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Para ser servidores y testigos aquí y ahora de una «Iglesia extrovertida» – editorial Ecclesia

Editorial Revista Ecclesia
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Para ser servidores y testigos aquí y ahora de una «Iglesia extrovertida» – editorial Ecclesia

            Con ese extraordinario don que Francisco tiene para acuñar frases y ofrecer titulares, al referirse a Pablo VI, recién canonizado, lo definió, certera y hermosamente,  como «profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres». Y esta afirmación cabe también para san Óscar Romero y para los otros cinco nuevos santos. Y muy singularmente para la española Nazaria Ignacia March, la primera santa sindicalista de la historia, la mujer, la religiosa que supo bajar a las calles y a las periferias para llevar y servir el Evangelio a los más necesitados y a los más alejados.

¿Qué es, entonces, una «Iglesia extrovertida» y cómo ser nosotros servidores y testigos de ella?  Una Iglesia extrovertida es una Iglesia en salida, una Iglesia misionera y samaritana, una Iglesia siempre en diálogo y siempre en busca de todos los hombres y mujeres. Es una Iglesia que, en efecto, «mira a los lejanos y cuida de los pobres», de los pobres de todas las pobrezas del cuerpo y del alma. Es la Iglesia de Ecclesiam suam, de Populorum progressio, de Humanae vitae y de Evangelii nuntiandi, por citar los cuatro documentos más emblemáticos de Pablo VI. Es la Iglesia de Evangelii gaudium, de Laudato si`,  de  Amoris laettita y de Gaudete et exsultate, por hacer lo propio con otros cuatros textos claves de Francisco. Es la Iglesia que busca responder a la voluntad de Dios, su único Señor, y que escucha los signos de los tiempos y  las demandas de la humanidad.

Una Iglesia extrovertida es una Iglesia que no tiene miedo a la verdad del Evangelio, sino que solo del Evangelio saca fuerzas y  en él se renueva y reforma continuamente. Una Iglesia que sabe que «el mundo necesita santos, y que todos nosotros, sin excepción, estamos llamados a la santidad», como escribió Francisco en su cuenta en Twitter el domingo 14 de octubre, día de estas canonizaciones. Es una Iglesia que renuncia a seguridades mundanas, a luchas de poder, a dialécticas de contraposición y de exclusión, a autorreferencialidades narcisistas y autocomplacencias vanas, y está dispuesta a arriesgarse y a atravesar nuevas fronteras con valentía, renovación, fidelidad y humildad. Es una Iglesia que se sabe servidora y no dueña y cuyas únicas «armas» son la misericordia, la bondad, la ternura, el perdón y la verdad. Es una Iglesia que sabe que debe ser santa, pero que el pecado de sus miembros oscurece, ¡y tanto!, esta obligación y necesidad.

Y todo ello, máxime ahora, en medio de unas de las situaciones más críticas y dolorosas de los últimos años de la vida de nuestra Iglesia a propósito de la cascada de escándalos de abusos a menores perpetrados por miembros de la Iglesia. En este contexto, y quién sabe si también con otras intencionalidades torvas, resentidas y hasta de «venganza preventiva»…, el mismo día de las canonizaciones, el periódico español de mayor tirada ofreció una amplia información y comentario editorial acerca del supuesto encubrimiento con que la Iglesia en España ha tratado sus propios casos de pederastia.

¿Qué decir, qué opinar sobre esta información?  En primer lugar, llama la atención, repetimos, la fecha elegida para su publicación. En segundo lugar,  el periódico no ofrece datos nuevos, ni desconocidos, y en ninguno de ellos nuestra Iglesia se inhibió, ni encubrió, sino que cumplió fielmente la legislación civil y canónica.  En tercer lugar, las informaciones y opiniones publicadas al respecto carecen de una visión de conjunto del gravísimo delito de la pederastia y de cómo esta afecta a la entera  sociedad, comenzado por las propias familias.

Y aunque, como es obvio,  todo ello no justifica ni un solo caso perpetrado en el seno de la Iglesia, la solución de esta lacra espantosa requiere ser abordada de un modo más objetivo, justo, global e integral. Y evitando asimismo actitudes farisaicas de quienes, como algunos medios de comunicación, fomentan después, de un modo u otro, lo que primero condenan y airean, incluso apriorística y sensacionalísticamente.

¿Y qué tiene que ver esto con la Iglesia extrovertida que tanto necesitamos? Muy fácil: que los servidores y testigos de esta Iglesia no pueden tener miedo a la verdad, tampoco a esta verdad y a esta verdad entera. Porque solo la verdad nos hace libres. Y solo la verdad nos hará santos, suprema vocación de todos los hijos de Dios.

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