favorable o la gracia sentida.

Suelo decir que la diferencia que tenemos con los santos es que ellos por gracia se sienten sumergidos en el amor de Dios y quizá nosotros únicamente aceptamos mentalmente la noticia de este amor, testimoniado por Jesucristo, pero no acabamos de sentirlo. Te deseo el crecimiento creyente y sembrarás en ti el título de la bienaventuranza, y darán gracias a Dios por lo que has visto y sentido a lo largo de tus días.

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