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Peligrosos discursos de odio

Ha pasado una semana, y sigue sobrecogiendo lo sucedido en Ceuta. Siguen sobrecogiendo, también las implicaciones ideológicas que subyacen no ya a una crisis de flujos migratorios, sino a un choque de ideologías sin precedentes. Ha imperado el discurso del miedo, del odio al diferente, con cierta base de mentiras, ‘fake news’ manidas y exceso de discurso populista. Y ciertamente es peligroso. Y preocupante.

No me olvido tampoco del origen de todo esto. Porque bien es cierto que se debe denunciar públicamente la utilización de personas como proyectiles humanos, con engaños y mentiras, para que se lanzaran a provocar una venganza sobre España, mientras el gobierno del país vecino se lava las manos y manda a la muerte o al destierro a sus propios compatriotas, muertos de hambre, en busca de trabajo y oportunidades que lamentablemente no van a encontrar.

Pero más allá de las implicaciones sociopolíticas que tienen y tendrán estos hechos, me dan bastante pavor los comportamientos y pronunciamientos que se han realizado al hilo de qué hacer con los migrantes que cruzaron la frontera. Niños y adolescentes, en su mayoría. Pretender dejarlos en el limbo de las calles de Ceuta, bramar para que las comunidades no les acojan, cerrar los ojos a una situación tan delicada, no parece ni humano, ni mucho menos cristiano. Porque la cristiandad no se basa en estos principios: es abrazar al que lo necesita, sea cual sea su situación y procedencia. Pretender marcar a centenares de migrantes como delincuentes en potencia ni es justo, ni es cristiano. Porque ser cristiano implica que si ves a alguien con necesidad, tu conciencia debe saltar como un resorte. Porque ser cristiano implica la acogida no del enemigo, sino del hermano. Esa es la verdadera fraternidad.

Y si has llegado a este punto del relato, y empiezas a soliviantarte por mis palabras, haz una cosa, por favor: mira a los ojos a un niño de seis años, recién llegado a nado, y dile que se busque la vida, que aquí no hay sitio para él. ¿De verdad podrías?

Frente a esto, se construye una realidad paranoica y conspiracionista, que lleva a insinuar que la Guardia Civil pone muñecos de plástico en el mar para sacarse una foto como si fueran héroes al salvarlos de una muerte segura. O que todo es una maniobra marroquí para lograr la pretensión histórica de recuperar Al-Ándalus. Y se recupera en los discursos un lenguaje guerracivilista que en nada contribuye a una paz social tan necesaria como imprescindible.

Sin embargo, compartir estos días estas ideas (que, por otro lado, me parecen casi como el ABC de la fe católica) conlleva un juicio solemnísimo a quienes los pronuncian. Los pronunciamos. Juicio populista, que se agarra al “pues acógelos tú en tu casa si te dan tanta pena”, que no hace sino dañar aún más la humanidad, perdiendo por completo el sentido de ésta. Y, bajo esta premisa de crítica sin fin, de construir odio a través de las palabras, se contextualiza el hecho de que cierto sector pusiera el grito en el cielo con la fotografía de la voluntaria de Cruz Roja, machacada en redes sociales por el simple hecho de abrazar a un chico derrumbado al ver cómo intentaban reanimar a su amigo inerte. ¿De verdad que hay que justificar un abrazo a estas alturas del cuento? ¿De verdad es necesario criticar algo tan humano, tan necesario, tan sanador, como un abrazo? Ya lo de los tuits perversos en los que se insinúa el aprovechamiento carnal del joven, mejor ni lo mentamos. Por pura vergüenza ajena.

Ha pasado una semana, pero este tipo de discursos y soflamas empiezan a ser una constante demasiado peligrosa. Pero para nada es el discurso “oficial” de quienes somos cristianos. Es necesario recalcarlo una y mil veces. Algunos somos más de tender puentes, en vez de construir muros con concertinas. Que nadie lo olvide.



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