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Para hacer posible con todos y entre todos la paz de nuestra «casa» – editorial Ecclesia

Para hacer posible con todos y entre todos la paz de nuestra «casa» – editorial Ecclesia

            La buena política, la que reclaman la inviolable dignidad del ser humano y los derechos de todos, es aquella que está al servicio de la paz y la que, con palabras de Francisco, inspiradas en Pablo VI, «si se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de la caridad». Necesitamos políticos que sirvan a la paz y lo hagan como principio y primado irrenunciables. Pero, a su vez, necesitamos ciudadanos que contribuyan también a la paz. Y ello más aún para los cristianos porque la paz «está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo».

Pero, ¿dónde y cómo construir esa paz, que jamás debe ser una vana quimera, una aspiración inalcanzable?, ¿quién debe construir la paz? En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 1 de enero de 2019 (ver páginas 25, 26 y 27), el Papa empieza respondiéndonos a estas preguntas, recordando como en el Evangelio habla de la paz en términos muy coloquiales, concretos y domésticos: «Paz a esta casa» (Lc 10,5-6). Y la «casa» mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país, cada continente, es sobre todo cada persona, sin distinción ni discriminación. Y también lo es nuestra «casa común»: la creación, el planeta en el que Dios nos ha colocado para vivir y al que estamos llamados a cuidar con interés, como tantas veces ha recordado Francisco y como ya dejó paradigmática y programáticamente escrito en su encíclica Laudato si`.

Todos, la entera comunidad humana, hemos de construir la paz. Todos hemos de ser artesanos de ella. Y ciertamente una responsabilidad especial compete a los gestores de la vida pública, a los políticos, gobernantes y estadistas. Y estos han de ser estar muy alertas para evitar y combatir los «vicios de la política»  (así textualmente calificados por Francisco) como «la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio».

El deber del servicio a la paz que compete, como imperativo moral muy grave y apremiante, a los políticos y también a todos los ciudadanos, debe  ser asimismo búsqueda de la participación de los jóvenes, una participación generadora, a su vez, de «confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo” en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común».

Servir la paz es igualmente reconocer y potenciar los carismas y las capacidades de cada persona, de todas las personas, sin exclusiones de ninguna naturaleza, evitando la desconfianza, los recelos y las estrategias del miedo o de la intimidación.  Y es que  «la paz se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida por las generaciones pasadas».

La responsabilidad recíproca y la interdependencia de los seres humanos son los ejes fundamentales sobre los que ha de girar una nueva política, en el más amplio y noble sentido de la palabra, de la paz, una nueva cultura de paz. Para hacerla posible, hemos ha de avergonzarse de impresentables e inmorales prácticas y situaciones como las que padecen los niños (uno de cada seis del total mundial) que viven en las zonas de conflicto. Niños que incluso son reclutados o convertidos en rehenes y mercancías. Ha de abochornarnos asimismo la proliferación incontrolada de las armas, su letal sofisticación, su deleznable industria y su tan repulsivo negocio y comercio sin escrúpulos.

La paz sobre nuestra «casa», que requiere siempre «conversión del corazón y del alma», se reconoce y se logra mediante la paz con nosotros mismos, la paz con el otro y la paz con la creación. Y la paz, esta paz, es nombre de Dios y deber inexcusable de la humanidad de bien.

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1 comentario

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  • Queridos amigos:
    Cuando leo «todos hemos de construir la casa común», siempre me acuerdo de la última rectificación de la fórmula de la consagración: «que será entregado por vosotros y por muchos», porque es más que evidente que no todos hacen su trabajo de limpieza y recepción de la totalidad de la Palabra, sino de los fragmentos que le interesan.
    Además, «todos» tienen que estar en su sitio: no queremos laicos consagrados, ni consagrados que actúan como malos laicos cristianos. Queremos cristianos del máximo nivel, militantes y beligerantes cada uno en el frente de su especialidad: infantería, caballería, artillería, intendencia, etc.
    Atentamente, gracias por vuestra compañía y amistad.