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Pascua: del asombro a la paciencia pascual, por el obispo de Mondoñedo-Ferrol, Luis Ángel de las Heras

Del asombro a la paciencia pascual, por el obispo de Mondoñedo-Ferrol, Luis Ángel de las Heras

Pascua 2018

✠ Luis Ángel de las Heras, CMF

Obispo de Mondoñedo-Ferrol

Hay tres mujeres de fe que nos pueden ayudar a tener experiencia pascual, a encontrarnos profundamente con el Resucitado. Son María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé. Ellas, que han permanecido mientras otros huían, viviendo la pasión de Jesús en su corazón dolorido. Ellas, mujeres de fidelidad inquebrantable hacia Él, son las primeras en descubrir el mensaje pascual con un asombro fácil de imaginar. No van buscando al Resucitado. Fieles a Jesús, con el impacto aún fresco del Calvario, se dirigen a la tumba para ungir con piedad su cuerpo exánime.

Su fidelidad acoge al crucificado. Abrirse a Cristo crucificado, muerto y sepultado, es la mejor forma de prepararse al encuentro con el Resucitado. Ellas se han preparado, aunque no pueden esquivar la sorpresa. Paso a paso, casi sin poder reaccionar se encuentran con algo nuevo y desconocido. Preocupadas por la piedra, aparece la tumba abierta. Van a embalsamar a Jesús, pero su cuerpo no está. En cambio, hay un ángel que les da un mensaje, ya anticipado, pero congelado por los acontecimientos, que tendrán que ir comprendiendo despacio y pacientemente: Dios ha resucitado al crucificado. La muerte no tiene la última palabra. Ante ella termina todo poder humano. Dios, a través de ella, da plenitud de vida. Ahora las tres Marías pueden ir viendo claro, que no de repente, en un solo instante. Efectivamente, detrás de Jesús siempre ha estado y está Dios. A través de él nos habla Dios. En Jesús se muestra el poder vivificante de la luz de Dios.

Igualmente, nosotros nos preparamos para el encuentro con el Resucitado si acogemos a Cristo crucificado. Podemos experimentar el asombro pascual si antes nos hemos abierto y hemos acogido a los crucificados de nuestro tiempo, si miramos el mundo desde su particular Gólgota, si nos ocupamos de ellos, si nuestra fidelidad a Jesús nos lleva a su casa y a caminar con ellos para brindarles luz y esperanza. Así, podremos ofrecer el mensaje pascual que produce asombro y precisa paciencia.

Además, por si fuera poco, las mujeres reciben una misión especial para realizar con los discípulos. Ellas, fieles al crucificado, son mediadoras entre el Resucitado y los discípulos, que han abandonado y negado al Maestro, pero han tenido el coraje de llorar lágrimas de perdón. Ellas tienen que recordarles que Jesús les precede en Galilea. Les cuesta entenderlo y asimilarlo ahora, pero el mensaje pascual es Buena Noticia. Lo es porque da a conocer la gran intervención del poder del amor de Dios. Lo es porque Jesús continúa siendo también su Maestro y Señor. Aunque los discípulos han fallado, Jesús Resucitado no busca otros. Jesús es fiel. Los primeros discípulos reciben en la Pascua una segunda llamada: seguir al Señor, con la imagen aún del crucificado, para verle Resucitado en Galilea. La Pascua de la Resurrección y la fidelidad se complementan. A pesar de nuestras traiciones, podemos confiar en el Señor una y otra vez. Hoy estamos invitados a creer esta grandeza de Dios, esta misericordia suya que nos va encendiendo el corazón de discípulos misioneros.

Pero, como las tres Marías, necesitamos tiempo de reacción. Necesitamos paciencia pascual. Ellas no muestran júbilo ni gozo pascual en esos primeros momentos pascuales. No se alegran y cantan de repente. Experimentan miedo, dudas, asombro. La Pascua no tiene que ser fiesta superficial sin compromiso. El acontecimiento deja conmoción y ofrece una óptica nueva de vida. De esta sacudida pascual vendrá, con la paciencia de Dios, el gozo por su obra, por la vida nueva de Jesús, que merece conocer y experimentar toda persona humana.

Pidamos el don de la paciencia pascual para que vaya llegando el gozo de percibir que Dios ha dado a Jesús la plenitud de la vida y nos hace partícipes de ella. El gozo completo sólo se dará cuando le veamos a Él en el encuentro definitivo, que con la fe pascual deberíamos temer cada vez menos. Vayamos a Galilea. Veremos a Jesús. Nos encontraremos con el Resucitado. Podremos construir con Él la Iglesia de la fraternidad, del perdón y de la esperanza. La Iglesia misionera, misericordiosa y samaritana. La Iglesia familiar, de confianza, cargada de vida y de esperanza. Con el Resucitado, yendo desde el asombro a la paciencia pascual, seguiremos edificando la Iglesia de las bienaventuranzas.

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