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Cuaresma 2021. «Tiempo de volver a Dios», por Francisco Conesa
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Para vivir la Navidad

Queridos diocesanos:

Aunque las circunstancias extraordinarias que vivimos este año nos impidan celebrar la Navidad como teníamos costumbre, quizás sean ocasión para que descubramos el sentido profundo de la Navidad, el núcleo fundamental que verdaderamente importa y que no podemos dejar de celebrar.

En realidad, toda la Navidad se resume en esto: que Dios nos ama con locura, que el ser humano no le es indiferente, que Dios tiene pasión por cada uno de nosotros. Por eso se hizo uno de nosotros, compartiendo con el hombre sus tristezas y cansancios, pero también sus proyectos y esperanzas. Advertir esta realidad sorprendente nos llena de alegría, de esa alegría profunda que inunda el alma y la serena, que le da seguridad y esperanza. Los villancicos, el espumillón y la fiesta tienen sentido cuando son expresión de esta alegría vivida en el corazón, de ese gozo que genera la buena noticia de que somos amados por Dios.

La liturgia de la Iglesia nos va recordando los acontecimientos centrales narrados por los evangelistas y nos ayuda a vivir interiormente lo que aconteció hace dos mil años en un pequeño pueblo de Judea. Son días de acercarnos a nuestras iglesias para celebrar con los hermanos el gozo de sabernos amados por Dios. Por eso os invito a participar de las hermosas y alegres celebraciones litúrgicas de la Navidad, guardando siempre las normas sanitarias.

El belén que ponemos en nuestras casas e iglesias es también una manera de recordarnos este mensaje extraordinario. En su preciosa carta sobre el significado del belén, explica el papa Francisco que «el belén habla del amor de Dios, el Dios que se ha hecho niño para decirnos lo cerca que está de todo ser humano, cualquiera que sea su condición» (Admirabile signum, 10). No dejemos de poner el belén en nuestras casas, o al menos las figuras centrales, porque es una manera de recordarnos el misterio que celebramos y nos ayuda también a transmitir a los más pequeños el sentido de la Navidad.

Al contemplar este misterio de amor, nos vemos movidos a amar también nosotros, porque advertimos el inmenso valor y dignidad que tiene cada ser humano. En Navidad nos sentimos impulsados especialmente a transmitir esa ternura de Dios. Lo hacemos, en primer lugar, acercándonos a nuestros familiares y amigos. Aunque este año no podamos juntarnos para realizar las habituales comidas y fiestas, estoy seguro de que sabremos encontrar maneras de mostrarles nuestro cariño y expresarles nuestro amor.

Pero en Navidad el corazón se ensancha para abarcar a todos los hombres, y especialmente, a los que sufren, a los más débiles y vulnerables. Por eso, a pesar de la pandemia que nos amenaza, será Navidad si aprendemos a crecer en solidaridad, si somos generosos con los más pobres y si trabajamos para que sea respetada la dignidad de cada uno. Como recuerda el Papa, «desde belén, Jesús proclama, con manso poder, la llamada a compartir con los últimos el camino hacia un mundo más humano y fraterno, donde nadie sea excluido ni marginado» (Admirabile signum, 6).

En fin, aprovechemos esta oportunidad de vivir una Navidad, quizás más silenciosa, pero puede ser también que más profunda. ¡Feliz y santa Navidad para todos!

 

+ Francesc Conesa Ferrer
Obispo de Menorca



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