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Opinión

Para poder estar entre «los muchos» (sobre la misa de TVE), por Lourdes Grosso

Para poder estar entre «los muchos» (sobre la misa de TVE), por Lourdes Grosso

Anoche mientras ayudaba a mi madre a acostarse y comentábamos los asuntos del día, le leí la nota de Ecclesiae digital, «La Santa Misa, récord histórico en espectadores en La 2», en la que se había publicado que el pasado domingo la emisión de la Santa Misa en La 2 obtuvo el mejor dato histórico, siendo el programa con más share de toda la televisión en este día.

«Un total de 1.341.000 personas estuvieron pendientes en algún momento de la Eucaristía» –seguí leyendo–  y la emoción de mi madre fue patente, porque desde hace muchos años, décadas, ella, mis tíos, amigos, tantas y tantas personas de buena voluntad, católicas, cumplen el precepto dominical gracias a la misa retransmitida por televisión española. Y me vinieron al corazón las palabras de Cristo: «cada vez que lo hicisteis  con unos de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (cf. Mt 25,40); muy bien lo explicó San Juan de la Cruz: «a la tarde te examinarán del amor».

Seremos juzgados por el amor que nos tenemos, por el bien que nos hacemos, y también por las faltas de omisión; «aprended a hacer el bien… proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda» advertía el profeta (Is 1,17),  porque la caridad es dar el bien, y no podemos privar a nadie, y menos a los pequeños, del mayor bien, que es el amor de Dios.

No podemos permanecer indiferentes ante el ataque a lo más sagrado; como todo ciudadano, tenemos el derecho de poder cubrir nuestras necesidades primarias, y para los creyentes (que gozamos también de la ciudadanía celestial) poder vivir la fe es fundamental. Por ello gracias a los que año tras año, con el esfuerzo, los disgustos y la dedicación que conlleva, acercan el altar, el santo sacrificio de la misa a los hogares, a los ancianos, a los enfermos, a las residencias, a los hospitales, a las familias… y gracias a los que durante tantos años, aun manteniendo diferentes tendencias políticas, hacen posible que la Santa Misa, expresión pública de la fe, tenga cabida en el espacio  público, espacio que subvencionamos todos los ciudadanos, en muy buena parte católicos.

La fe no se impone, es un don, pero hay que acogerla, cuidarla, alimentarla, adherirse personalmente. Porque Cristo murió «por todos», su redención es universal, y cómo el Señor, a su modo, llegue a «todos»  es un misterio suyo –decía el Papa Benedicto en una carta a la Conferencia Episcopal Alemana–. «Pero, indudablemente, es una responsabilidad el hecho de ser llamado por él directamente a su mesa, de manera que puedo oír: “por vosotros”, “por mí”, él ha sufrido. Los muchos tienen responsabilidad por todos. La comunidad de los muchos debe ser luz en el candelero, ciudad puesta en lo alto de un monte, levadura para todos. Esta es una vocación que concierne a cada uno de manera totalmente personal. Los muchos, que somos nosotros, deben llevar consigo la responsabilidad por el todo, conscientes de la propia misión». Pues sí, somos muchos los que queremos que llegue la salvación a todos, somos muchos los que queremos vivir cada día a la luz del Evangelio, somos muchos – el pasado domingo 1.341.000 personas–  los que queremos participar del sacramento de la eucaristía por medio de la televisión.

Los católicos somos profundamente solidarios con todos los hombres, de cualquier creencia, raza, lengua o nación, seámoslo con nuestros hermanos en la fe; muchos podemos desplazarnos y asistir a la celebración dominical en un templo, pero otros muchos no pueden desplazarse… pongamos los medios para que quiénes lo deseen puedan adherirse al Sacramento y ser contados entre «los muchos».

Cierto es que la Providencia del Padre cubre nuestros despropósitos y llegará a todo el que lo busca con sincero corazón, por muchos obstáculos que quieran ponerle las generaciones duras de cerviz de todas las épocas, pero a nosotros nos corresponde hacer todo el bien que podamos… Porque somos muchos los que vivimos la celebración de la eucaristía del domingo a través de la retrasmisión de La 2 televisión. Quienes lo hacen posible, en el atardecer de la vida escucharán estas palabras: «Venid a mí, benditos de mi Padre» (Mt 25,34).

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