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El Papa Francisco en la fiesta de la Divina Misericordia: «Para Dios ninguno está excluido»

En la mañana de hoy, el Papa Francisco presidió la Eucaristía desde el templo romano de Santo Spirito in Sassia. 

En este segundo domingo de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia, la homilía del Papa estuvo orientada a destacar tres dones de la Resurrección, presentes en el Evangelio de hoy que relata la aparición de Jesús ante sus discípulos. A saber: la paz, el Espíritu Santo y sus llagas, signo de la Pasión vivida por amor a los hombres.

«En primer lugar, les da la paz. Los discípulos estaban angustiados. Se habían encerrado en casa por temor, por miedo a ser arrestados y correr la misma suerte del Maestro. Pero no sólo estaban encerrados en casa, también estaban encerrados en sus remordimientos. Habían abandonado y negado a Jesús. Se sentían incapaces, buenos para nada, inadecuados. Jesús llega y les repite dos veces: “¡La paz esté con ustedes!”. No da una paz que quita los problemas del medio, sino una paz que infunde confianza dentro. No es una paz exterior, sino la paz del corazón».

En este punto, como recogen desde Vatican News,  Francisco subrayó que para Dios «ninguno es un incompetente, ninguno es inútil, ninguno está excluido» y recordó que Jesús hoy repite una vez más: «Paz a ti, que eres valioso a mis ojos. Paz a ti, que tienes una misión. Nadie puede realizarla en tu lugar. Eres insustituible. Y Yo creo en ti».  

El sacramento de la confesión

En segundo lugar —aseveró el Pontífice en su homilía— Jesús “misericordia” a sus amigos dándoles el Espíritu Santo que otorga para la remisión de los pecados (cf. vv. 22-23).

«Los discípulos eran culpables, habían huido abandonando al Maestro. Y el pecado atormenta, el mal tiene su precio. Siempre tenemos presente nuestro pecado, dice el Salmo (cf. 51,5). Solos no podemos borrarlo. Sólo Dios lo quita, sólo Él con su misericordia nos hace salir de nuestras miserias más profundas. Como aquellos discípulos, necesitamos dejarnos perdonar. El perdón en el Espíritu Santo es el don pascual para resurgir interiormente. Pidamos la gracia de acogerlo, de abrazar el Sacramento del perdón».

A este respecto, Francisco hizo hincapié en la importancia de comprender que en el centro de la confesión no estamos nosotros con nuestros pecados, sino Dios con su misericordia: «No nos confesamos para hundirnos, sino para dejarnos levantar. Es el sacramento de la Resurrección, es misericordia pura. Y el que recibe las confesiones debe hacer sentir la dulzura de la misericordia».

A continuación, el Santo Padre indicó el tercer don con el que Jesús se aproxima a sus discípulos: «ofrecerles sus llagas».

«Esas llagas nos han curado (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Pero, ¿cómo puede curarnos una herida? Con la misericordia. En esas llagas, como Tomás, experimentamos que Dios nos ama hasta el extremo, que ha hecho suyas nuestras heridas, que ha cargado en su cuerpo nuestras fragilidades. Las llagas son canales abiertos entre Él y nosotros, que derraman misericordia sobre nuestras miserias. Son los caminos que Dios ha abierto completamente para que entremos en su ternura y experimentemos quién es Él, y no dudemos más de su misericordia».

Al finalizar su alocución, el Papa invitó a los fieles a preguntarse: «Yo, que tantas veces recibí la paz de Dios, su perdón, su misericordia, ¿soy misericordioso con los demás? Yo, que tantas veces me he alimentado con su Cuerpo, ¿qué hago para dar de comer al pobre? No permanezcamos indiferentes. No vivamos una fe a medias, que recibe pero no da, que acoge el don pero no se hace don. Hemos sido misericordiados, seamos misericordiosos. Porque si el amor termina en nosotros mismos, la fe se seca en un intimismo estéril».

Tras la Eucaristía, el Papa Francisco rezó allí mismo la oración mariana del Regina Coeli y se dirigió a todos los presentes, recordando de forma especial a los fieles habituales del santuario, al personal de enfermería, detenidos, personas con discapacidades, huérfanos y migrantes, Hermanas Hospitalarias de la Divina Misericordia y voluntarios de la Defensa Civil, con este mensaje: «Espero que se sientan siempre misericordiados para ser, a su vez, misericordiosos. Que la Virgen María, Madre de la Misericordia, obtenga esta gracia a todos nosotros».

Sobre la festividad de la Divina Misericordia

Como bien apuntan desde Vatican News, la celebración de esta fiesta tiene su origen en las revelaciones privadas de Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca que recibió mensajes de Jesús sobre su Divina Misericordia en el pueblo de Plock, en Polonia.

Este día se celebra desde el pontificado de Juan Pablo II, en concreto: desde el año 2000.



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