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Parábola de fraternidad en un mundo dividido

Llegados al 2 de febrero, fiesta de la Candelaria, celebramos en la Iglesia universal la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Hace ya 25 años, el Papa Juan Pablo II instituyó esta Jornada, para que toda la comunidad cristiana caiga en la cuenta y valore más y más este conjunto de personas que en la Iglesia y en el mundo son testigos privilegiados del Evangelio

Monjes y monjas, religiosos y religiosas, sociedades de vida apostólica, institutos seculares, nuevas formas de vida consagrada, vírgenes consagradas, ermitaños, etc. Todos tienen en común una originalidad del Evangelio de Jesucristo. Todas estas personas han recibido una llamada, una vocación del Señor a seguirle de cerca en la vivencia de los consejos evangélicos, es decir, en la vivencia del estilo de Jesús de manera incluso palpable. Todas estas personas, hombres y mujeres, viven en la consagración virginal o en el celibato por el Reino, haciendo presente en medio de la Iglesia y del mundo el testimonio de la vida cristiana, en amor indiviso a Cristo esposo y en entrega fraterna hasta dar la vida por los hermanos.

Haciendo referencia a la reciente encíclica del Papa Francisco Fratelli tutti, el lema de este año enfoca la vida consagrada como una parábola de esa fraternidad universal que Jesucristo va suscitando de generación en generación: La vida consagrada, parábola de fraternidad en un mundo dividido. Son muchas las divisiones que nos acechan a nivel mundial y a nivel cercano: disensiones, guerras, envidias, injusticias de todo tipo, explotaciones y esclavitudes; pobrezas todas que proceden de una injusticia radical, que tiene su origen en el pecado. La vida consagrada tiene este precioso papel de presentar una humanidad nueva, una nueva forma de vivir, imitando a Jesucristo casto, pobre y obediente. En esa actitud de despojamiento de todo para que brille palpablemente Dios y sus planes de salvación, de amor al hombre.

El mundo tiene arreglo, las grandes tensiones del mundo tienen arreglo. Jesucristo nos muestra el camino y realiza en su cuerpo y en su corazón esa fraternidad universal, que da muerte al odio y siembra la civilización del amor. La vida cristiana, y particularmente la vida consagrada, constituyen esa revolución del amor, en donde uno no busca su propio interés, sino la gloria de Dios y el bien de los demás. Esa civilización del amor, esa revolución de amor, esa, incluso, explosión del amor se encarna visiblemente en la vida consagrada, que rompe todos los esquemas del mundo, todos los intereses egoístas, y se pone a amar gratuitamente. En el campo de la oración y de la beneficencia, en el campo de la salud y de la educación, en el campo de la emigración, de la trata de personas y especialmente mujeres, en la atención a los ancianos y a los pobres. En todos esos mundos la vida consagrada hace brillar el amor más grande de Dios por sus hijos. No digamos en las zonas de misión. Esta Jornada Mundial de la Vida Consagrada es ocasión de agradecer a Dios los miles y miles de hombres y mujeres que han entregado su vida a Dios para servir a los hermanos. He aquí una verdadera parábola de fraternidad en medio de nuestro mundo dividido.

En nuestra diócesis, cada año surgen nuevas vocaciones a la vida consagrada y al sacerdocio. Ayudemos y encaucemos estas nuevas vocaciones. Oremos por estos jóvenes que despuntan en ese seguimiento, porque han recibido en su corazón ese toque de Dios. Damos gracias a Dios por los cientos de hombres y mujeres que viven en nuestra diócesis consagrados a Dios en los distintos carismas. Qué sería de la Iglesia si no contara con todas estas personas. Valoremos en este día y siempre la Vida consagrada, son un bien para todos.

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández
Obispo de Córdoba

 



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