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Pepe Rodríguez: «Si no has experimentado la entrega a los demás no eres nadie»

Aunque tiene la agenda plagada de compromisos, Pepe Rodríguez «acude» puntual a su cita virtual con los alumnos de 6º de Primaria y Secundaria del colegio diocesano Karol Wojtyla de Seseña (Toledo). El laureado cocinero, jurado del programa de televisión Masterchef, se enfrenta hoy a un reto muy diferente: una entrevista telemática con cuatro centenares de alumnos como espectadores que ha transcrito para ECCLESIA la periodista y profesora de este centro, Teresa Ruíz Bernabé. «Este es mi compromiso más importante del día», asegura a los directores, equipo de capellanía y algunos profesores con los que se reúne en los instantes previos. Pepe se nos revela desde el inicio como una de esas personas generosas que disfruta compartiendo su tiempo con los demás.
Los directores titular y general del centro, Francisco Peña y José Pedro Fuster, se encargan de darle la bienvenida. «Esta es tu casa, esperamos que te sientas acogido», le dice el primero; «Queremos que enseñes a nuestros alumnos que es posible compatibilizar una vida profesional de éxito con una vida de fe», añade Fuster. En las aulas se palpa la expectación. Pepe, el dueño del restaurante de estrella Michelín el Bohío, es de sobra conocido por los chavales. Estos, mientras sus profesores se suman a la videollamada concentrados en la pantalla del ordenador, todavía no saben que van a recibir una lección más valiosa que la de matemáticas o inglés que se están perdiendo.

—¿Cómo era Pepe Rodríguez a la edad de los chavales que siguen la retransmisión de esta entrevista?
—Mucho más joven y menos sabio. Un niño como otro cualquiera, con un montón de amigos. Era buen estudiante y disfrutaba mucho de ir al colegio. Aunque también me alegraba cuando había vacaciones. Mi madre decía que tenía muy mal genio. A veces hacía las cosas que me mandaban y a veces no. Nada extraordinario. Uno más. Como sigo siendo ahora.

—De aquella época de juventud, ¿recuerda a algún profesor con especial cariño?
—A casi todos. En el colegio de las monjas me sentía muy querido por sor Ana María. En EGB, recuerdo a don Alberto. Aún me lo encuentro por las mañanas cuando voy a la iglesia. Y ahora que trabajo en televisión me viene a la cabeza aquello que nos decía: «Los niños veis demasiado la tele». ¡Y después de 40 años seguimos diciendo lo mismo! Don Alberto opinaba que había que quedarse con lo bueno que tiene este medio. Y eso, después de cuatro décadas, también sigue siendo válido.

—¿Masterchef forma parte de lo bueno de la televisión? ¿Es un programa adecuado para ver en familia?
—Yo creo que sí. Como casi siempre en la vida, con esto de la tele me dejé llevar. Soy una persona creyente y cuando rezo le digo a Dios: «Yo no sé el camino. Tú ya me dirás por dónde, y yo lo hago». Así fue como de casualidad aparecí en una cocina y en la televisión.
Hago el mejor programa que creo que se puede hacer en mi especialidad. A mí me gustaría ser más técnico, pero entonces no lo vería nadie. Mis jefas, que saben mucho de televisión, dicen que hay que hacerlo así. Es un programa de entretenimiento a través de la cocina. Y para entretener hay que ser muy plural. Quizá deberíamos aprender esto en todos nuestros oficios. Esta idea nos sirve también para los que tenemos un pensamiento religioso y a veces no sabemos cómo llegar a millones de personas. Hay que hacerlo de manera natural y sencilla.
En Masterchef, además, trasladamos un mensaje de esfuerzo, de valores, de pasión, de superación. En una cocina somos un equipo.

—Eres padre de tres jóvenes. ¿El secreto en una familia es también el trabajo en equipo?
—En mi familia hay dos equipos [risas]: mi mujer y yo, por un lado, y mis hijos, por el otro. Aún recuerdo cuando los llevaba de la mano al colegio, ¡qué momento más hermoso para un padre! Ahora, en cambio, me piden que los deje a 500 metros de la puerta. ¡Hay un momento en el que los chavales quieren volar! Pero, por supuesto, sí, intentamos ser un equipo.

—Cuando tenías la edad de tus hijos dejaste los estudios. ¿Qué fue lo que sucedió?
—Abandoné octavo curso para ir al instituto y perdí el gusto por estudiar. Nunca había suspendido nada, y de repente me quedaron cinco asignaturas. Es una edad muy complicada y yo no me supe reenganchar. Me dio mucha pena, no sabía cómo decírselo a mi madre.

—Entonces tus padres te pusieron a trabajar de camarero en el bar de la familia. ¿Pensaste entonces que te estaban cortando las alas?
—No, trabajar en el negocio familiar era la salida fácil y natural. Yo siempre había hecho los deberes en la barra del bar. Mis padres no nos podían atender como mi mujer y yo atendemos hoy a nuestros hijos, que afortunadamente son más brillantes que yo y tienen más o menos claro lo que quieren hacer en el futuro. Yo no tenía ni idea.
Pero bueno, por no estudiar me metí dentro de una cocina y fijaos dónde he llegado. En esto veo que sí que se cumple que los caminos del Señor son los que son. Muchas veces intentamos buscarnos nosotros unos diferentes y Él tiene preparados otros. Hay que dejarse llevar.

—¿Cuándo te diste cuenta de que esa salida natural se había convertido en tu gran pasión?
—Al tiempo. Mi hermano y yo entramos en el bar de camareros. Además, en aquella época no estaba bien visto dedicarse a la cocina siendo varón. Hasta los 22 fui camarero y, cuando entré en la cocina —por obligación—, lo descubrí. En seguida me empecé a beber todos los libros de cocina habidos y por haber. Me los estudiaba. Yo conocía la cocina primitiva que hacía con mi madre. Y de pronto me di cuenta de que quería aprender cosas nuevas. Empecé a irme todos los veranos a trabajar en otros restaurantes para seguir aprendiendo. Luego regresaba deseando poner en práctica todo lo que había aprendido.
Hay que enseñar a la juventud que llegar a ser profesional en cualquier área requiere un gran esfuerzo. Yo le daba todo mi tiempo a la cocina. También es importante buscar modelos. Los míos me inculcaron el valor del esfuerzo, el trabajo y las ganas de superación.

—Ahora que no nos escuchan, ¿quién cocina en tu casa?
—Cocino yo. Me encanta cocinar para mi mujer y mis hijos. Es lo que más me gusta: ese rato que tengo con ellos. Cocinar es un acto de generosidad. Es dar lo mejor que uno tiene para los demás. Y si lo haces para tu familia es lo más bonito del mundo. Me parece glorioso reunirnos en la mesa para cenar.

—En varias ocasiones a lo largo de esta entrevista ha hablado de su relación con Dios. ¿Acude a misa todos los domingos?
—Por supuesto. E intento, siempre que puedo, ir a diario. Y todas las mañanas cuando estoy en mi pueblo, en Illescas [Toledo], hago una visita al Señor. Mi madre era muy religiosa y, de pequeño, me obligaba a ir a misa. ¡Qué importante es que te obliguen a veces! Los padres te obligan siempre por un buen motivo, como cuando te obligan a ir al médico o a estudiar. Luego, es Dios el que decide y te dice: «Me quedo contigo», y es entonces cuando eres consciente, dejas de ir por obligación y piensas: «Qué suerte tengo de sentirme tan querido».

—Nuestros alumnos están en esa edad en la que a veces cuesta decir en público que eres cristiano. ¿Te ha pasado esto a ti alguna vez? ¿Cómo lo resolviste?
—Sí, sí. Cómo no. Cuando era joven yo también me escondía, me callaba o miraba para otro lado. Lo haces para ser uno más del grupo. Un joven debe ir poco a poco entendiendo ese trasfondo que siente y que le dice que lo que está alrededor no es lo correcto.
En cualquier caso, creo que no hay que buscar el choque frontal con nadie. Siempre es mejor intentar integrarte y ver que hay diferentes maneras de pensar en un grupo. En televisión el rechazo a la religión es todavía mayor. Pero yo no busco el choque frontal con nadie. Yo prefiero dejar caer mi mensaje poco a poco. Hay muchas maneras de llegar a la gente, de decirle: «Yo soy así y si tú quieres, puedes ser así y mostrarlo». Soy el hombre más feliz del mundo siempre y cuando tengo a Jesucristo presente. Eso lo tengo clarísimo. Y para evangelizar, insisto, hay que ir poco a poco. Cuando te ven actuar, cómo hablas, lo que dices… eso sí cala en las personas. Entonces saben que hay algo ahí. Después comienzan a preguntarte: «¡Anda!, ¿pero tú vas a misa? ¡Anda! ¿pero tú crees en Dios?». Y cuando ven que tú estás ahí, con pies de plomo, con tus defectos y tus virtudes, estás evangelizando.

—Cuando tenías 22 años, te involucraste mucho en la ayuda a jóvenes con problemas de adicción a las drogas y al alcohol. ¿Podrías compartir con nuestros alumnos esta experiencia?
—Fue una época muy bonita. Había un profesor en Illescas que, cuando yo estaba tomando algo con mis amigos en el pub a los 20 años, venía a ese mismo lugar a tomar algo y charlar con los chavales más denostados y marginados del pueblo. Con aquellos con los que nadie se juntaba. A mí me parecía algo heroico, un auténtico ejemplo. ¡Qué importante es tener modelos! Un día le pregunté si podía ayudarlo y poco a poco me fui involucrando. No solo había que echar una mano a aquellos chavales, también a sus familias. Hicimos una asociación llevados por esta inquietud de ayudar al prójimo. ¡Eso es algo que hay que experimentar! ¡No hay cosa más bonita que dar a los demás! Puedes tenerlo todo en la vida, pero si no has experimentado la entrega a los demás no eres nadie. Este mensaje se les tiene que quedar grabado a todos los jóvenes. Que lo intenten un día y luego me cuenten.

—Chef, danos por favor una receta para que los jóvenes de hoy en día puedan sobrellevar las limitaciones que conlleva esta pandemia del coronavirus…
—Yo no tengo la fórmula. Me cuesta transmitírselo incluso a mis hijos. Cuando en marzo nos confinaron y nos tuvimos que quedar en casa… los veía asustados. Era algo nuevo. Yo con su edad salía con mis amigos. A ellos les están recortando la libertad por el bien de todos. Están viviendo momentos excepcionales.
Cuando pienso en la historia de mis abuelos, que vivieron momentos durísimos, pienso: «Si ellos salieron adelante, ¿no vamos a hacerlo nosotros?». Otros lo pasaron muy mal para que hoy nosotros estemos aquí. Así que nosotros tenemos que ser responsables. Ese es el ingrediente principal de la receta: la responsabilidad.
Los alumnos le preguntan

—¿Cuál ha sido el momento más importante de su carrera?
—El día que me puse a trabajar por primera vez, porque aquel día di un paso. Podría haber dicho que no. Después de aquello me han cuidado mucho, nunca me han dejado solo.

—¿Cómo se ve en el futuro? ¿Quiere seguir en Masterchef mucho tiempo?
—No me lo planteo. Estoy contento y feliz, disfruto mucho de la cocina y de la tele. No sé qué pasará mañana.

—¿Cómo le ha cambiado la vida desde que es famoso?
—Yo no me siento así. ¿Me ha cambiado la vida? Seguro que sí. Ahora me relaciono con gente con la que no me relacionaba antes, pero me sigo juntando con mis amigos de toda la vida. Pierdo unas cosas y gano otras. Como cada persona cuando tiene un trabajo. Yo soy el mismo. ¿Que me hago 500.000 fotos que antes no me hacía? Sí, pero es algo que he terminado normalizando.

—¿Hay alguna comida que no le guste?
—Como de todo, no tengo ningún problema. Si alguien es profesional de la cocina no entiendo que pueda tener manías. ¡Pero en el programa he probado cosas horrorosas!

—Cuando se ha visto en una situación difícil, ¿ha acudido a Dios? ¿Qué le diría a un joven que se sienta perdido?
—Yo siempre he acudido al mismo sitio. La Virgen de la Caridad de Illescas siempre me ha ayudado. A veces me da miedo ir a pedirle cosas porque todo me lo multiplica. No hay otro sitio donde se pueda ir a pedir. No hay otra ventanilla, otra oficina… Recomiendo a todos los jóvenes que lo experimenten al menos una vez. Ya me contaréis…

Después de este broche tan hermoso que Pepe pone a su charla con los alumnos, se nos ocurre una última idea: rezar todos juntos un Avemaría. Está claro que las entrevistas no suelen terminar de este modo. Pero no podemos imaginarnos otro mejor.



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