Rincón Litúrgico

Perder y encontrar la vida, por José-Román Flecha

“El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 10,39)

Señor Jesús, tú sabes que no deseamos perder la vida. Casi todos nos hemos lamentado alguna vez del tipo de vida que nos ha tocado llevar. Hay muchas vicisitudes que nos inducen a pensar que es demsiado pesada para nuestras fuerzas.

Enfermedades recurrentes o incurables, una herencia desafortunada, malos ejemplos y presiones sociales que nos llevan por mal camino, tentaciones que no hemos sabido o querido evitar, desastres naturales o epidemias inesperadas. Hay muchos factores que pueden hacer lastimosa nuestra vida.

Sin embargo, nos cuesta admitir que una parte de los motivos que determinan una “mala vida”  depende de nuestra frivolidad, del mal uso de nuestra libertad, de nuestras opciones equivocadas. Tendríamos que admitir que “la miseria de esta vida es la realidad engendrada por nuestros pecados”, como ya escribía san Agustín.

Tú nos dijiste que podemos encontrar la vida o perderla por ti.  Con frecuencia tratamos de encontrarla y organizarla nosotros solos. Pretendemos darle sentido por medio de nuestras opciones y nuestras acciones, más o menos brillantes.

Pero, después de invitarnos a dejar todas las cosas para seguirte con  libertad y generosidad, tú nos indicas el horizonte de la entrega de la vida misma. Es evidente que te refieres a la necesidad de llevar nuestro testimonio hasta el final.  Solo en este caso encontraremos de verdad la vida.

Con razón escribía el mismo san Agustín que “en esta vida mortal, tan llena de errores y miserias nos es necesaria la fe, por la que se cree en Dios”.

No queremos ni debemos despreciar la vida. Pero tendremos que aprender a recibirla y apreciarla como un don. Y recordar que, por encima de todo lo que hemos conseguido a lo largo de nuestra vida, está la fidelidad que tú nos pides. Tú, que eres la Vida de  nuestra vida. Amén.

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