Cartas de los obispos Última hora

Pentecostés: la cosecha del Espíritu, por César Franco

La fiesta de Pentecostés era la segunda fiesta de peregrinación del pueblo judío. Se la denominaba «la fiesta de las semanas», porque se celebraba siete semanas después de la Pascua. Se llevaba como ofrenda dos panes fermentados y ramos de espigas, frutos de la cosecha, en recuerdo de sus orígenes como fiesta de la siega.

La venida del Espíritu tiene mucho de Pascua y de cosecha. De Pascua, porque el Espíritu nos viene de Cristo muerto y resucitado. Cuando Jesús muere, Marcos dice escuetamente que «expiró»; Juan matiza: «entregó el espíritu». El agua que brota del costado abierto de Cristo es el símbolo del Espíritu, el agua viva que promete a la samaritana, y que podrán beber todos los que tengan sed y deseen creer en él. Cuando Jesús resucitado se aparece a los apóstoles —como dice hoy el evangelio— les muestra las llagas de su pasión y les otorga la paz. Después realiza un gesto que recuerda lo que hizo Dios en la creación: sopló sobre ellos —Dios sopló sobre el barro de Adán— y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Sin el perdón de los pecados es imposible la paz. Por eso, Jesús, inicia la nueva creación con su muerte y resurrección y con el don del Espíritu Santo. Esta es la cosecha de la Pascua, la gracia del perdón.

Esta acción de Jesús en el cenáculo con los apóstoles se hace visible a todos los pueblos en Pentecostés. La presencia del Espíritu se manifiesta con fuerza en el viento impetuoso que llena la casa donde estaban y en las llamaradas de fuego que se repartían, en forma de lenguas, sobre sus cabezas. El viento y el fuego son figura del Espíritu. Viento y espíritu se dicen con la misma palabra hebrea. En cuanto al fuego, baste recordar lo que dice Juan Bautista de Jesús: «Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11). Esto sucede en Pentecostés. Jesús consuma su tarea bautizando, desde el Padre, a quienes son llamados a expandir su fuego por toda la tierra para que arda en el amor de Dios; los llamados a comunicar en todas las lenguas el Evangelio de la gracia; los enviados a transmitir, gracias al Soplo de Cristo, el perdón que reconcilia y une a todos los hombres en una humanidad recreada. Pentecostés, como bien se ha dicho, es el acontecimiento definitivo de la gracia. Si en la cruz Jesús entrega su espíritu, y en la Pascua insufla aliento de vida en los apóstoles, en Pentecostés congrega a todas las naciones para que participen en los frutos de su entrega al Padre y a los hombres.

Es hermoso imaginar que todos los pueblos conocidos entonces se dan cita en Jerusalén, lugar de la universalidad, donde nace la «Católica», la que no deja a nadie fuera de su salvación. En Pentecostés el pueblo judío venía a Jerusalén peregrinando. Ahora vienen todos los pueblos que representan el mundo conocido, escuchan todos las maravillas de Dios en su propia lengua, y se convierten en una humanidad unida sin perder sus diferencias. Pentecostés es el contra-Babel. Lo opuesto a la confusión y disgregación que produce el pecado del hombre. Es la unidad consumada por el Espíritu que hace de quienes lo reciben o beben de él, como agua viva, un solo cuerpo de Cristo donde no existen divisiones.  Por eso los pecados contra la unidad de la Iglesia, las divisiones y cismas, son pecados contra el Espíritu de la unidad que nos permite aportar cada uno nuestro propio don o carisma al conjunto del Cuerpo de Cristo. Dicho de otra manera: El Espíritu es el amor de Dios derramado en nuestros corazones para que la Iglesia sea como un sacramento de unidad entre Dios y los hombres.

+ César Franco
Obispo de Segovia

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