Editoriales Ecclesia

Pedir perdón siempre es bueno, siempre engrandece y dignifica a todos – editorial Ecclesia

Pedir perdón siempre es bueno, siempre engrandece y dignifica a todos – editorial Ecclesia

            En su último acto en Rumanía, en la tarde del domingo 2 de junio, el Papa se encontró con representantes de la comunidad gitana de este país. Fue un encuentro cordial, entrañable y que ha pasado ya a los anales del no escaso elenco de ocasiones, singularmente tras el Concilio Vaticano II, en el que un pastor supremo de la Iglesia pide perdón a un colectivo social. Ahora ha sido a los gitanos, por «las discriminaciones, segregaciones y maltratos» sufridos a lo largo de la historia, en los que los cristianos, incluidos los católicos, no hemos sido ajenos.

Esta petición de perdón de Francisco la avala indiscutiblemente la historia. Una historia a la que una petición de perdón de esta naturaleza no juzga, ni condena, pero que, al asumirla en y desde la realidad presente, sí purifica, ennoblece y reviste de verdadera identidad y savia cristiana.

Y si la afirmación anterior es indiscutible, también lo es el que la Iglesia lleva ya décadas de admirable y pionero servicio a la comunidad gitana. Un servicio que se fortalece con gestos como los de Francisco el pasado 2 de junio.

Esta petición de perdón se contextualiza, igualmente, en la tradición ya indicada del último medio siglo de la historia del pontificado romano. Pablo VI lo hizo con los hermanos cristianos no católicos y con otros colectivos. Juan Pablo II se prodigó en peticiones de perdón, como la de aquella memorable celebración penitencial de la jornada del perdón del 12 de marzo de 2000. En aquel primer domingo cuaresmal del Gran Jubileo del Año 2000, el santo papa polaco, en una impresionante ceremonia, consagró, y ya para siempre, el irrenunciable compromiso de toda la Iglesia en aras a reconocer los errores del pasado y en pro de emprender las vías de la purificación, la enmienda, la sanación y la reconciliación.

Incluso, tres años antes, cuando, el 4 de mayo de 1997 el Papa Wojtyla beatificó al mártir gitano español Ceferino Giménez Malla, ya hizo lo propio. O cuando, en encuentro posterior con gitanos e inmigrantes, afirmó que «los cristianos deben saber arrepentirse de las palabras y comportamientos» que, en razón «del orgullo, el odio o la voluntad de dominar a los demás», se tradujeron en «enemistad hacia los grupos sociales más débiles, como los inmigrantes y los gitanos».

Por su parte, el 11 de junio de 2011, Benedicto XVI reconoció que, «desgraciadamente, a lo largo de los siglos», los gitanos «han conocido el sabor amargo de la no acogida y, a veces, de la persecución». Tanto dolor, añadió, no lo puede olvidar la conciencia europea. Por ello, «nunca más» el pueblo gitano deberá «ser objeto de acoso, rechazo y desprecio».

Y ahora la petición de perdón de Francisco, insertada en esta hermosa y cristianísima tradición, conlleva una doble riqueza añadida. Se suma a las que ya realiza a colectivos vulnerados como, por ejemplo, mediante sus reiteradas y conmovedoras peticiones de perdón, a las víctimas de los abusos a menores; o a los indios de Chiapas, petición formulada en su viaje a México de febrero de 2016. Y ofrece, además, un extraordinario testimonio de puro evangelio, que debe interpelarnos a todos.

¿Cuál es este testimonio? Que pedir perdón no es una moda, ni algo cosmético, ni un mero quedar bien… Es algo consustancial a la condición cristiana. Pedir perdón engrandece a quien lo pide y a quien lo recibe y acoge. Pedir perdón siembra la reconciliación, fecunda la misión, visibiliza la opción de Jesucristo en favor de los débiles y de los humildes y ejercita en la humildad, virtud cristiana imprescindible.

En su último acto en Rumanía, en la tarde del domingo 2 de junio, el Papa se encontró con representantes de la comunidad gitana de este país. Fue un encuentro cordial, entrañable y que ha pasado ya a los anales del no escaso elenco de ocasiones, singularmente tras el Concilio Vaticano II, en el que un pastor supremo de la Iglesia pide perdón a un colectivo social. Ahora ha sido a los gitanos, por «las discriminaciones, segregaciones y maltratos» sufridos a lo largo de la historia, en los que los cristianos, incluidos los católicos, no hemos sido ajenos.

Esta petición de perdón de Francisco la avala indiscutiblemente la historia. Una historia a la que una petición de perdón de esta naturaleza no juzga, ni condena, pero que, al asumirla en y desde la realidad presente, sí purifica, ennoblece y reviste de verdadera identidad y savia cristiana.

Y si la afirmación anterior es indiscutible, también lo es el que la Iglesia lleva ya décadas de admirable y pionero servicio a la comunidad gitana. Un servicio que se fortalece con gestos como los de Francisco el pasado 2 de junio.

Esta petición de perdón se contextualiza, igualmente, en la tradición ya indicada del último medio siglo de la historia del pontificado romano. Pablo VI lo hizo con los hermanos cristianos no católicos y con otros colectivos. Juan Pablo II se prodigó en peticiones de perdón, como la de aquella memorable celebración penitencial de la jornada del perdón del 12 de marzo de 2000. En aquel primer domingo cuaresmal del Gran Jubileo del Año 2000, el santo Papa polaco, en una impresionante ceremonia, consagró, y ya para siempre, el irrenunciable compromiso de toda la Iglesia en aras a reconocer los errores del pasado y en pro de emprender las vías de la purificación, la enmienda, la sanación y la reconciliación.

Incluso, tres años antes, cuando el 4 de mayo de 1997 el Papa Wojtyla beatificó al mártir gitano español Ceferino Giménez Malla, ya hizo lo propio. O cuando, en encuentro posterior con gitanos e inmigrantes, afirmó que «los cristianos deben saber arrepentirse de las palabras y comportamientos» que, en razón «del orgullo, el odio o la voluntad de dominar a los demás», se tradujeron en «enemistad hacia los grupos sociales más débiles, como los inmigrantes y los gitanos».

Por su parte, el 11 de junio de 2011, Benedicto XVI reconoció que, «desgraciadamente, a lo largo de los siglos», los gitanos «han conocido el sabor amargo de la no acogida y, a veces, de la persecución». Tanto dolor, añadió, no lo puede olvidar la conciencia europea. Por ello, «nunca más» el pueblo gitano deberá «ser objeto de acoso, rechazo y desprecio».

Y ahora la petición de perdón de Francisco, insertada en esta hermosa y cristianísima tradición, conlleva una doble riqueza añadida. Se suma a las que ya realiza a colectivos vulnerados como, por ejemplo, mediante sus reiteradas y conmovedoras peticiones de perdón, a las víctimas de los abusos a menores; o a los indios de Chiapas, petición formulada en su viaje a México de febrero de 2016. Y ofrece, además, un extraordinario testimonio de puro Evangelio, que debe interpelarnos a todos.

¿Cuál es este testimonio? Que pedir perdón no es una moda, ni algo cosmético, ni un mero quedar bien… Es algo consustancial a la condición cristiana. Pedir perdón engrandece a quien lo pide y a quien lo recibe y acoge. Pedir perdón siembra la reconciliación, fecunda la misión, visibiliza la opción de Jesucristo en favor de los débiles y de los humildes y ejercita en la humildad, virtud cristiana imprescindible.

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