Coronavirus

Padres, profesores y alumnos resisten

El salón de la familia Oviedo Anthony, en el madrileño barrio de Villaverde Bajo, se ha convertido en una escuela en miniatura. Como tantas otras familias, se adaptan como pueden a la situación. Durante las mañanas, cada uno hace su tarea. Lara Anthony de Sena y Juan Manuel Oviedo Valencia, los padres, también son profesores. Juan Ernesto (15 años), Magdalena (11) y Javier (9) hacen sus tareas, cada uno según su curso. La abuela materna les dejó un ordenador para que todos en la casa pudieran trabajar o estudiar.
Por las tardes, el salón se transforma en espacio de actividades extraescolares. Es una familia con un carácter más bien casero y, por eso, el encierro «no afecta mucho», en palabras de Juan Manuel, el padre. Además, explica cómo, por las tardes, han montado sesiones de gimnasia «para desfogar, que hace falta». Ejemplo de ello es Juan Ernesto, que cursa 4º de ESO en la Agrupación Escolar Europea, tiene 15 años, y lo que más echa de menos es «la naturaleza, estar fuera, el frío, salir un poco aunque sea a mirar». Además, reconoce que tener clase on line «es más pesado» que hacerlo presencialmente. Su hermana Magdalena, de 11 años y en 6º de Primaria en el colegio El Greco (el mismo que su hermano Javier), coincide en la dificultad de tener clase en casa. «Además de conectarse, una de las cosas más difíciles es hacer los deberes sin profes y que no vemos a gente de nuestra edad. Hoy venía pensando en llamar a Noelia… es un poco agobiante quedarse solo y no poder salir de casa nada más que para tirar la basura», cuenta. Y eso que, en su caso, el hecho de vivir tantos la cuarentena lo ve con «mucha suerte».
El proceso para llegar a una rutina en casa de los Oviedo Anthony no ha sido sencillo, como cuenta Lara: «Te diría que nos hemos ido organizando progresivamente mejor. Ha sido un poco agobiante trabajar nosotros y que ellos trabajen, porque cada niño es un mundo y tiene una autonomía diferente». Parte de esa organización es haber buscado la manera de acomodarse todos en el salón, «porque, si no, la wifi no llega». Y, aunque la conexión funcione, los problemas son otros. «Muchos formularios interactivos son muy chulos, pero no siempre salen automáticamente. Nos llamó, por ejemplo, una compañera de 3º de Primaria de Javier, a ver si podían. Hacer juntos la tarea porque estaban perdidos. En tablet no funciona igual, se bloquea, y hay padres y madres que no controlan», explica Lara.

Padres y profesores

Mientras ayuda a sus hijos, Lara tiene que dar clases en Secundaria y Bachillerato del colegio Santa Catalina de Siena, que pertenece a la Fundación Educativa Francisco Coll. Es profesora de Economía (en inglés y español) y Matemáticas. La situación varía según el nivel educativo y, más aún, según cada estudiante. Por ejemplo, entre los de 2º de Bachillerato la pregunta sobre la Selectividad continúa en el aire. «No quieren tirar la toalla, están a la expectativa. Para ellos me queda dar un tema, en ese sentido no me agobia, pero no es lo mismo estudiarlo por tu cuenta que en clase todos los días», afirma. Una de las cosas más costosas ha sido lograr contactar con todos los alumnos. «Al principio tuve una crisis gorda, era como estar en el punto cero. Y una de las cosas que hemos reflexionado es que cuando escribes a la familia no sabes qué está pasando, si hay un familiar enfermo o tiene una dificultad a nivel de wifi o dispositivos, o tiene morro», explica. Los alumnos de Juan Manuel son de FP Básica, un nivel educativo en el que están matriculados aquellos que ya han dejado la Secundaria. Para ellos, sacar este título formándose en algún oficio es su mejor baza para afrontar el futuro. «Pero Inditex ya nos ha dicho que este año no va a coger a ninguno en prácticas», cuenta el profesor. Eso, teniendo en cuenta que habrá muchas otras empresas sobre las que aún no se sabe y que, previsiblemente, tampoco aceptarán alumnos en prácticas, suponiendo que sigan abiertas. A la difícil situación de la economía en general se suma el saber qué va a pasar con estas titulaciones. ¿Tendrán que salir al mercado de trabajo haber pasado por una empresa? ¿Quién les contratará, entonces? Aún no hay una respuesta.
Además, el colegio en el que Juan Manuel da clase, Trabenco, se encuentra en el Pozo del Tío Raimundo (Madrid), un barrio donde la situación económica es desfavorable y a corto plazo, la situación requiere improvisar casi a diario. De sus quince alumnos, varios se han descolgado. Queda la pregunta de qué hacer si estas dos semanas son evaluables. Con los que sí responden, la situación no siempre es fácil. «Las clases on line… no es sencillo. Atendemos diferentes casuísticas: hay quien tiene ordenador y el resto suele tener móvil y es más difícil; de los que lo tienen, muchos no pueden robar la wifi a los vecinos, es así», explica. Incluso si tienen la posibilidad de conectarse, a veces ni los alumnos ni las familias tienen los conocimientos técnicos para ello. Por eso, en ocasiones basta con que envíen una foto por WhatsApp de la tarea del día.

Llegar a todos, llegar sin horarios

Si en una gran ciudad y con alumnos adolescentes de cierta autonomía es difícil llegar a todos, el entorno rural tampoco es fácil. María José Soto Suárez es maestra de Primaria de un Centro Público Rural en Alicún de Ortega, Granada. Sus alumnos son de 1º y 2º de Primaria, por lo que tiene que contar con las madres para continuar con la educación de los niños. «Las mamás están un poquito cansadas, es mucha la información que les llega y a lo mejor mandas una tarea para lunes y martes y la hacen toda el lunes», explica. Uno de los objetivos es seguir «estrictamente el horario de clase, por sesiones», pero reconoce que «está siendo complicado».
Entre las dificultades, sin embargo, María José encuentra muchas cosas positivas: alumnas que cuando le envían la tarea le recuerdan que le echan de menos, o una comunicación fluida con las madres. «Les digo que estamos aprendiendo juntas, que me digan mis errores si algo puedo mejorar, y yo a ellas igual», cuenta. La atención personalizada a distancia tiene, eso sí, una exigencia mayor. «Mi hijo me dice que me ponga un horario, pero a lo mejor una mamá me puede llamar por la tarde, y le ayudas», cuenta.

El liderazgo, clave

Por otra parte Mar Izuel es la directora del colegio Montserrat de Barcelona y, además, la responsable de la red de 10 colegios que tiene su congregación, las Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret. En total, 9.800 alumnos y 550 profesores. La noticia del cierre en su colegio llegó un jueves a las 2 del mediodía, cuando quedaban tres horas para que se hiciera efectivo. «En Barcelona no hubo un día de margen para que los profesores y el personal acudiera al colegio, imagínate, tomamos las decisiones a contrarreloj», recuerda. Una de las pocas acciones que pudieron llevar a cabo en el estrecho margen fue reunir a los alumnos por etapas y «darles recomendaciones directamente». Precisamente, uno de los puntos que destaca Izuel es el proceso de reflexión que tienen que hacer casi a diario para adaptarse a las clases desde casa. «Antes el proceso de reflexión, tomar decisiones e implementar lo hacías de un año para otro, ahora este proceso hay que hacerlo a contrarreloj», comenta. También señala que tiene que agradecer el trabajo del equipo directivo, no solo en su centro sino en los otros nueve de la red. Y sobre los profesores: «Destacaría la generosidad y reinvención».
Desde su responsabilidad, y aunque el día a día consuma gran parte de sus fuerzas, Izuel tiene la vista puesta en septiembre. Asegura que será necesario hacer «encaje de bolillos» en lo económico para mantener la actividad de los centros. Está convencida de que muchas cosas cambiarán, lo expresa así: «Nadie tiene la clave ni la respuesta, todo el mundo hace lo que puede. Pero bueno, es un momento muy incierto que nos marcará una nueva manera de ver y de vivir. Si añoramos tener lo que teníamos, estamos muy equivocados».

La tecnología, una herramienta

Manuel Ángel Maestro reconoce que la situación les ha pillado por sorpresa. Él es el responsable de comunicación y márketing de la Fundación Educativa Santo Domingo (FESD), que agrupa 22 colegios y dos centros de estudios de música, la mayoría de congregaciones de la familia dominicana. Entre las responsabilidades de su cargo está la de coordinar las TIC, uno de los elementos que más se está poniendo a prueba en estas semanas. Lo primero que destaca Maestro es que «la tecnología es una herramienta al servicio de un proyecto». Por ejemplo, explica que han rechazado muchos materiales gratuitos ofrecidos por las editoriales en este mes. Como en muchos otros centros educativos, utilizan las herramientas que Google ofrece a los centros educativos. Una de las primeras preguntas era si los servidores podrían aguantar el pico de tráfico por Internet. «Aguantan mejor de lo que esperaba», apunta Maestro. Para ello, han establecido mecanismos que permitan no saturar la red. Por ejemplo, en las ocasiones en que los profesores imparten clase por videoconferencia, la mayor parte del tiempo los alumnos tienen tanto el micrófono como la cámara cerrados para no tener problema con el ancho de banda.
Esta situación ha causado frecuentes imprevistos. Por ejemplo, muchos profesores, al menos la mitad, no pudieron recoger a tiempo los dispositivos Chromebooks que habían encargado para los colegios de la Fundación y para dar clase utilizan sus ordenadores personales. Otro tema que preocupa, y mucho, es la brecha digital entre alumnos. Lo explica así Maestro: «No todos los alumnos tienen ordenadores, o hay uno en casa pero lo usan papá y mamá para teletrabajar». Ante ello, las soluciones son variadas. Desde dar clases por la tarde en horario no laboral hasta, directamente, utilizar el teléfono, «que es el aparato más democrático».
A la vez, esta situación es una oportunidad. «Tenemos un profesorado muy desigual, y la competencia digital no es homogénea», añade Maestro. En este sentido, han hecho un esfuerzo importante, e incluso en estos días se han hecho algunos webinar (formaciones online) para ayudar en los aspectos técnicos, por ejemplo, sobre cómo hacer videoconferencias. Al hilo de las posibles oportunidades que esta situación genere en el futuro, Maestro cree que la reflexión llegará más tarde: «Después de esto tendremos que replantearnos muchas cosas».

Cómo el cariño acerca a profesores y alumnos en la lejanía

El domingo 22 de marzo, los profesores del colegio Gamarra (Málaga), de la Fundación Jesuitinas, se despertaron con un vídeo hecho por los alumnos de 2º de Bachillerato con el objetivo de concienciar a la gente para que se quedara en casa. Lo había subido a la red el sábado por la noche Coral Molina Galera, una alumna de las que salen en el vídeo, mencionando a la cuenta institucional del centro educativo y con un comentario: «Primera vez que nos ponemos de acuerdo en algo». Y todo ello, en medio del agobio de qué pasará con la Selectividad y de si en septiembre podrán empezar sus estudios universitarios, como Molina, a la que le gustaría matricularse en Criminología, según cuenta.
Cinthia Pérez Ortiz, profesora de inglés, había estado un mes antes en Berlín con esa clase, y no salía de su asombro. al ver el vídeo. «De tenerlos en la calle quejándose por el frío o qué lejos está todo, de pronto, ver una iniciativa creativa, y sin decirles tú nada ni dar ninguna indicación. Una actividad fuera del colegio pero hacen referencia al colegio, le ponen el logo como un guiño a la vida escolar para dar fuerza y sentirse unidos», explica. Entonces, los profesores también se coordinaron para subir un vídeo parecido, «a nivel personal, no institucional». El objetivo era, también por su parte, mostrar cercanía y humanidad en la situación. El mismo domingo, Pérez subía a su cuenta de Twitter el vídeo hecho por los profesores. La experiencia tuvo el efecto deseado. «Sinceramente, nos tiramos el resto del día con los vellos de punta y las lágrimas saltás. En la educación sabes que estás en el punto de mira, y ver que los alumnos compartían el vídeo diciendo “orgullo de profesores” y “el mejor colegio del mundo”, y lo dijeran de esta manera en una red pública… esta crisis saca lo mejor de cada uno», añade Pérez. «Esta vez los alumnos han tirado de los profesores», sentencia.

Victoria Moya: Comunicación como amalgama en tiempos de coronavirus

¿Cómo acompañar a las familias desde el colegio en un tiempo en el que el modelo ha cambiado radicalmente, sin previo aviso y con circunstancias personales tan distintas? Imposible generalizar y encontrar la fórmula del éxito. Es difícil que se de la tormenta perfecta: disponer de recursos tecnológicos en casa y saber utilizarlos adecuadamente; tener el tiempo necesario para ejercer de profesores de tus hijos, y los conocimientos; que los niños no tengan grandes dificultades que impidan a los padres acompañarles adecuadamente; que el ambiente familiar sea armónico a pesar de las tensiones que puedan surgir durante un encierro tan prolongado…
Soy una afortunada. Tengo en casa una habitación polivalente a la que nos costaba ponerle nombre pero que después de 15 días teletrabajando ya es mi despacho. La puerta suele estar abierta, para que mi presencia en casa se note, salvo cuando estoy en una vídeo conferencia. En medio de una de ellas la puerta, que había quedado entornada, se abrió. Apareció Maya, mi perra, y se lio a lametazos como si no hubiera un mañana. Contagiados por el atrevimiento de nuestra mascota, los niños, todavía en pijama, entraron para ver qué se cocía… risas, gritos, bailes… en fin, una situación difícil de reconducir que me recordó a la que vivió el profesor Robert Kelly y que se hizo viral porque mientras era entrevistado por la BBC desde de su casa, sus hijos entraron en la habitación y la madre se vio obligada a arrastrarse por el suelo para sacarles en un vano intento de no llamar demasiado la atención.
Aquella comedia, muy ajena para casi todos y de la que nos reímos amablemente, ahora se ha vuelto cotidiana para muchos, incluidos los profesores, que han tenido que reinventarse. Y con ellos, por supuesto, los equipos directivos, el colegio entero. En los primeros días de desconcierto se hizo lo que se pudo, quizá que atropelladamente en muchos casos, y la consecuencia fue una queja social generalizada por el agobio que estaba suponiendo para las familias pasar el día entero escuchando el aviso de que había llegado una nueva tarea para los niños. Con el paso de los días se ha puesto en marcha la maquinaria y cada uno ha aportado todo lo que tenía y todo lo que sabía al servicio de sus alumnos. Yo lo he podido ver, por ejemplo, en la felicitación virtual de la profesora de mi hija el día de su cumpleaños. Las nuevas rutinas nos han ayudado a afianzarnos y la resignación sumada a la confianza en que todo esto merece la pena, nos están ayudando a salir adelante.
A estas alturas ya se han publicado en todos los medios de comunicación y, por supuesto en las redes sociales, millares de consejos que muchos han querido compartir. Nos inundan con teleformación, webinars, podcast… para facilitar la teledocencia a tantos maestros que no estaban familiarizados ni siquiera con el término. Sin ir más lejos, Escuelas Católicas ha abierto un nuevo apartado en su web que ocupa casi toda su actividad actual en ese acompañamiento a los centros desde su vertiente organizativa, pedagógica, jurídico económica y, por supuesto, pastoral; con la esperanza de echar un granito de arena para devolver la playa a la costa arrasada después de la tormenta del COVID-19.
¿Qué más podría yo añadir a todo eso? Solo una cosa, una que es la amalgama de todo lo demás: cuidar la comunicación con los padres, los alumnos, los profesores, el PAS… es ahora más importante que nunca. Nos ayudará a demostrar nuestro compromiso con nuestros destinatarios, afrontando la situación que se presenta de forma profesional, pública y responsable. Independientemente de cuál sea las características concretas de nuestro centro, esta actitud va a ser siempre interpretada de forma positiva y va ayudarnos a la consecución de nuestra específica misión evangelizadora.

Por Asier Solana

 

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