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Papa Francisco en Albania (1): Discurso a las autoridades (discurso íntegro en español)

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Papa Francisco en Albania (1): Discurso a las autoridades (discurso íntegro en español)

Albania, tierra de héroes y tierra de mártires Discurso del Papa Francisco en su encuentro con las autoridades albanesas en el Palacio Presidencial de Tirana (21-9-2014)

Señor presidente, Señor primer ministro, distinguidos miembros del Cuerpo Diplomático, Excelencias, señoras y señores:

Me alegra mucho encontrarme con ustedes en la noble tierra de Albania, tierra de héroes que sacrificaron su vida por la independencia del país, y tierra de mártires, que dieron testimonio de su fe en los tiempos difíciles de la persecución. Les agradezco la invitación a visitar su patria, llamada la «Tierra de las Águilas», y también les doy las gracias por su festiva acogida. Ha pasado ya casi un cuarto de siglo desde que Albania encontró de nuevo el camino arduo pero apasionante de la libertad. Gracias a ello, la sociedad albanesa pudo emprender un camino de reconstrucción material y espiritual, desplegar muchas energías e iniciativas, abrirse a la colaboración y al intercambio con los países vecinos de los Balcanes y del Mediterráneo, con Europa y con el mundo entero. La libertad recuperada les ha permitido mirar al futuro con confianza y esperanza, poner en marcha proyectos y tejer nuevas relaciones de amistad con naciones cercanas y lejanas. El respeto a los derechos humanos –respeto es una palabra esencial para ustedes–, entre los que destaca la libertad religiosa y de pensamiento, es, en efecto, condición previa para el propio desarrollo social y económico de un país. Cuando se respeta la dignidad del hombre y sus derechos son reconocidos y tutelados, florecen también la creatividad y el ingenio, y la personalidad humana puede desplegar sus múltiples iniciativas a favor del bien común. Me alegro de modo especial por una feliz característica de Albania, que debe ser preservada con todo cuidado e interés: me refiero a la convivencia pacífica y a la colaboración entre los miembros de diferentes religiones. El clima de respeto y de confianza recíproca entre católicos, ortodoxos y musulmanes es un bien precioso para el país, y adquiere un relieve especial en este tiempo nuestro en que, de parte de grupos extremistas, se desnaturaliza el auténtico sentido religioso y se distorsionan e instrumentalizan las diferencias entre las diversas confesiones, haciendo de ellas un factor peligroso de conflicto y violencia, en vez de ocasión de diálogo abierto y respetuoso y de reflexión común sobre lo que significa creer en Dios y seguir su ley. ¡Que nadie piense que puede escudarse en Dios al proyectar y realizar actos de violencia y de abuso! ¡Que nadie tome la religión como pretexto para las propias acciones contrarias a la dignidad del hombre y a sus derechos fundamentales, empezando por el derecho a la vida y a la libertad religiosa de todos! Lo que sucede en Albania demuestra, por el contrario, que la convivencia pacífica y fructífera entre personas y comunidades pertenecientes a distintas religiones no solo es deseable, sino posible y realizable de modo concreto. En efecto, la convivencia pacífica entre las diferentes comunidades religiosas es un bien inestimable para la paz y para el desarrollo armonioso de un pueblo. Es un valor que hay que custodiar y que hacer crecer cada día, a través de la educación en el respeto de las diferencias y de las identidades específicas abiertas al diálogo y a la colaboración por el bien de todos, mediante el conocimiento y la estima recíproca. Es un don que hay que pedir siempre al Señor en la oración. ¡Que Albania prosiga siempre por este camino, sirviendo a muchos países de ejemplo en el que inspirarse! Señor Presidente: Tras el invierno del aislamiento y de las persecuciones, llegó por fin la primavera de la libertad. Mediante elecciones libres y nuevas estructuras institucionales, se ha consolidado el pluralismo democrático, y este ha favorecido también la recuperación de la actividad económica. Sobre todo al principio, muchos, impulsados por la búsqueda de trabajo y de mejores condiciones de vida, tomaron el camino de la emigración, y contribuyen a su modo al progreso de la sociedad albanesa. Otros muchos han redescubierto razones para permanecer en su patria y construirla desde dentro. Las fatigas y los sacrificios de todos han contribuido a mejorar las condiciones generales. La Iglesia católica, por su parte, ha podido reemprender una existencia normal, restableciendo su jerarquía y reanudando los hilos de una larga tradición. Se han edificado o reconstruido lugares de culto, entre los que destaca el santuario de la Virgen del Buen Consejo, en Escútari; se han fundado escuelas e importantes centros educativos y asistenciales, a disposición de toda la ciudadanía. Justamente, pues, la presencia de la Iglesia y su acción se perciben como un servicio no solo para la comunidad católica, sino para la nación entera. La beata Madre Teresa, junto con los mártires que dieron testimonio heroico de su fe –a quienes va nuestro reconocimiento más alto y nuestra oración–, ciertamente se alegra en el cielo ante el afán de los hombres y mujeres de buena voluntad por que florezcan de nuevo la sociedad y la Iglesia en Albania. Con todo, aparecen ahora nuevos desafíos a los que hay que responder. En un mundo que tiende a la globalización económica y cultural, se impone no escatimar esfuerzo alguno para que el crecimiento y el desarrollo estén a disposición de todos, y no solo de una parte de la población. Además, semejante desarrollo no será auténtico si no es también sostenible y equitativo, es decir, si no tiene en cuenta los derechos de los pobres y no respeta el medio ambiente. Es preciso que a la globalización de los mercados le corresponda una globalización de la solidaridad; el crecimiento económico ha de acompañarse de un mayor respeto por la creación; junto con los derechos individuales, hay que tutelar los de las entidades intermedias entre el individuo y el Estado, empezando por la familia, que es la primera. Albania puede afrontar hoy estos retos en un marco de libertad y de estabilidad que hay que consolidar y que representa un buen augurio para el futuro. Agradezco cordialmente a cada uno de ustedes la exquisita acogida, y como hizo San Juan Pablo II en abril de 1993 invoco sobre Albania la protección de María, Madre del Buen Consejo, encomendando a ella las esperanzas de todo el pueblo albanés. Que Dios derrame sobre Albania su gracia y su bendición.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA).

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