Papa Francisco

Papa Francisco en Asís – Encuentro con los niños discapacitados y enfermos del Instituto Seráfico

papa francisco hermana

El Papa Francisco comenzó esta mañana su visita pastoral a Asís, con ocasión de las celebraciones del Patrono de Italia. El helicóptero papal aterrizó en el campo deportivo del Instituto Seráfico a las 7.30, con un cuarto de hora de anticipación según el programa previsto, dada también la intensa jornada, llena de citas.

Acogió al Obispo de Roma el presidente del Senado italiano, Piero Grasso, y la de la Región de Umbría, Catiuscia Marini. El primer y conmovedor encuentro del Papa en tierra de San Francisco fue con los niños minusválidos y enfermos, a quienes abrazó y besó.

«Nosotros nos encontramos entre las llagas de Jesús», ha dicho usted, señora. Ha dicho también que estas llagas necesitan ser escuchadas, ser reconocidas. Y me viene a la mente cuando el Señor caminaba con aquellos dos discípulos tristes. El Señor Jesús, al final, mostró sus llagas, y ellos lo reconocieron. Después, el pan, en el que él estaba. Mi hermano Domenico me decía que aquí se hace la adoración. También ese pan necesita ser escuchado, porque Jesús está presente y escondido tras la sencillez y la mansedumbre de un pan. Y aquí Cristo está escondido en estos chicos, en estos niños, en estas personas. En el altar, adoramos la carne de Jesús; en ellos encontramos las llagas de Jesús. Jesús escondido en la eucaristía y Jesús escondido en estas llagas, ¡que necesitan ser escuchadas! Tal vez no tanto en los periódicos, como noticias: esa es una escucha que dura uno, dos, tres días; después llega otra, y otra… Deben ser escuchadas por los que se dicen cristianos. El cristiano adora a Jesús, el cristiano busca a Jesús, el cristiano sabe reconocer las llagas de Jesús. Y hoy, todos nosotros, aquí, tenemos la necesidad de decir: «¡Estas llagas tienen que ser escuchadas!». Pero hay otra cosa que nos da esperanza: Jesús está presente en la Eucaristía, aquí está la carne de Jesús; Jesús está presente entre vosotros, aquí está la carne de Jesús: las llagas de Jesús están en estas personas.
Pero resulta interesante que Jesús, cuando resucitó, era bellísimo. No tenía en su cuerpo hematomas, heridas… ¡nada! ¡Era más hermoso! Solo quiso conservar las llagas, y se las llevó al cielo. Las llagas de Jesús están aquí y están en el cielo, delante del Padre. Nosotros curamos las llagas de Jesús aquí, y él, desde el cielo, nos muestra sus llagas y nos dice a todos nosotros, a todos nosotros: «¡Te estoy esperando!». Así sea.
El Señor os bendiga a todos. Que su amor descienda sobre nosotros, camine con nosotros; que Jesús nos diga que estas llagas son suyas y nos ayude a darles voz, para que los cristianos las escuchemos.

Palabras que el Papa Francisco había preparado y que entregó al obispo de Asís, dándolas por leídas:

Queridos hermanos y hermanas:

¡Quiero iniciar mi visita a Asís con vosotros: os saludo a todos! Hoy es la fiesta de San Francisco, y yo he escogido, como Obispo de Roma, llevar su nombre. Por eso estoy hoy aquí: mi visita es, sobre todo, una peregrinación de amor para rezar ante la tumba de un hombre que se desnudó de sí mismo y se revistió de Cristo y que, siguiendo el ejemplo de Cristo, amó a todos, especialmente a los más pobres y abandonados, y amó con estupor y sencillez la creación de Dios. Al llegar aquí a Asís, a las puertas de la ciudad, se encuentra este Instituto, llamado precisamente «Seráfico», un sobrenombre de San Francisco. Lo fundó un gran franciscano: el beato Ludovico da Casoria. Y es justo empezar por aquí. San Francisco, en su Testamento, dice: «El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (FF, 110).
Desgraciadamente, la sociedad está contaminada por la cultura del «desecho», que se opone a la cultura de la acogida. Y las víctimas de la cultura del desecho son precisamente las personas más débiles, más frágiles. En esta casa, por el contrario, veo en acción la cultura de la acogida. Ciertamente, tampoco aquí todo será perfecto, pero colaboráis unos con otros  para que las personas con dificultades graves tengan una vida digna. ¡Gracias por esta señal de amor que nos lanzáis: esta es la señal de la verdadera civilización, humana y cristiana! ¡Poner en el centro de la atención social y política a las personas más desfavorecidas! A veces, en cambio, las familias de encuentran solas a la hora de hacerse cargo de ellas. ¿Qué hacer? Desde este lugar en el que se ve el amor concreto, digo a todos: Multipliquemos las obras de la cultura de la acogida; obras animadas, ante todo, por un profundo amor cristiano, amor a Cristo crucificado, amor a la carne de Cristo; obras en las que la profesionalidad y el trabajo cualificado y justamente remunerado  han de unirse con el voluntariado, un tesoro precioso.
Servir con amor y con ternura a las personas que tanta ayuda necesitan nos hace crecer en humanidad, porque ellas son auténticos recursos de humanidad. San Francisco era un joven rico; tenía ideales de gloria, pero Jesús, en la persona de aquel leproso, le habló en silencio y lo cambió; le dio a entender lo que vale realmente en la vida: no la riqueza, la fuerza de las armas, la gloria terrenal, sino la humildad, la misericordia, el perdón.
Aquí, queridos hermanos y hermanas, quiero leeros algo personal: una de las cartas más hermosas que he recibido, un regalo de amor de Jesús. Me la ha escrito Nicolás, un muchacho de 16 años, discapacitado desde su nacimiento, que vive en Buenos Aires. Os la leo: «Querido Francisco: Soy Nicolás, y tengo 16 años; como no puedo escribirte yo (porque todavía no hablo ni ando), he pedido a mis padres que lo hagan en mi lugar, porque son las personas que más me conocen. Te quiero contar que, cuando tenía 6 años, en mi colegio, que se llamaba Aedin, el padre Pablo me dio la primera comunión, y este año, en noviembre, recibiré la confirmación, algo  que me da mucha alegría. Todas las noches, desde cuando tú me lo pediste, le pido a mi ángel de la guarda, que se llama Eusebio y que tiene mucha paciencia, que te custodie y que te ayude. ¡Ten la seguridad de que lo hace muy bien, porque cuida de mí y me acompaña todos los días! ¡Ah! ¡¡Y cuando no tengo sueño… viene a jugar conmigo!! Me gustaría mucho ir a verte y recibir tu bendición y un beso: ¡¡solo eso!! Te mando muchos saludos y sigo pidiéndole a Eusebio que cuide de ti y te dé fuerza. Besos. NICO».
En esta carta, en el corazón de este muchacho, hay belleza, hay amor, poesía de Dios. Dios se revela a quienes  tienen un corazón sencillo, a los pequeños, a los humildes, a aquellos a   los que a menudo consideramos últimos; también a vosotros, queridos amigos: ese chico, cuando no logra dormirse, juega con su ángel de la guarda; es Dios quien baja a jugar con él.
En la capilla de este Instituto, el obispo ha querido que haya adoración eucarística permanente: el mismo Jesús al que adoramos en el sacramento, lo encontramos en el hermano más frágil, del que aprendemos, sin barreras ni complicaciones, que Dios nos ama con sencillez de corazón.
Gracias a todos por este encuentro. Os llevo conmigo, en el afecto y en la oración. Pero también vosotros, ¡rezad por mí! Que el Señor os bendiga y que la Virgen y San Francisco os protejan.

Tras abandonar la capilla, el Santo Padre, asomándose a una ventana, ha dirigido las siguientes palabras a las personas presentes en el exterior del edificio:

¡Buenos días! Os saludo. Muchas gracias por todo esto. Y rezad por todos los niños, los muchachos, las personas que están aquí, por todos los que trabajan aquí. ¡Por ellos! ¡Es tan hermoso! ¡Que el Señor os bendiga! ¡Rezad también por mí! ¡Pero siempre! ¡Rezad a favor, no en contra! Que el Señor os bendiga.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

 

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