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Pascal y la pandemia, por Manuel Palma

La fecha del 23 de noviembre de 1654 quedó para siempre sellada en el corazón de Blaise Pascal, pues en ella tuvo lugar su «noche del fuego». En apenas unas líneas, sobre un pequeño trozo de papel conocido como el «memorial» que él mismo cosió a su abrigo, el filósofo francés refleja cómo, en medio de la oscuridad, se desencadenó su regreso a la fe, entre lágrimas de alegría por el encuentro con el «Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob», no de los «filósofos». Precisamente él —que a lo largo de su vida no rehusó jamás la polémica— escribe contra los filósofos en su obra inconclusa los Pensamientos: «Ellos afirman: recogeos en vosotros mismos y hallaréis vuestro bien; no se les cree, y quienes les creen son los más vacíos…». Y es que «estamos llenos de cosas que nos lanzan hacia afuera», pues el propio instinto revela que el hombre tiene que buscar la felicidad «más allá de él mismo» (cf. P 390). Bien sabe Pascal que la alteración, aunque se estime insignificante, de su ritmo habitual —la soledad o la completa ausencia de preocupaciones y de diversión— manifiestan al hombre, incluso a los reyes, su miseria y la vacuidad de su corazón. Una de las lecciones que ha dejado la pandemia de nuestros días es la vulnerabilidad del ser humano, patente en su fragilidad y su muerte. Como los «filósofos», el mundo del progreso técnico parece encerrar la promesa de la superación permanente de todo el mal que pueda dañar al hombre: la enfermedad, la peste, la guerra… se juzgaban realidades de otro tiempo. De repente, percibe la exposición a un mundo de dolor que es capaz de tocarle profundamente y de afectarle, hasta el punto de que el ideal del ser humano, su autosuficiencia, se vuelve frágil y, en el encuentro consigo mismo —la reclusión no deseada— aflora su flaqueza.

Una vuelta a los Pensamientos permite descubrir que la esencia del hombre es el movimiento y que efectivamente, entre la grandeza del ideal humano y la propia realidad, media un abismo infinito que humanamente no es franqueable. Los «filósofos» —el apelativo, con el que Pascal se refiere a los miembros de la escuela estoica, tan en boga de nuevo en su tiempo— han conocido la perfección del modelo del ser humano, aunque han perdido de vista sus límites; esto es, han planteado una imagen tan alta de él, que su verdad, no obstante, la declara irrealizable. «Toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en una habitación». Por eso, un hombre recluido se encuentra cara a cara con el tedio y, por su medio, con «la desgracia natural de su condición débil y mortal» (P 205). Del pro al contra, Pascal va oponiendo las tesis de los filósofos estoicos a la de los escépticos, quienes, al mirar la fragilidad del hombre, han renunciado perezosamente a todo empeño por sobreponerse a sus debilidades. Entonces, si es preciso negar la soberbia del estoicismo, aunque también la somnolencia del escepticismo, ¿cuál es la verdad del ser humano?

Aquella noche del fuego fue también la fuente de su conocimiento sobre el hombre. En el encuentro con Jesucristo, descubrió que el rostro más original del ser humano es su contradicción. En la persona del Hijo de Dios hecho hombre, Pascal averigua con admiración cómo son reconciliadas las contradicciones: la infinitud se desposa con la finitud y la grandeza con la pequeñez, puesto que, en él, divinidad y humanidad están unidas. Asumiendo la tradición de los Padres de la Iglesia, se acerca al misterio de un maravilloso intercambio: para alcanzar la salvación de la humanidad, la liberación de sus contradicciones, el Hijo de Dios las asume en su propia carne, «en todo igual a nosotros menos en el pecado» (Hb 4, 15). El Omnipotente se adentra en una humanidad que no es intocable, se expone, como el resto de los hombres al golpe de un mundo que también a Él le afecta profundamente. Se entiende entonces que ningún dolor le es ajeno al Hijo de Dios, ninguna fragilidad. Muchos se han cuestionado estos días acerca del lugar de Dios en esta pandemia, ¿dónde está Dios cuando el tormento y el mal asolan a la humanidad? Dios se hace presente sufriendo y padeciendo con los seres humanos, pues indica el propio Pascal, «Cristo está en agonía hasta el fin de los tiempos» (P 553): en medio de la pandemia, el mismo Dios es reconocible en los miembros de su Cuerpo herido. Ese modo de padecer del Hijo de Dios no es, sin embargo, el signo del triunfo del mal sobre el Bien, que supondría la condena irremediable de la humanidad lacerada, sino al contrario, cargado de un sentido activo, se revela en la Resurrección como el remedio de todo mal. El Hijo de Dios se entrega pacientemente, como «el cordero conducido al matadero» (Is 53, 7), para que los hijos sean liberados de la garra mortal del mal y, respondiendo (también ellos) activamente a él con sabiduría, prudencia y compasión, alcancen la participación en su eternidad. Admiran así, en medio de la crisis del coronavirus, los gestos de generosidad, quizá desapercibidos, pero llenos de una solidaridad que, a veces, incluso pone en peligro la propia vida.

El día de san Clemente papa, a las diez y media de la noche, Blaise Pascal, envuelto en «lágrimas de alegría» volvía al Dios de Jesucristo e intuía que, solo por Él, el hombre, paradójico en su grandeza y pequeñez como una «caña pensante», podría alcanzar «la certeza, el sentimiento, la alegría y la paz». En la cruz, el Hijo se entrega para, ni siquiera en el dolor, el ser humano esté abandonado a su suerte. «Que no esté nunca separado de Él». La fe cristiana no cierra entonces los ojos a la realidad, pues no se cumple en el vacío o en un idealismo falto de verdad, sino que, a imagen del Hijo de Dios, abraza la vulnerabilidad constitutiva del ser humano en la misma realidad en la que se topa con su fragilidad, en la espera de la plenitud de la Vida. En lo cotidiano, muchos siguen ofreciendo su tiempo y entregando su dinero y su pericia por los otros, convirtiéndose en un signo de santidad y de esperanza para la sociedad.

Manuel Palma Ramírez

Sacerdote y presidente-decano de la Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla

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