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Para no dejarnos robar el Evangelio y su alegría transformadora y misionera

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Para no  dejarnos robar el Evangelio y su alegría transformadora y misionera

            Con una entusiasta y unánime acogida, dentro y fuera de la Iglesia (ver página 68), ha sido recibida la exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco. Su texto íntegro viene publicado en este número doble y de urgencias de ECCLESIA, en las páginas 16 a 66. Y es que, ciertamente,  la Evangelii gaudium es una acontecimiento extraordinario. Nos hallamos propiamente ante el primer gran texto pontificio de Francisco –la espléndida encíclica Lumen fidei, como él mismo dijo,  era un documento a cuatro manos: la suyas y las de Benedicto XVI-, un texto que, en extensión, en alcance y en contenidos, supera las mejores expectativas, las mismas expectativas que glosábamos en esta página editorial hace dos semanas.

¿Qué es, entonces, la Evangelii Gaudium, cuáles son sus claves, sus ejes? La Evangelii gaudium es, sí, una reactualización de la Evangelii nuntiandi de Pablo VI. Sus contenidos evocan, sí,  al Documento Final del V CELAM Aparecida 2007. Buena parte del espíritu y de algunas propuestas concretas del Sínodo de los Obispos de octubre de 2012 sobre la Nueva Evangelización, quedan, igualmente, reflejadas y recogidas. La «música» y la «letra» de esta magnífica exhortación apostólica nos suenan, asimismo, de distintas homilías –singularmente las de las misas matinales en Santa Marta- y discursos pronunciados ya por Francisco. La Evangelii gaudium es todo esto, pero más, mucho más. Es una carta de navegación, es una confesión, es una declaración programática en toda regla. Es, en suma, un acontecimiento, que dijéramos antes. Un acontecimiento de gracia. Es Evangelio, puro Evangelio y, tantas veces, hasta sin glosa…

         Crecer en la fidelidad al estilo de vida del Evangelio y experimentar y transmitir su alegría transformante y transformadora es el hilo conductor del documento, algunas de cuyas páginas,  enunciados, ideas y «titulares» conmueven, emocionan e interpelan tanto. Es preciso, por ello, leer con calma y con paz la Evangelii gaudium. Y es preciso, sobre todo, leerla con el corazón abierto, en permanente actitud de escucha y de examen de conciencia. A pesar de su extensión tan acusada, el texto es una conversación, es un diálogo, escrito con frescura, clarividencia y profecía.

         Para leer, para entender, para aplicar la Evangelii gaudium es necesaria la actitud del discípulo-misionero –otra de las constantes apelaciones y reclamos de la exhortación-, es necesario abrirnos a ella, dejarnos llenar de ella. Ni se puede, ni se debe acceder a su lectura, recepción y  posterior implementación en nuestras vidas y en la vida y acción evangelizadora de la Iglesia, desde claves ideológicas e ideologizadas, ni ir buscando aquello que más conforta, agrada y se identifica con nosotros y con nuestra manera de ver las cosas, ni, muchos veces, pretender hallar descalificaciones sobre modos de actuar para amparar nuestras propias actuaciones. Ante un texto tan honesto, tan libre, tan auténtico, tan evangélico, solo cabe la apertura de la mente y del corazón y dejarnos impregnar por él.

         La Evangelii gaudium expresa lo que el Papa Francisco quiere y espera de la Iglesia y del mundo. Reitera que quiere una Iglesia pobre y para los pobres porque la opción por los pobres es una irrenunciable opción evangélica. Francisco espera y desea asimismo una Iglesia caritativa, más del Evangelio, en actitud permanente de discernimiento, sinodalidad y comunión. Descentralizada, desburocratizada, desmundanizada -«¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes litúrgicos o espirituales!»-, en estado de permanente misión. Una Iglesia que solo evangeliza cuando se deja continuamente evangelizar. Una Iglesia madre de corazón entrañable, casa de puertas abiertas, donde haya sitio para todos. Una Iglesia no autorreferencial, triunfalista y encantada de conocerse. Y tampoco una Iglesia desalentada, desnortada, muda, queda, quieta, triste, encerrada. Francisco quiere una Iglesia en salida, una Iglesia que sabe que es impostergable su renovación y cuya identidad y misión es la dulce y confortadora alegría de evangelizar.

         El mundo que la Evangelii gaudium anhela es un mundo donde no exista una economía de exclusión y de descarte, donde no se idolatre al dinero, donde reine la ética, donde sean posibles la paz y la justicia anunciadoras del Reino.

         El diario oficial vaticano tituló su comentario editorial del martes 26 de noviembre, fecha de publicación de la exhortación apostólica, como «El “sueño” de Francisco». Se trata de un sueño, sí, de un sueño posible, necesario e ineludible. Es el sueño de la conversión personal y pastoral en clave misionera. Es el sueño de la hacer posible la revolución de la alegría del Evangelio. El sueño de la misericordia, la ternura y el cariño. El sueño de Jesucristo.

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1 comentario

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  • !Completamente de acuerdo con el artículo! El Papa Francisco, hombre honesto, libre y auténtico nos invita a vivir con él “El sueño de Jesucristo” que es un sueño de misericordia ternura y cariño hacia el género humano, el evangelio en su esencialidad.
    El documento, en el que se reconocen muchas de las cosas dichas en las homilías de Santa Marta es un vendaval de aire limpio y fresco que limpia el polvo de la atmósfera y nos hace ver el cielo brillante y luminoso. Hay que leerlo despacio para dejar que ese agua de primavera tras el vendaval empape bien la tierra.

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