Diócesis Iglesia en España

Palabras del arzobispo Braulio Rodríguez en la apertura de las Jornadas de Pastoral de Toledo

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Con la cordialidad que nos proporciona la comunión eclesial que nos une, os doy la bienvenida a estas I Jornadas de Pastoral a cuantos
abarrotáis este Salón de Actos del Colegio de Infantes o podéis seguirnos por otros medios. Tengo la dicha de saludar y presentar al
Sr. Obispo de Frejùs-Toulon, Monsegneur Dominique Rey.

Soy consciente del esfuerzo y generosidad que supone estar con nosotros en Toledo estos dos días, ayudándonos a prepararnos mejor para poder evangelizar como Iglesia de Toledo a cuantos junto a nosotros no conocen realmente a Jesucristo.

La fe católica no la comparten todos nuestros contemporáneos. No me refiero a cuantos han llegado a nosotros desde otros países como
migrantes y no son cristianos. Se trata de vecinos nuestros, conciudadanos; con frecuencia no sabemos como presentar bien nuestra
fe y a su fundador, nuestro Señor Jesucristo. Son adolescentes, jóvenes y adultos alejados o despreocupados de Cristo.

Quiero referirme a un texto bíblico que me ha mucho la atención estos días de Navidad: “Sed constantes en la oración; que ella os mantenga
en vela dando gracias a Dios. Rezad al mismo tiempo por nosotros, para  que el Señor nos dé ocasión n de predicar y de exponer el misterio de
Cristo, por el que estoy en la cárcel; pedid que lo predique con el lenguaje que debo” (Col 4,2-4). Escribiendo de este modo, el Apóstol
nos descubre actitudes suyas que también deben ser nuestras, de cualquier cristiano que le preocupe anunciar a Cristo como servicio de
amor necesario a sus contemporáneos.

Una de estas actitudes es pedir que utilicemos el lenguaje adecuado, porque no nos ha de importar tener éxito humano, sino que los hombres,
siempre pobres, sean llenos de una riqueza absolutamente necesaria. Esa preocupación nos debe alejar de cualquier actitud de superioridad,
o de desprecio disimulado ante la situación del no creyente o alejado. Lo que ha de cambiar en nosotros es la postura de los fariseos, no
querida por Jesucristo, que expresaban un desdén hacia “esa gente que no conoce la Ley: son unos malditos” (Jn 7,49). La mayor desgracia
para los humanos es desconocer a Cristo que nos salva de la vacuidad de las preocupaciones mundanas.

Pero ni nosotros somos capaces por sí mismos de alcanzar a Cristo, ni podemos con nuestras solas fuerzas llevar a nadie a Cristo. “Para que
nos hagamos capaces de alcanzarlo a Él, que era igual al Padre en la forma de hombre, se hizo semejante a nosotros en la forma de siervo,
para reformarnos a semejanza de Dios; y, convertido en hijo del hombre –Él, que era único Hijo de Dios-, convirtió a muchos hijos de los
hombres en hijos de Dios” (San Agustín, Sermón 194: PL 38, 1016-2017).

 

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