Carta del Obispo Iglesia en España

Pentecostés y realidades eclesiales, por Julián López, Obispo de León

Pentecostés y realidades eclesiales, por Julián López, Obispo de León

Queridos diocesanos:

El día 20 de mayo, domingo de Pentecostés, culmina el tiempo de Pascua, la cincuentena de días, festiva y gozosa, en la que la Iglesia revive la presencia de Jesucristo resucitado que le comunica sin cesar el Espíritu Santo para que cumpla la misión confiada antes de subir a los cielos. Pentecostés no es un episodio perteneciente al pasado que se recuerda con más o menos nostalgia. La venida del Espíritu Santo pertenece al presente de la vida y de la misión de la Iglesia en este mundo. No tenemos que esperar de un año para otro para invocar esa fuerza que renueva todas las cosas y mueve a los discípulos de Jesús para que pongan en práctica todo lo que Él nos ha encargado.

Como nuestra capacidad contemplativa y activa es limitada y no puede abarcar de un solo golpe toda la riqueza del misterio cristiano necesitamos, valga la expresión, distribuirlo a lo largo del año litúrgico. Este no es sino el marco de referencia del misterio de Cristo para nuestra espiritualidad, nuestro apostolado y, en definitiva, nuestra misión. Ahora llega Pentecostés, cumbre de la Pascua, como una llamada renovada a salir de nosotros mismos al encuentro de los hombres nuestros hermanos para llevarles siempre la gracia del Resucitado y el fuego del Espíritu. Por eso Pentecostés convoca especialmente a los movimientos eclesiales, pero también a todas las comunidades cristianas para que, reunidos espiritualmente en torno a Jesucristo, proclamen la alegría de creer en Él y renueven el compromiso de ser sus discípulos fieles en todo momento y circunstancia.

Pentecostés nos invita a valorar, sin excepción, todas las numerosas realidades eclesiales que ponen de manifiesto la acción viva del Espíritu Santo en el pueblo de Dios. Este hecho está presente durante todo el año en la convocatoria del “día del Señor” y en las numerosas “jornadas eclesiales”, cada una con su llamada e invitación a la acción y al apostolado. Pero Pentecostés es como el ejemplo emblemático de todo lo que significa y supone la misión permanente de la Iglesia y de los cristianos. El Espíritu santificador se sirve de todos los fieles y no solo de los ministros de la Iglesia para despertar la fe en el corazón de los creyentes y hacer que descubran la vocación que han recibido con el bautismo, ayudándoles a ser testigos de esperanza, llenos del fuego del amor divino que es precisamente el Espíritu Santo, el don de Dios por excelencia (cf. Jn 4,10; 14,16; etc.).

Como sabéis, el Espíritu Santo es llamado Creador y Santificador, es decir, alimentador de nuestra fe, caridad y esperanza, de nuestra misión y apostolado. Incluso nos ayuda a vivir en este mundo sin abusar de él y cuidando la naturaleza, obra suya también. En este sentido, cuando ha crecido la sensibilidad social respecto de la conservación y cuidado del medio ambiente, los cristianos debemos ser muy conscientes de que la creación es un don que nos ha sido encomendado, no para destruirlo, sino para convertirlo en un vergel para toda la humanidad. Por eso, frente a las múltiples formas de abuso de la naturaleza que constatamos cada día, deberíamos escuchar, como decía san Pablo, el gemido de la creación, porque “sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto” (Rm 8, 22). Nuestra actividad como discípulos de Cristo debe llegar también hacia el mundo que habitamos. Pentecostés nos ayuda a ser esos hijos de Dios que la humanidad y la misma creación esperan, y podemos serlo porque el Señor nos ha hecho tales en los sacramentos de la Iniciación cristiana.

 

+Julián, Obispo de León

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