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Santa Sede

Papa Francisco – Ángelus domingo 13 de julio de 2014

La Virgen María, modelo perfecto de la «tierra buena» del Evangelio

«Ángelus» del domingo 13 de julio de 2014

Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días!

El Evangelio de este domingo (Mt 13, 1-23) nos muestra a Jesús que predica junto al lago de Galilea, y como una gran muchedumbre lo rodea, sube a una barca, se aleja un poco de la orilla y predica desde allí. Cuando habla al pueblo, Jesús utiliza michas parábolas: un lenguaje comprensible para todos, con imágenes tomadas de la naturaleza y de las situaciones de la vida diaria.
La primera que narra es una introducción a todas las parábolas: es la del sembrador, que, incansable, echa la simiente en todo tipo de terreno. Y la verdadera protagonista de esta parábola es precisamente la semilla, que produce mayor o menor fruto según el terreno en que ha caído. Los tres primeros terrenos son improductivos: al borde del camino, se la comen los pájaros; en terreno pedregoso, los brotes se secan enseguida por falta de raíz; entre abrojos, las espinas ahogan la semilla. El cuarto terreno es la tierra buena, y solo ahí la semilla arraiga y da fruto.
En este caso, Jesús no se limitó a presentar la parábola, sino que también la explicó a sus discípulos. La simiente caída al borde del camino significa a cuantos escuchan el anuncio del Reino de Dios pero no lo acogen; así llega el Maligno y lo roba. Y es que el Maligno no quiere que la semilla del Evangelio germine en el corazón de los hombres. Esta es la primera comparación. La segunda es la de la semilla caída en terreno pedregoso: representa a las personas que escuchan la Palabra de Dios y la acogen enseguida, pero de manera superficial, porque no tienen raíces y son inconstantes; y cuando llegan las dificultades y las tribulaciones, dichas personas enseguida sucumben. El tercer caso es el de la simiente caída entre abrojos: Jesús explica que se refiere a las personas que escuchan la Palabra, pero en las que esta, debido a los afanes mundanales y a la seducción de las riquezas, queda ahogada. Por último, la simiente caída en terreno fértil representa a cuantos escuchan la Palabra, la acogen, la custodian y la entienden,  por lo que esta da fruto. El modelo perfecto de esta tierra buena es la Virgen María.
Esta parábola habla hoy a cada uno de nosotros como hablaba a los oyentes de Jesús hace dos mil años. Nos recuerda que nosotros somos el terreno en el que el Señor echa incansablemente la semilla de su Palabra y de su amor. ¿Con qué disposiciones lo acogemos? Y podemos preguntarnos: ¿Cómo es nuestro corazón? ¿A qué terreno se parece? ¿A un camino, a un pedregal, a un zarzal? De nosotros depende convertirnos en tierra buena no solo sin espinas ni piedras, sino también roturada y cultivada con esmero para que pueda dar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.
Y nos vendrá bien no olvidar que nosotros también somos sembradores. Dios siembra semillas buenas, y aquí también podemos preguntarnos: ¿Qué tipo de semilla sale de nuestro corazón y de nuestra boca? Nuestras palabras pueden hacer mucho bien y también mucho mal; pueden curar y pueden herir; pueden animar y pueden deprimir. Recordadlo: no es lo que entra lo que importa, sino lo que sale de la boca y del corazón.
Que la Virgen nos enseñe, con su ejemplo, a acoger la Palabra, a custodiarla y a hacer que fructifique en nosotros y en los demás.

Palabras y llamamiento del Santo Padre tras el rezo del Ángelus:

A todos os dirijo un llamamiento apremiante a seguir rezando con insistencia por la paz en Tierra Santa, ante los trágicos acontecimientos de los últimos días. Conservo aún en la memoria el recuerdo vivo del encuentro del pasado 8 de junio con el Patriarca Bartolomé, con el presidente Peres y con el presidente Abbas, con los que invocamos el don de la paz y escuchamos la llamada a romper la espiral del odio y de la violencia. Alguien podría pensar que ese encuentro se celebró en vano. ¡Pues no! La oración nos ayuda a no dejarnos vencer por el mal y a no resignarnos a que la violencia y el odio triunfen sobre el diálogo y la reconciliación. Exhorto a las partes implicadas y a cuantos tienen responsabilidades políticas en el ámbito local e internacional a no dejar de orar y a no regatear esfuerzo alguno con vistas al cese de toda hostilidad y a la consecución de la paz anhelada, en beneficio de todos. Recemos todos en silencio. [Oración silenciosa]. ¡Ahora, Señor, ayúdanos tú! Danos tú la paz, enséñanos tú la paz, guíanos tú hacia la paz. Abre nuestros ojos y nuestros corazones, y danos el valor de decir: «¡Nunca más la guerra!», «¡Con la guerra todo queda destruido!». Infunde en nosotros el valor de realizar gestos concretos para construir la paz… Haznos disponibles a escuchar el grito de nuestros ciudadanos que nos piden que transformemos nuestras armas en instrumentos de paz, nuestros miedos en confianza y nuestras tensiones en perdón. Amén.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)



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