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Opinión

Para una política ecológica, por José-Román Flecha Andrés, en Diario de León (19-9-2015)

 

Para una política ecológica, por José-Román Flecha Andrés, en Diario de León (19-9-2015)

Son muchos los problemas por los que pasa hoy la atención a la creacion. En su encíclica Laudato si’, el Papa Francisco no se limita a extender un elenco de los desafíos éticos que nos plantean la moderna tecnología, la economía o nuestro afán de consumo y despilfarro. Piensa en un mundo más vivible y más justo. Y nos propone el ideal de un mundo más humano.

Para lograr esa meta será preciso apelar una y otra vez al respeto y a la responsabilidad sobre el medio ambiente en el marco de la política internacional (LS 164). La encíclica recuerda que son ya numerosos los encuentros y las cumbres mundiales, que se han venido celebrando con la finalidad de salvar el planeta tierra (LS 166-171).

Estos proyectos parecen reflejar las preocupaciones y los intereses de los paises desarrollados por mantener un crecimiento sostenible de la producción. Pero la encíclica afirma que también hay que tener en cuenta las necesidades de los países pobres, que tienen como urgente prioridad la erradicación de la miseria (LS 172).

Ahora bien, aun sin ignorar el ámbito internacional, esas actitudes y compromisos relativos al respeto al ambiente deberán hacerse notar también a la hora de tomar decisiones en el ámbito nacional y en el entorno local, donde con frecuencia se asiste a casos de abandono o de corrupción (LS 176).

Con todo, no basta con evitar el mal. El Papa sugiere tres tareas o metas que deberían orientar tanto las politicas nacionales como la administración local: “El marco político e institucional no existe solo para evitar malas prácticas, sino también para alentar las mejores prácticas, para estimular la creatividad que busca nuevos caminos, para facilitar las iniciativas personales y colectivas” (LS 177).

Alentar, estimular y facilitar: he ahí tres palabras claves para una política común y responsable. Precisamente en este ámbito local, tan cercano a los ciudadanos y tan determinante para su vida diaria, es preciso favorecer la transparencia en el proceso de decidir sobre la naturaleza y sobre el ambiente.

Todos nos hemos preocupado alguna vez por las vías de tráfico o bien por las políticas agrícolas. Es evidente que en esos terrenos la experiencia diaria de los ciudadanos habría de contar mucho a la hora de considerar su ideal de calidad de vida y el ambiente natural en que ésta ha de encontrar su mejor espacio (LS 182-188).

Por supuesto, todo esto no es fácil. Así que, como compromiso intermedio, debería instaurarse una mesa de diálogo entre la política y la economía en beneficio de la felicidad y de la realización de las personas concretas (LS 189-198).

Nadie puede ni debe sentirse excluido del círculo. Este es un diálogo que también deberían establecer y cultivar las religiones entre sí. Y un diálogo que las diversas religiones habrían de entablar con los representantes de las ciencias y de la técnica (LS 199-201).

José-Román Flecha Andrés



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