Opinión Última hora

Pasión por la Humana communitas, por Cristina Inogés

Acaba de publicar la Pontificia Academia para la Vida un documento titulado: “Humana communitas en la era de la pandemia: consideraciones intempestivas sobre el renacimiento de la vida”. Estos documentos suelen pasar bastante inadvertidos cuando sería muy interesante leerlos y reflexionarlos, y aconsejo hacerlo.

¿Qué dice de nuevo? Realmente nada que un cristiano normalito no debiera saber y vivir. En este caso, el documento tiene como base la carta que Francisco -con el mismo título- dirigió a la Pontificia Academia para la Vida en enero de 2019, cuando nadie pensaba que una pandemia nos podía afectar. En la carta, dice Francisco: “Hemos de restaurar la evidencia de esta pasión de Dios por la criatura humana y su mundo. Dios la hizo a su “imagen” -“varón y mujer”, los creó (cf. Gn 1,27)- como una criatura espiritual y sensible, consciente y libre”; y, un poco más adelante, dice: “Es hora de relanzar una nueva visión de un humanismo fraterno y solidario de las personas y de los pueblos”.

Pues ya estamos en esta hora, por cierto, de resonancia tan joánica. En el evangelio de Juan la “hora” es el momento sublime de entrega total en libertad, donde el dolor y el sufrimiento están más que presentes, pero donde la gloria y la esperanza son innegables. Nosotros, como cristianos, estamos en la hora de ser especialmente espirituales, sensibles, conscientes y libres. Y el documento de la Pontificia Academia nos alienta a ello reconociendo primero todo el sufrimiento que ha generado -consecuencia de la seguridad en nosotros mismos y de nuestro absurdo dominio-sometimiento del planeta- la pandemia, pero sin olvidar por ello las posibilidades que se nos brindan si nos reconocemos “como administradores, no como amos y señores”.

Debemos reconocer la vulnerabilidad como algo positivo si con ello somos capaces de volvernos más compasivos y cooperadores –todos juntos- en la resolución de problemas comunes porque ya no se trata del norte o del sur, de oriente u occidente; se trata de nuestro mundo, de nuestra vida, de la humanidad. ¿Problemas? ¡Claro que los habrá! Por eso la Pontificia Academia habla de la “ética del riesgo”, y para ello es necesaria –más que nunca- la compasión porque todos estamos navegando por el mismo dolor pero no en el mismo barco.

Estamos ante una gran oportunidad –nuestra hora- de sentir com-pasión por la Humana communitas, teniendo como modelo la com-pasión de Dios por nosotros y que debemos hacer visible a través de nuestros gestos. Dios creó por amor y por amor debemos comprometernos con los seres humanos para actuar, además de ser, imagen y semejanza suya. La “hora” de Jesús en el evangelio de Juan no es vana en sufrimiento; nosotros no podemos pretender una hora ligerita; el compromiso cristiano no puede eludir el sufrimiento, pero sí estar seguros que en el sufrimiento conviven la esperanza y la gloria.

Aquel que nos creó no nos deja de su mano y nos dio las herramientas suficientes -inteligencia y corazón- para saber afrontar los desafíos que nosotros mismos provocamos. En este momento saber actuar de manera conjunta, es una forma de com-unión en la que no debemos mirar las diferencias, sino vernos como lo que realmente somos: unas criaturas vulnerables, llamadas a la finitud, pero conscientes de tener el tiempo suficiente para generar valores que nos lleven de nuevo a la esencia para la que fuimos creados: el amor.

El pensamiento cristiano siempre ha ido contracorriente. Como bien reza el subtítulo del documento habrá que valorar las “consideraciones intempestivas” necesarias para hacer del mundo de todos, un mundo y una vida mejor.

Por Cristina Inogés Sanz

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