Padre Pío

Padre Pío: “Pero Dios sí cree en tí y te ama”

Padre Pío

Memoria e interpelación de San Pío de Pietrelcina, un gran santo de nuestro tiempo

 Hace tan sólo cinco años que “conozco” al Padre Pío de Pietrelcina. En las vísperas de su canonización -el 16 de junio de 2002-, me impresionaron las previsiones informativas que anunciaban que acudirían a la misma varios cientos de miles de peregrinos, como ya había acontecido el 2 de mayo de 1999 cuando fue beatificado.

Me impresionaron los testimonios recogidos que hablaban de un ardiente y unánime clamor y fervor popular en toda Italia en torno a su figura.

 Como hiciera en mayo de 1999, me aproximé a su figura y a su biografía de cruz y de gloria y recordé que la televisión italiana había emitido un par de series sobre él. ¿Dónde podría hacerme con ellas? No había, en efecto, versión española, pero probé fortuna en una comunidad de religiosas italianas por si acaso ellas tuvieran los vídeos. Así fue. Estaban grabados directamente de la televisión, con cortes publicitarios incluidos y hasta con programas especiales realizados sobre el Padre Pío. Saqué tiempo de donde pude para ver los filmes en cuestión. Eran dos, con más de tres horas de duración cada uno de ellos aparte de los anuncios y de los programas especiales.

Dios está aquí

  Las películas me “convirtieron” al Padre Pío. Quedé deslumbrado y emocionado. Lo que aquellas películas narraban, lo que los biógrafos contaban, los que testigos señalaban eran pruebas inequívocas y fehacientes de que Dios está por medio, de que me hallaba ante uno de los grandes santos de nuestro tiempo y de todos los tiempos. Estaba cierto de que el Padre Pío había sido y seguía siendo un extraordinario instrumento de la Providencia y de la gracia para tocar el corazón de una humanidad siempre necesitada y cautiva.

 En una estas películas -creo que en la realizada por la RAI-, entre otras muchas escenas, una se me quedó especialmente grabada: El Padre Pío había tomado conciencia de la necesidad de construir un hospital para socorrer y dar alivio al sufrimiento de tantas y tantas gentes.

 En el entorno de las personas que ya colaboraban con él, de un modo u otro, había un médico indiferente religiosamente, pero de gran valía profesional. El Padre Pío le invitó a dar un paseo por las montañas de Gárgano, mientras le hablaba con pasión de su proyecto. El médico escuchaba atento, pero un tanto escéptico, consciente de que el proyecto del Padre Pío costaría miles y millones de liras. De regreso del paseo, no lejos del santuario y convento de Santa María de las Gracias de San Giovanni Rotondo, donde vivía el Padre Pío, señalando a un promontorio próximo, el buen fraile de los estigmas le dijo al joven médico:.”Aquí vamos a construir el hospital y tú lo vas a hacer y tú serás su responsable”. El médico se sonrió y le hizo constar al fraile lo disparatado e imposible de la idea. El Padre Pío le cogió las manos, le miró a los ojos y le dijo: “Para Dios nada hay imposible”. El médico arguyó: “Padre, usted sabe que yo no creo en Dios”. El Padre Pío le respondió: “Pero Dios sí cree en ti”. Meses después comenzaron las obras del hospital y empezaron a llegar, milagrosamente, cientos y cientos de miles de liras, que pronto hicieron posible lo imposible. Nacía el hospital del Padre Pío, la Casa Alivio del Sufrimiento, entonces y hoy uno de los principales centros hospitalarios de toda Italia. Aquel médico fue su primer director.

Peregrinación de primavera

 De tal modo me atrajo desde entonces el Padre Pío que entré en contacto con un capuchino navarro, el máximo especialista en España sobre su figura. Es Elías Cabodevilla Garde, a quien hice alguna entrevista radiofónica y quien en el invierno de 2004 me sorprendió con una llamada desde San Giovanni Rotondo: “Jesús, los frailes del convento de San Giovanni Rotondo, el convento del Padre Pío, quieren conocerte, te invitan a que vengas hasta aquí y conozcas el lugar”. Me había duda posible: era la Providencia quien me llevaba a San Giovanni Rotondo, un lugar perdido del sureste italiano, junto al golfo de Manfredonia, en el corazón de las montañas del Gárgano, en la región de la Apulia.

 En la primavera de aquel año, a finales de abril, viajé, por fin, hasta San Giovanni Rotondo. Pude así postrarme de rodillas ante la tumba de un santo casi desconocido que me había “atrapado”, que me había seducido. Pude visitar sus celdas, su capilla privada durante los años en que le fue prohibido el ejercicio público del ministerio sacerdotal, pude contemplar los ríos de peregrinos en torno a su Iglesia y el fervor que desataba entre ellos. Me di cuenta de que el Padre Pío era y es de todos: de todo el pueblo santo de Dios, de pastores y de fieles, de alejados y de conversos, de ricos y pobres, de pecadores y de virtuosos. El Padre Pío entró ya en mí y para siempre como la presencia de un maestro y de un amigo, que el Señor enviaba a mi persona y mi ministerio sacerdotal.

 Hubiéramos querido en aquel viaje de abril de 2004 trazar un plan estratégico para que el Padre Pío fuese más conocido en España. Era la idea motriz de mi peregrinación. Las circunstancias no lo hicieron posible. Pero yo me comprometí conmigo mismo a difundir su nombre y a regresar a San Giovanni Rotondo con un grupo de peregrinos.

Bodas de plata sacerdotales

 Tres años después regresé a San Giovanni, regresé al Padre Pío. Fue en el pasado mes de julio. Quise hacerlo en el contexto de mis bodas de plata sacerdotales. El Padre Pío había sido, estaba siendo y seguirá siendo un inmenso regalo para mi sacerdocio. ¡Qué mejor que agradecer y ofrendar este regalo, este don en medio de la acción de gracias de los 25 años de mi sacerdocio!

 Con medio de centenar de personas, bordeando el Adriático, volví a ascender hasta este lugar de gracia, que es un como un calvario, como una montaña santa. Me embargaba la emoción, a la par que experimentaba el ardiente deseo de que esta visita fuera también grata y fecunda para quienes me acompañaban. El Padre Pío es un santo inmenso, pero no es un santo fácil. Su vida no fue precisamente un jardín de rosas. Fue la vida de un crucificado, el crucificado del Gárgano. Y, no nos engañemos, la cruz le gusta a casi nadie. Permanecimos en San Giovanni Rotondo cerca de veinticuatro horas, a las que habría sumar otras tres más vividas y recorridas en Pietrelcina, la patria chica de nuestro querido santo.

 El Padre Pío se hizo presente entre nosotros. Llegó a las gentes que me acompañaban y se nos quedó como un hallazgo de gracia, como un regalo de estío. Cuando emprendimos la peregrinación, el Padre Pío era “solo mío”. Cuando la concluimos era de todos.

Pero, ¿quién es el Padre Pío?

 Sí, reconozco que debía haber empezado el artículo por aquí, por la presentación de San Pío de Pietrelcina. Pero he preferido hacerlo al revés para expresar ante todo un testimonio sentido y sincero, para invitar a los lectores a conocer, a descubrir, a dejarse seducir por el Padre Pío, que es de todos. Se ha cumplido ahora, el pasado domingo 23 de septiembre, el 39 aniversario de su fallecimiento. Es, por lo tanto, un hombre de nuestro tiempo, un santo contemporáneo.

 El Padre Pío procedía de una familia humilde, de labriegos y emigrantes. Es también uno de los nuestros. Fue fraile capuchino y sacerdote, por lo que se convierte en un luminoso modelo para la vida religiosa y sacerdotal. Congregó a numerosos grupos de hombres y de mujeres, con quienes después creó los llamados Grupos de Oración. Recibió durante su vida miles y miles de cartas con petición de favores, lo cual le aproximó, de nuevo, a tantos, a todos. Tras cincuenta años portando en su cuerpo los estigmas de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, supo bien lo que era sufrir y supe transformar en amor ese sufrimiento. Solidario, pues, del dolor y del llanto de la humanidad, creó el citado hospital Casa Alivio del Sufrimiento. Las filas de penitentes ante su confesionario del santuario de Santa María de las Gracias de San Giovanni Rotondo eran siempre inmensas -como eran inmensos ríos de gracia y de conversión los que brotan de su absolución sacramental- y en ellas había gentes de todo tipo, circunstancia y condición. Y ahora cada año peregrinan hasta su tumba varios millones de personas anónimas y desconocidas, populares y encumbradas. ¡Algo tendrá, por lo tanto, este humilde fraile del sur de Italia! ¿Qué es?

 El Papa Benedicto XV (1914-1922), cuando apenas nuestro querido fraile era apenas conocido, dijo: “El Padre Pío es uno de esos hombres extraordinarios que Dios manda de vez en cuando para convertir a los hombres”. Juan Pablo II, que siendo estudiante en Roma peregrino a San Giovanni Rotondo para confesarse con el Padre Pío, nos propuso su ejemplo en cuatro actitudes centrales para la vida del cristiano: la oración, el sacramento de la Penitencia, el amor fraterno y el culto a la Virgen María. También Benedicto XVI alude con frecuencia a él, incluyéndolo entre los grandes santos de toda la historia de la Iglesia. Pero quizás fue el Papa Pablo VI quien mejor lo definió: “¡Mirad qué fama obtuvo! ¡Qué clientela mundial reunió junto a sí! ¿Pero, por qué? ¿Tal vez porque era un filósofo? ¿Por qué era un sabio? ¿Por que tenía medios a su disposición? No. Celebraba la misa humildemente, confesaba de la mañana a la noche y era, aún si es difícil de admitir, el verdadero representante de los estigmas de Nuestro Señor. Era hombre de oración y de sufrimiento”.

 El Padre Pío es de todos. Yo quiero que también lo sea de los lectores de estas líneas, que finalizo ya con la oración litúrgica que en su memoria e intercesión eleva la Iglesia: “Oh Dios, que has otorgado a San Pío de Pietrelcina la gracia de participar de manera especial en la Pasión de tu Hijo, concédenos por su intercesión conformarnos con la muerte de Jesús para ser partícipes de su resurrección”. Dios cree en ti, amigo lector. Y el Padre Pío te ayudará a descubrirlo y a sentirlo.

Jesús de las Heras Muela

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