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Coronavirus

El Papa Francisco, en una bendición histórica: «En esta barca estamos todos»

«Todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente». Con estas palabras, unidos en oración y con fe y esperanza el Papa congregó a todo el mundo a una bendición «Urbi et Orbi» histórica.

Desde el atrio de la Basílica de San Pedro, con la plaza vacía y bajo una intensa lluvia, Francisco se dirigió a todos los fieles a través de los medios de comunicación digitales. Desde COPE y TRECE, los hogares españoles se unieron al Santo padre para pedir por el fin de la pandemia. Una bendición que supone, para todos aquellos que participaron en el acto, la indulgencia plenaria, según lo establecido en el reciente Decreto de la Penitenciaría Apostólica.

«¿Aún no tenéis fe?»

«Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas», expresó el Papa para enlazar con el Evangelio. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» Tratemos de entender a los discípulos cuando iban con Jesús en la barca y les arreció la tormenta, dijo: «¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús?». Nosotros invocamos también a Jesús cuando pasamos miedo, pero lo hacemos como los apóstoles. «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». «En esta barca, estamos todos», insistió el Papa, porque de esta solo saldremos como uno solo, «no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos».

Los apóstoles pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. «¿Es que no te importo?. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón». La tempestad, dijo Francisco, «desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar».

El valor de todos los sanitarios y quienes rezan por el bien de todos

Francisco lamentó cómo no nos hemos detenido «ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”». La situación actual, destacó el Pontífice, es un momento «para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás» y elogió a todos los «médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo». «Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad», alabó el Papa. «Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras».

Una bendición histórica

No somos autosuficientes; solos nos hundimos: «Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere». El papa ha insistido en que «el Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar». Además animó a «motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad».Para concluir, y acompañado para este momento especial del icono de la Salus Popoli Romani y el Crucifijo de la Iglesia de San Marcello al Corso, dos imágenes vinculadas a la oración por el fin de las epidemias, Francisco quiso con la bendición especial transmitir el «abrazo consolador» de Dios: «Señor, no nos abandones a merced de la tormenta».

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