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Santa Sede

Papa Francisco en Molise – Homilía Santa Misa en el Estadio de Campobasso en castellano

La Iglesia, pueblo que sirve a Dios y que vive en la libertad que él le otorga . Homilía del Papa Francisco en el antiguo Estadio Romagnoli de Campobasso (5-7-2014)

«La sabiduría […] sacó de apuros a sus servidores» (Sab 10, 9).
La Primera Lectura nos ha recordado las características de la sabiduría divina, que libera del mal y de la opresión a cuantos se ponen al servicio del Señor. Y es que él no es neutral, sino que, con su sabiduría, se pone del lado de las personas frágiles, de las personas discriminadas y oprimidas que se abandonan a él con confianza. Esta experiencia de Jacob y de José, narrada en el Antiguo Testamento, pone de relieve dos aspectos esenciales de la vida de la Iglesia: la Iglesia es un pueblo que sirve a Dios; y la Iglesia es un pueblo que vive en la libertad que él otorga.
Ante todo, somos un pueblo que sirve a Dios. El servicio a Dios se realiza de diferentes maneras: particularmente en la oración y en la adoración, en el anuncio del Evangelio y en el testimonio de la caridad. Y el icono de la Iglesia es siempre la Virgen María,  la «esclava del Señor» (Lc 1, 38; cf. 1, 48). Enseguida después de recibir el anuncio del ángel y de concebir a Jesús, María se pone en camino deprisa para ir a ayudar a su anciana pariente Isabel. Y muestra con ello que el camino privilegiado para servir a Dios es servir a los hermanos necesitados.
En la escuela de la Madre, la Iglesia  aprende a convertirse cada día en «esclava del Señor»; a estar dispuesta a ponerse en camino para responder a las situaciones de mayor necesidad; a  ser solícita con los pequeños y con los excluidos. Pero todos estamos llamados a vivir el servicio de la caridad en las situaciones ordinarias, es decir en la familia, en la parroquia, en el trabajo, con nuestros vecinos… Es la caridad de todos los días, la caridad ordinaria.
El testimonio de la caridad es el camino real de la evangelización. En ello la Iglesia siempre ha estado «en primera línea», presencia maternal y fraternal que comparte las dificultades y las fragilidades de la gente. De esta manera, la comunidad cristiana intenta infundir en la sociedad ese «suplemento de alma» que permite proyectar más allá la mirada y esperar.
Es lo que vosotros también, queridos hermanos y hermanas de esta diócesis, estáis haciendo con generosidad, sustentados por el celo pastoral de vuestro obispo. Os animo a todos –sacerdotes, personas consagradas, fieles laicos– a perseverar por este camino, sirviendo a Dios en el servicio a los hermanos, y difundiendo por doquier la cultura de la solidaridad. ¡Cuán necesaria es esta labor, ante las situaciones de precariedad material y espiritual, especialmente frente al desempleo, una plaga que requiere todo esfuerzo y mucho valor por parte de todos! El desafío del trabajo interpela de especial manera la responsabilidad de las instituciones, del mundo empresarial y económico. Es preciso poner la dignidad de la persona humana en el centro de toda perspectiva y de toda acción. Los demás intereses, aun cuando sean legítimos, son secundarios. ¡En el centro está la dignidad de la persona humana! ¿Por qué? ¡Porque la persona humana es imagen de Dios, ha sido creada a imagen de Dios, y todos nosotros somos imagen de Dios!
La Iglesia es, por lo tanto, el pueblo que sirve al Señor. Por eso es el pueblo que experimenta su liberación y vive en esa libertad que él le otorga. La libertad verdadera la da siempre el Señor. La libertad, ante todo, del pecado, del egoísmo en todas sus formas: la libertad de entregarse y de hacerlo con alegría, tal como la Virgen de Nazaret, que permanece libre de sí misma, que no se repliega en su condición –¡y no le faltarían precisamente motivos para hacerlo!–, sino que piensa en quien, en aquel momento, está más necesitado. Es libre en la libertad de Dios, que se realiza en el amor. Y esta es la libertad que Dios nos ha otorgado, y que no debemos perder: la libertad de adorar a Dios, de servir a Dios y de servirlo también en nuestros hermanos.
Esta es la libertad que, con la gracia de Dios, experimentamos en la comunidad cristiana cuando nos ponemos al servicio unos de otros. Sin envidias, sin bandos, sin chismorreos… ¡Servirnos unos a otros, servirnos! Entonces el Señor nos libera de ambiciones y de rivalidades, que socavan la unidad de la comunión. Nos libera de la desconfianza, de la tristeza: la tristeza es peligrosa, porque nos deprime; es peligrosa, ¡guardaos de ella! Nos libera del miedo, del vacío interior, del aislamiento, de las añoranzas, de las quejas. Y es que tampoco en nuestras comunidades faltan actitudes negativas, que convierten a las personas en autorreferenciales, más preocupadas por defenderse que por entregarse. Pero Cristo nos libera de esa grisura existencial, tal como hemos proclamado en el Salmo responsorial: «Tú eres mi ayuda y mi liberación». Por eso los discípulos –nosotros, los discípulos del Señor–, aun permaneciendo siempre débiles y pecadores –¡todos lo somos!–, aun permaneciendo débiles y pecadores, estamos llamados a vivir con alegría y valentía nuestra fe, la comunión con Dios y con los hermanos, la adoración a Dios, y a afrontar con fortaleza las fatigas y las tribulaciones de la vida.
Queridos hermanos y hermanas: Que la Virgen Santa, a la que veneráis particularmente bajo el título de «Nuestra Señora de la Libre», os alcance la alegría de servir al Señor y de caminar en la libertad que él nos ha otorgado; en la libertad de la adoración, de la oración y del servicio a los demás. Que María os ayude a ser Iglesia maternal, Iglesia acogedora y solícita para con todos. Que ella esté siempre a vuestro lado, al lado de vuestros enfermos, de vuestros ancianos –que son la sabiduría del pueblo–, de vuestros jóvenes. Que sea para todo vuestro pueblo signo de consolación y de esperanza segura. ¡Que «Nuestra Señora de la Libre» nos acompañe, nos ayude, nos consuele, nos dé paz y nos dé alegría!

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)



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