El Papa en África Firmas Internacional Papa Francisco

Pedro Opeka, «el albañil de Dios»

El domingo 7 de septiembre, en su último día en Madagascar, el Papa Francisco visitó Akamasoa, “los buenos amigos” en lengua malchache. Se trata de cerca de una veintena de poblados del extrarradio de Antananarivo, próximos al basurero de la ciudad, levantados por obra y gracia de un gigante de la misión: el sacerdote paúl Pedro Opeka. Francisco pidió a los 8.000 jóvenes congregados en el auditorio Manantenasoa, uno de esos poblados, que “no bajen nunca los brazos ante los efectos nefastos de la pobreza, ni jamás sucumban a las tentaciones del camino fácil”. Luego acudió a la cercana cantera de Mahatazana, de la que viven 700 de esas familias, y pronunció una sentida y emocionada oración por los trabajadores de Akamasoa y de todo el país.

Los hombres y mujeres de esta ciudad de la amistad y del amor nunca lo han tenido fácil. Quien esto firma tuvo ocasión de comprobarlo in situ en 2004, en un viaje patrocinado por Manos Unidas. Akamasoa surgió en torno al enorme vertedero de la ciudad, el mismo en el que en los años setenta al padre Opeka se le cayó el alma a los pies al ver a cientos de personas —niños incluidos— buscar, junto a los perros, restos de comida o algo que poder vender para obtener un dinero con el que sobrevivir. Tras ese shock inicial, el misionero reaccionó. Se puso manos a la obra y removió Roma con Santiago para acabar con esa indignidad, con esa inhumanidad, con ese pecado. Buscó fondos, recabó ayudas, contrató médicos y profesores, recibió voluntarios… En 2004, hace ya quince años, en los diecisiete poblados de Akamasoa vivían 17.000 personas. Y gracias a Opeka habían sido construidas allí más de 3.200 viviendas dignas para otras tantas familias pobres; tres escuelas primarias y un liceo en los que estudiaban 7.500 niños sin recursos; una pequeña clínica; y un hermoso estadio de fútbol y atletismo (el tercero mayor de la ciudad) en el que los chavales podían practicar un deporte que los alejara de las drogas… Hoy estas cifras se quedan cortas. Y Vivianne y Tucsu, las dos primeras niñas a las que Opeka rescató de una muerte segura de aquel basurero, son mujeres hechas y derechas que trabajan como profesoras y colaboran en la gestión de la Fundación Akamasoa.

El “culpable” de todo este milagro es un sacerdote de bandera. Argentino como el Papa, Opeka tiene hoy 71 años. Su porte —blanca ya la barba—sigue recordando al de san Pedro, con quien comparte no solo nombre, sino tenacidad, firmeza y ardor evangelizador. Nacido en San Martín, al norte del Gran Buenos Aires, en el seno de una familia de inmigrantes eslovenos, Opeka es uno de esos santos vivientes que no entienden la vida sino como entrega hacia los más necesitados. “¡Estamos para vivir de pie! ¡Estamos para luchar! ¡Estamos para amar al hermano, a los pobres, a los que están olvidados del progreso! Para eso estamos en esta tierra, en esta vida, una sola vez. No perdamos esta oportunidad que Dios nos dio para hacer bien al hermano. Hermano, hermana, jóvenes, ¡arriba! Jesús está con nosotros”.

Estas palabras fueron pronunciadas el pasado mes de julio en su Argentina natal, donde Opeka protagonizó un segundo milagro —el primero, lógicamente, es la conversión de ese infierno que era el vertedero en el “oasis de esperanza” que es hoy—: conseguir ser profeta en su tierra. En julio, en efecto, el misionero viajó a su patria para, entre otras cosas, presentar allí su nuevo libro: Rebelarse por amor. Fueron días intensos en los que el presidente Macri y buena parte del Gobierno lo recibieron en la Casa Rosada; las autoridades de Santa Fe le nombraron “Ciudadano Ilustre”; el vicecanciller Raimondi le entregó una placa en reconocimiento a su labor humanitaria; la Universidad del CEMA (Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina) lo invistió doctor honoris causa; la Universidad Católica también lo distinguió; la municipalidad de Montevideo lo proclamó “Visitante Ilustre”…

Opeka recibió complacido todos esos premios y reconocimientos, pero lo hizo —bien se encargó de subrayarlo una y otra vez— en nombre de los pobres de Akamasoa, “para honrar a todos esos excluidos que un día supieron ponerse de pie por medio del trabajo, la educación, el respeto mutuo y, así, recuperar nuevamente su dignidad”. A los pobres, —dijo— “se los recibe, se los respeta, se los escucha, con paciencia y con tiempo”. Y recordó cómo, el día de su ordenación sacerdotal el 28 de septiembre de 1975 en la basílica de Luján, pidió al Señor que nunca le dejara “traicionar la causa de los pobres”.

En estos casi cincuenta años de vida misionera en Madagascar, Opeka ha luchado hasta lo indecible por ellos. Ha compartido malarias y enfermedades —“me sorprende haber podido sobrevivir en un ambiente tan hostil desde el punto de vista de la salud”, indicó—, ha compartido alegrías y tristezas, y ha aprendido —y enseñado— que la violencia no es nunca solución a ningún problema y que todo se puede resolver por medios pacíficos. “Mi arma es mi voz”, dice.

A este, como buen argentino, apasionado del fútbol, la prensa, tan amiga de los sobrenombres, lo ha apodado “el albañil de Dios”. Ello se debe a que comenzó a levantar las casas para los pobres tirando él mismo de pico y pala. Cada vez que tiene ocasión, todavía agacha el espinazo para enseñar cómo hacer hormigón. Desde hace varios años, su nombre figura siempre entre los candidatos al Nobel, galardón que —dice— ya recibe todos los años de su pueblo malgache y para el que ha sido presentado desde Francia, Mónaco, Eslovenia y Argentina. El primero de estos países ya reconoció su labor humanitaria en 2008 en su antigua colonia otorgándole la Legión de Honor.

En sus viajes al extranjero para recabar fondos, Opeka dice que él no mendiga, que solo trabaja por la justicia. La labor asistencial —explica— es necesaria, pero los planes sociales se deben dar solo en los casos límites. “Yo le digo a mi gente de Madagascar: ¡No quiero asistirlos! Porque asistir a una persona que puede trabajar es hacerla dependiente, y esa persona nunca va a ser una persona en serio”.

Actualmente, el 60% de los residentes de Akamasoa tienen menos de 15 años. Unos 9.500 niños y niñas estudian en los colegios allí construidos. Gracias a Opeka, todos esos chavales tienen hoy el futuro en sus manos. A este hombre de Dios y su gran obra es a quien fue a visitar, en la última jornada de su estancia en Madagascar, el Papa Francisco, paisano y amigo, además de profesor suyo que fue en el seminario de San Miguel.

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