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Papa Francisco en Albania (2): Homilía de la misa en Tirana (íntegra en español)

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Papa Francisco en Albania (2): Homilía de la misa en Tirana (íntegra en español), domingo 21 de septiembre de 2014:

«¡Volad alto! ¡Subid!» Homilía y «Ángelus» del Papa Francisco en la plaza de la Madre Teresa de Tirana (21-9-2014)

El Evangelio que hemos escuchado nos dice que Jesús, además de llamar a los Doce Apóstoles, llamó a otros setenta y dos discípulos y los envió a anunciar el Reino de Dios por pueblos y ciudades (cf. Lc 10, 1-9. 17-20).

Él vino a traer al mundo el amor de Dios y quiere difundirlo mediante la comunión y la fraternidad. Por eso constituye enseguida una comunidad de discípulos, una comunidad misionera, y los prepara para la misión, para «ir». El método misionero es claro y sencillo: los discípulos van a las casas, y su anuncio comienza con un saludo lleno de significado: «Paz a esta casa» (v. 5). No es solo un saludo, es también un don: la paz. Queridos hermanos y hermanas de Albania, yo también vengo hoy entre vosotros a esta plaza dedicada a una humilde y gran hija de esta tierra, la beata Madre Teresa de Calcuta, para repetiros este saludo: ¡Paz a vuestras casas, paz a vuestros corazones, paz a vuestra nación!

En la misión de los setenta y dos discípulos se refleja la experiencia misionera de la comunidad cristiana de todos los tiempos: el Señor resucitado y vivo envía no solo a los Doce, sino a la Iglesia entera; envía a todo bautizado a anunciar el Evangelio a todos los pueblos. A lo largo de los siglos, no siempre ha sido bien acogido el anuncio de paz llevado por los mensajeros de Jesús; a veces les han cerrado las puertas. Hasta un pasado reciente, también las puertas de vuestro país estuvieron cerradas, cerradas con el cerrojo de las prohibiciones y de las prescripciones de un sistema que negaba a Dios e impedía la libertad religiosa. Quienes tenían miedo a la verdad y a la libertad hacían todo lo posible por desterrar a Dios del corazón humano y por excluir a Cristo y a la Iglesia de la historia de vuestro país, aun cuando este había sido uno de los primeros en recibir la luz del Evangelio: en efecto, en la Segunda Lectura hemos oído mencionar a Iliria, que en tiempos del apóstol Pablo incluía el territorio de la actual Albania.

Pensando en esos decenios de atroces sufrimientos y de durísimas persecuciones contra católicos, ortodoxos y musulmanes, podemos decir que Albania fue tierra de mártires: muchos obispos, sacerdotes, religiosos, fieles laicos, ministros de culto de otras religiones, pagaron con la vida su fidelidad. No faltaron pruebas de gran valor y de coherencia en la confesión de la fe. ¡Cuántos cristianos, en vez de doblegarse ante las amenazas, prosiguieron sin vacilación por el camino emprendido! Me traslado espiritualmente a esa tapia del cementerio de Escútari, lugar-símbolo del martirio de los católicos en el que se llevaban a cabo los fusilamientos, y con emoción deposito las flores de la oración y de un recuerdo agradecido e imperecedero. El Señor ha estado a vuestro lado, queridos hermanos y hermanas, para sosteneros; él os ha guiado y consolado y, finalmente, os ha llevado sobre alas de águila, como hizo un día con el antiguo pueblo de Israel, como hemos escuchado en la Primera Lectura. Que el águila representada en la bandera de vuestro país os invite a tener esperanza, a poner siempre vuestra confianza en Dios, que nunca defrauda y que está siempre a nuestro lado, especialmente en los momentos difíciles. Hoy las puertas de Albania han vuelto a abrirse, y está madurando un tiempo de nuevo protagonismo misionero para todos los miembros del Pueblo de Dios: todo bautizado tiene un lugar y una tarea que desarrollar en la Iglesia y en la sociedad. Que todos se sientan llamados a comprometerse generosamente en el anuncio del Evangelio y en el testimonio de la caridad y a reforzar los vínculos de solidaridad para promover condiciones de vida más justas y fraternales para todos.

Hoy he venido para agradeceros vuestro testimonio y también para animaros a hacer que crezca la esperanza en vuestro interior y a vuestro alrededor. No os olvidéis del águila. El águila no olvida su nido, pero vuela alto. ¡Volad alto! ¡Subid! He venido para animaros a involucrar a las nuevas generaciones; a alimentaros asiduamente de la Palabra de Dios abriendo vuestros corazones a Cristo, al Evangelio, al encuentro con Dios, al encuentro entre vosotros, como ya hacéis: con este encuentro vuestro, dais testimonio a Europa entera. En espíritu de comunión entre los obispos, los sacerdotes, las personas consagradas y los fieles laicos, os animo a impulsar la acción pastoral, que es una acción de servicio, y a seguir buscando nuevas formas de presencia de la Iglesia en el seno de la sociedad. Esta invitación la dirijo de manera especial a los jóvenes. ¡Había tantos en el camino del aeropuerto hasta aquí! ¡Este es un pueblo joven, muy joven! Y donde hay juventud hay esperanza. Escuchad a Dios, adorad a Dios y amaos entre vosotros como pueblo, como hermanos. Iglesia que vives en esta tierra de Albania: Gracias por tu ejemplo de fidelidad. No os olvidéis del nido, de vuestra historia lejana, ni tampoco de las tribulaciones; no os olvidéis de las heridas, pero no os venguéis. Seguid trabajando con esperanza por un futuro grande. Muchos hijos e hijas de Albania sufrieron incluso hasta el sacrificio de su vida.

Que su testimonio sostenga vuestros pasos de hoy y de mañana por el camino del amor, por el camino de la libertad, por el camino de la justicia y sobre todo por el camino de la paz. Que así sea. «Ángelus» del Santo Padre Queridos hermanos y hermanas: Antes de que acabe esta celebración, me gustaría dirigir un saludo a todos los que habéis venido de Albania y de otros países vecinos. Os doy las gracias por vuestra presencia y por el testimonio que dais de vuestra fe. En especial me dirijo a vosotros, los jóvenes. Dicen que Albania es el país más joven de Europa, y me dirijo a vosotros. Os invito a construir vuestra existencia sobre Jesucristo, sobre Dios: quien construye sobre Dios construye sobre roca, porque él siempre permanece fiel, aun cuando seamos infieles (cf. 2 Tim 2, 13). Jesús nos conoce mejor que nadie; cuando nos equivocamos, no nos condena, sino que nos dice: «Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8, 11).

Queridos jóvenes: Vosotros sois la nueva generación, la nueva generación de Albania, el futuro de la patria. Con la fuerza del Evangelio, el ejemplo de vuestros antepasados y el de vuestros mártires, decid que no a la idolatría del dinero –¡no a la idolatría del dinero!–, no a la falsa libertad individualista, no a las dependencias y a la violencia; y decid, en cambio, que sí a la cultura del encuentro y de la solidaridad; sí a la belleza inseparable del bien y de la verdad; sí a la vida entregada con ánimo grande, pero fiel en las pequeñas cosas. Así construiréis una Albania y un mundo mejor, siguiendo las huellas de vuestros antepasados. Dirijámonos ahora a la Virgen Madre, a la que veneráis principalmente con el título de «Nuestra Señora del Buen Consejo». Me traslado espiritualmente a su santuario de Escútari, al que tanta devoción tenéis, y pongo en sus manos a toda la Iglesia que está en Albania y a todo el pueblo albanés, particularmente a las familias, a los niños y a los ancianos, que son la memoria viva del pueblo. Que la Virgen María os guíe para que caminéis «con Dios hacia la esperanza que no defrauda jamás». «Angelus Domini…».

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

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