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Pedro José Huerta, secretario general de Escuelas Católicas
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Pedro Huerta: «Nos hemos preparado para el inicio de curso. No estamos improvisando nada»

Durante los últimos quince años, Pedro José Huerta, de la Orden de la Santísima Trinidad y los Cautivos, ha sido profesor de Religión en los centros trinitarios de Andalucía. Antes de ello, ya trabajaba en pastoral escolar y es gran conocedor del mundo educativo por su dilatada experiencia. Hoy nos recibe en su recién estrenado despacho de secretario general de Escuelas Católica. Aún casi «sin deshacer las maletas» ha tomado el testigo de su predecesor, José María Alvira, al que ha agradecido la labor realizada durante los últimos ocho años, especialmente por su entrega, capacidad de trabajo en equipo y su dedicación en favor de la escuela católica. Ante este nuevo reto, Huerta se siente «ilusionado, optimista y convencido de que este nuevo curso que se presenta atípico puede ser una oportunidad para demostrar la creatividad y capacidad de adaptación de la escuela católica».

—Su llegada se ha producido en el septiembre con más incertidumbre que se recuerda.
—Efectivamente, el curso se presenta con esa idea de incertidumbre Realmente no es solo el inicio del curso, sino que de algún modo intuimos que va a ser un curso diferente, raro. De algún modo, esto también es un reto para todos y considero que estamos preparados para afrontarlo. La experiencia13 que hemos adquirido durante el confinamiento nos ha ayudado para hacer frente a esta situación. No estamos improvisando.

—Y en este momento tan complejo a nivel educativo y social, ¿cómo se presenta este curso?
—Con actitud positiva en primer lugar. Una positividad sana, no tóxica. Estamos hablando de que Escuelas Católicas aglutina casi dos mil centros que se han venido preparando durante todo este tiempo. Como os comentaba, no estamos improvisando nada. Es cierto que eso no nos saca de la incertidumbre, no nos asegura que no vaya a ocurrir nada, porque estamos hablando de una situación que se escapa a nuestros elementos de control. Que haya un contagio o que haya que cerrar un aula o un colegio va a ser «parte de la normalidad». La cuestión es que nosotros pongamos los medios para que los centros sean seguros y ahora mismo podemos garantizar que lo son. Nuestros centros además de cumplir los protocolos de la administración, han elaborado sus propias medidas de cuidados de alumnos y profesores y de todos los que forman parte de la comunidad educativa. Eso nos aporta una positividad que creo que es importante porque consideramos que la educación presencial es indispensable para todos, la sociedad, los alumnos, las familias, la conciliación… Hemos hecho un gran esfuerzo por garantizar que en caso de que hubiera que cerrar un aula o centro, la enseñanza online sea una herramienta completa para el desarrollo escolar. Todos tenemos que reconocer que en marzo esta situación nos pilló por sorpresa y con falta de formación, algo que ya se ha revertido.

—No hace falta que se ponga «en la piel» de los profesores porque tiene una larga trayectoria de trabajo en centros trinitarios. ¿Esa experiencia como docente, también ayuda ahora en el cargo?
—Sí, yo creo que todo ayuda. Evidentemente no ayudaría igual si yo hubiera estado los últimos 15 años sin dar clase. He estado «en la brecha» hasta hoy mismo, y he sufrido esta situación con varias clases de Secundaria. Sé lo que ha sido porque he vivido esa mezcla de falta de certezas. Pero ahora estamos todos esperanzados. Yo he notado que los profesores quieren empezar ya, porque la sensación que hubo en el último trimestre del curso pasado de no poder terminar el currículo, de no poder terminar «normal» ha creado en los docentes una necesidad de recuperar los espacios naturales de la enseñanza. Esa relación maestro-alumno que necesitamos recuperar aunque sea detrás de una mascarilla.

—¿Aceptamos que este curso es probable que también haya que reducir contenidos académicos para salvar el curso?
—Los protocolos de actuación de las administraciones son claros a la hora de «cerrar» un aula o un centro con determinados positivos. A nosotros nos corresponde cumplirlos y acompañar a los centros para resolver sus dudas a la hora de gestionar estos casos. Nosotros nos hemos asegurado de que los centros estén lo suficientemente preparados e informados para cumplir los criterios que se nos exigen. Todo esto afectará sin duda al currículo, aunque la ministra Isabel Celaá ha asegurado «que se va a cumplir en su integridad». Yo considero que todo dependerá de cómo se funcione y de que no haya, por ejemplo, un confinamiento general de la población. No cabe duda de que si eso sucede, los profesores una vez más «van a tener que hacer encaje de bolillos» y adaptar el contenido a las necesidades del centro y de su clase o grupo burbuja. No obstante, tampoco podemos dar una solución única a este respecto, ya que dependiendo de la comunidad autónoma correspondiente, las normas son distintas. Al final del curso pasado, se dijo por parte de la administración que este primer trimestre sería para afianzar el que «habíamos perdido». De esta forma es difícil avanzar. Los docentes van a tener que ser ágiles y creativos. Me gustaría destacar que Escuelas Católicas lo son. Tenemos unos docentes muy bien preparados que llevan años formándose en innovación digital y eso realmente es ahora donde se está viendo. Nuestra apuesta en innovación y formación se está viendo ahora a raíz de la respuesta de los profesores que tienen una metodología que ayuda a no dejar desamparados de contenidos a los alumnos.

—¿Y cómo solucionar el problema que ha dejado al descubierto la pandemia relacionado con la brecha digital?
—Hay que tener en cuenta que la brecha digital no consiste solo en los recursos materiales como los ordenadores, tablets o soportes digitales. Lo que hay que solucionar es la formación para abordar la preparación digital de alumnos y también de muchos padres que tuvieron que afrontar la educación a distancia. Un 7,1% de la población de nuestros centros son familias en paro. Nosotros hemos trabajado para que este segmento más vulnerable de la población pueda estar acompañado. Me consta porque lo he vivido, porque he estado allí en primera persona. Los centros han prestado recursos a las familias durante el confinamiento creando bolsas de ayuda para no dejar a ningún alumno atrás. Esas familias más vulnerables que no tenían acceso ni siquiera a Internet pudieron tenerlo. Los centros católicos han sido ejemplares en ese sentido aunque sea algo que seguro no se nos va a reconocer. Lo importante es que nosotros sabemos que este trabajo está ahí, es una realidad de la que nosotros «no hacemos gala» pero que se trabaja por nuestra propia identidad.

—¿Los centros tuvieron que ayudar porque la administración llegó tarde?
—Todos llegamos tarde porque fue una situación que nos pilló de un día para otro. Lo que sí reclama tanto la comunidad educativa como las familias es que mejore la comunicación y el liderazgo del Ministerio. En este momento vamos a vivir «diecisiete vueltas al cole» y eso es una locura. Las entradas escalonadas en las comunidades van a afectar a nuestro sistema administrativo y a la educación en general en nuestro país. Por eso, frente a este sistema autonómico tiene que existir una coordinación y diálogo que ahora mismo echamos en falta y que durante estos meses ha sido tan notorio. El mismo hecho de que la reunión intersectorial fuese tan tarde, el 27 de agosto, realza aún más la disparidad de criterios y la falta de acuerdos que genera tanta incertidumbre en centros, familias, alumnos y profesores que hace todavía más compleja la vuelta al cole.

—Hablando del Ministerio… ¿le ha felicitado la ministra por su nombramiento?
—Así es. Isabel Celaá ha enviado un mensaje de felicitación, que no es importante para mí personalmente, sino para la institución. Esa felicitación muestra que el Ministerio nos tiene en cuenta. Eso es algo muy importante para la enseñanza católica y concertada en España porque implica esos buenos deseos en cuanto al trabajo conjunto.

—¿Esa es la línea que se espera?
—Una línea de continuidad en el consenso y diálogo pero manteniendo nuestra posición y línea argumental. Que ahora esté yo no cambia nuestra posición respecto al pacto social y político por la educación. Seguimos pidiendo el respeto de la libertad de los padres para elegir la educación de sus hijos, la elección de la educación católica y concertada. Como veis, nuestras posiciones siguen siendo las mismas pero me consta, y así me lo transmitió en su mensaje, que el propósito es la cordialidad y la buena disposición.

—¿Y cómo valora la nueva Ley de educación y a su tramitación?
—La valoro con preocupación. Hemos asistido con bastante perplejidad el aprovechar el estado de alarma para tramitar una ley si diálogo, sin debate y sin consenso. Y es algo que sigue adelante porque esta semana se presentan las enmiendas en un momento tan delicado como es este inicio de curso tan especial y diferente. Se espera que continúe la tramitación con las enmiendas, pero no es el mejor momento. Necesitamos una nueva ley educativa; no esta, sino una debatida y consensuada entre todos para que dure más de cuatro años. Cada vez más sectores de la sociedad se sienten huérfanos del pacto por la educación, que necesitamos desde hace tiempo y seguiremos reclamando, como ya veníamos haciendo.

—Dejando el COVID aparte, ¿en qué se ha avanzado en los últimos años en Escuelas Católicas y cuáles son los retos que quedan?
—Los avances no están cerrados y por ello siguen siendo retos. Por ejemplo, hemos puesto encima de la mesa el debate social sobre el consenso para la ley educativa: ahora, el reto es conseguirlo. Otro muy importante es la modernización de la educación, donde se ha avanzado en la innovación metodológica y pedagógica. Cada vez más docentes hacen nuestro curso de Profesores por la innovación, lo que se ha notado en cómo afrontan la educación saliendo de su zona de comfort. En el apartado pastoral, ahora hablamos de evangelización, planteando nuevos retos. Y también hemos avanzado en transparencia, en un momento en que a la escuela católica se le acusa de segregacionismo, cobro de cuotas… cosas que no son ciertas.

—¿Por qué considera importante la transparencia?
—La transparencia informativa es obligada por ley, pero sobre todo es un deber hacia las familias y los centros. Muy relacionado con esto, en la Iglesia católica no siempre se nos ha dado muy bien comunicar. Para muchos, con enseñar era suficiente y no había necesidad de mostrar lo que se hace, pero al final esa humildad se ha vuelto contra nosotros. Una de las iniciativas que llevamos a cabo es ayudar a los centros a comunicar.

—En los últimos meses, los titulares denuncian «la discriminación» de la educación concertada. Si se conociera ese trabajo, ¿quizás habría más reparos en las críticas?
—Por lo menos habría información y se podría decidir qué versión creer. Hay que saber comunicar y expresar, desde temas tan sencillos como las jornadas de puertas abiertas, que ya no son solo para ver si los padres quieren llevar a sus hijos al colegio, sino para abrirse al barrio o a la parroquia. Estar en esos espacios de evangelización externa nos ayudaría a evitar tener que defendernos de muchas noticias.

—Dentro de ese interrogante hacia la concertada, también se cuestiona la clase de Religión, que está presente también en la escuela pública. ¿Cómo valora esta asignatura?
—Somos parte de la Iglesia y la Religión es una asignatura indispensable que se ha modernizado. Muchos de los que opinan y legislan seguramente tengan en mente cómo era antes. Pedimos que se respete la libertad de elección de los padres, que eligen un colegio por unos valores, dentro de los cuales la clase de Religión tiene un valor integrador y holístico muy importante. Yo mismo he sido profesor de religión en Secundaria los últimos catorce años, y quise serlo porque me parecía importante la renovación de esta asignatura, en la que hemos avanzado pero aún queda. Por ejemplo, en la formación o selección del profesorado. Ante las acusaciones de que es una catequesis, soy testigo en primera línea de que no es así y pueden preguntar a mis alumnos. También a las familias, un 67% de ellas eligen Religión. No es obligatoria en los centros públicos, y puede convivir perfectamente con otras opciones: elegir es sano y democrático. En cuanto a los centros católicos, a veces se les acusa de hacerla obligatoria, pero tienen un ideario y un proyecto educativo conocido por los padres, no ofrecerla sería un absurdo.

Entrevista por Sara de la Torre y Asier Solana



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