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Padre Bustince, director de la Fundación Sur: «Entregarse a los demás es la plenitud»

Mucho se ha dicho y escrito ya sobre la Fratelli tutti. Para conocer qué supone la nueva encíclica del Papa Francisco para África hemos contactado con el padre Lázaro Bustince, miembro de la Sociedad de los Misioneros de África (Padres Blancos) y actual director de la Fundación Sur. Misionero en Uganda durante 35 años, donde fue provincial de su congregación, Bustince trabajó especialmente en la formación de líderes seglares y religiosos, buscando empoderar a los educadores y agentes sociales con los valores humanos y los de la Doctrina Social de la Iglesia. Junto a otras seis congregaciones misioneras crearon un Instituto de educación ética (John Paul II Justice and Peace Centre, JPIC) para capacitar a educadores de primaria y secundaria, así como a otros líderes sociales. Esta labor de formación ética de líderes seglares y religiosos la realizaron en colaboración con el «Consejo Interreligioso de Uganda».

—La primera pregunta es obligada. ¿Qué le ha parecido la encíclica?
—Es la mejor medicina y alimento para una Humanidad que lucha por superar la covid-19, así como otras pandemias incluso más graves, como el hambre, el desempleo, la trata de personas, el tráfico de armas, un sistema capitalista que es injusto en su raíz, la corrupción, el saqueo de recursos naturales en África y otros muchos retos que debemos afrontar. Además de la sanitaria, la vacuna más necesaria y urgente es la que nos presenta el Papa: la auténtica fraternidad y la amistad social, porque sana la misma raíz del mal. Este mensaje sobre la fraternidad y la amistad social penetra profundamente en la mente, corazón y experiencia de la mujer y hombre africanos.

En Uganda, como en todos los países de África Subsahariana, la población es joven (la media es 18 años) y ha desarrollado un fuerte sistema inmunitario por su constante lucha contra varias enfermedades. De hecho, mientras Europa cuenta con 1,5 millones de infectados de covid-19 y Estados Unidos 1,3 millones, África entera solo tiene 55.000. Eso sí, otras pandemias siguen causando allí muchísimas muertes cada año: la malaria (2,5 millones), la diarrea (2,2 millones), la tuberculosis (2 millones), el sida (1,1 millones), y la neumonía (800.000).

—¿Cuáles son los aspectos de la encíclica que más le han inspirado y motivado?
—Los resumiría en cuatro: la dignidad humana, entregarse a los demás, la fraternidad y el diálogo. La dignidad humana, junto con el bien común, son la roca de toda la enseñanza del Papa Francisco, como resalta en Laudato si´ y en esta encíclica social. Los conflictos locales y globales, junto con el desinterés por el bien común, delatan la grave falta de conciencia sobre la dignidad humana y el respeto mutuo.

—Empecemos, entonces, por la dignidad humana…
—De acuerdo. Uno de los mayores gozos que he experimentado en África ha sido vivir en un mundo muy humano. Podrían faltar muchas cosas, pero se vive una humanidad exuberante, tanto en las familias como en la sociedad. A veces tengo la impresión de que en Occidente nos vamos deshumanizando, porque se debilita el respeto por la dignidad personal y el compromiso por el bien común. La forma de tratar a los inmigrantes africanos y de tratarlos en los medios de comunicación delata un proceso de deshumanización. El contacto con los pueblos africanos nos puede ayudar a ser más humanos. Aunque cada día estamos más conectados, vivimos más aislados, pues se debilita la «dimensión comunitaria de la existencia» (n. 12). La conexión digital no basta para construir puentes y unir a la humanidad.

Además, los fundamentalismos buscan manipularnos culturalmente, olvidando los caminos de integración social. Los políticos que desean imponer sus ideologías partidistas y dividir a la sociedad deberían ser apartados de puestos de responsabilidad. El descarte de los demás —ancianos, migrantes, otras razas y culturas— nos lleva a una vida y riqueza de inequidad (n. 21). La dignidad de la persona humana y el bien común deben ser siempre el centro de toda actividad política, cultural y económica (…).

—Hablaba también de entregarse a los demás…
—Entregarse a los demás es encontrar la plenitud. En África puedes entrar en cualquier casa, sobre todo en las zonas rurales, y siempre encontrarás acogida, cuidado, comida y conversación interesante. Cuidarnos unos a otros es fundamental en las culturas humanas. Lo conocimos de niños en nuestros pueblos y familias. Esta cultura de cuidarse mutuamente es particularmente notable en África, donde la familia extensa y abierta es la base de su estilo de vida. En Occidente hemos crecido en muchos aspectos, aunque estamos volviéndonos analfabetos y débiles en cuidar a las personas más necesitadas. Hemos sido creados para la plenitud en la bondad (…).

—La clave es la fraternidad…
—Sí, pensar y gestar un mundo nuevo donde todos seamos hermanos es para el Papa un deber urgente. Yo, durante toda mi vida —primero en mi pueblo natal de Izco (Navarra), y luego en mi vida misionera en Uganda— he recibido la bendición de sentirme siempre «en familia», donde me sentía seguro y querido. Esto lo experimenté incluso en los cuatro años que viví entre los pueblos nómadas y guerreros de los tepés en Karamoja, llegando a compartir hasta sus propios ganados. Al principio pensé que sería difícil entrar en su mundo cultural, pero pronto experimenté una relación muy humana y familiar. Y se me quedó grabado lo que me dijo uno de sus líderes: «Lo que más nos sorprende y gusta en vosotros es la bondad». Las diferencias étnicas y culturales no son, pues, obstáculos para vivir como familia. Al contrario, la enriquecen y la hacen más bella y fuerte. La vida subsiste y florece donde hay respeto, aprecio y fraternidad, pues se construyen relaciones de fidelidad. (…) Si llegamos a crear condiciones de vida digna en todos los países, se evitarán las migraciones innecesarias. Mientras tanto, asumamos las actitudes de acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes.

—Hay muchas reticencias al respecto, y mucho individualismo…
—Todo compromiso social debe respetar la dignidad e igualdad humanas y promover ante todo el bien común. Hay populismos y radicalismos que no respetan estos pilares básicos. Y ello lleva a una pobre gobernanza. Hoy nos enfrentamos al escándalo del hambre mientras se desechan toneladas de alimentos. La trata de personas es otra vergüenza de la humanidad. Mientras intolerables fundamentalistas dañan las relaciones entre personas y pueblos, vivamos y enseñemos nosotros el valor del respeto, el amor capaz de asumir toda diferencia y promover la prioridad de la dignidad de todo ser humano. Para esto, es fundamental que elijamos a gobernantes íntegros.

—Y una verdadera cultura del encuentro, ¿no?
—En nuestra sociedad occidental vemos diariamente cómo priman los monólogos, descalificaciones y la humillación del otro. Este poder manipulador, político, económico, mediático, puede estar presente en gobernantes y en otras instituciones. Para el Papa Francisco esta falta de diálogo delata que pocos saben escuchar y preocuparse por el bien común (n. 202).

Por eso necesitamos el fundamento sólido de respetar la dignidad e igualdad humana y de buscar juntos el bienestar social. No se puede sacrificar la dignidad y los derechos humanos universales por conveniencias personales o partidistas. La vida es el arte del encuentro, y conviene desarrollar una cultura del encuentro. Por eso es tan fundamental la actitud de integrar a todos, de construir puentes y de trabajar juntos (n. 216).

—Y hacerlo desde el respeto…
—Claro. Los pueblos originarios o indígenas, en África y en otros continentes, no están en contra del progreso, sino que buscan otro progreso más humano y ecológico. La intolerancia y el desprecio occidental hacia los pueblos originarios es una violencia arrogante. Solo desde la verdad y el respeto por la realidad histórica de los hechos, podemos construir una síntesis de integración. No podemos encasillar a los demás, si deseamos trabajar juntos para construir una nueva sociedad.

La amistad social implica no solamente el respeto del otro sino además colaborar para que se sientan protagonistas de su propio desarrollo, porque la inequidad y la falta de un desarrollo humano integral no permiten generar una paz real.

Quien cultiva la bondad está superando el mal con el bien, aunque no podemos olvidar los grandes males que hemos causado con las guerras, genocidios, trata, corrupción, drogas, y la impunidad de los responsables. En mi caso, vivir esta nueva fraternidad en Uganda con todos los grupos étnicos, y colaborando con todos los líderes culturales, políticos y religiosos del país, ha sido una inmensa bendición.

—¿Qué influencia puede tener la encíclica en la Iglesia y sociedad africanas?
—Recuerdo el entusiasmo que generaron las dos Asambleas sinodales dedicadas al continente: la de 1994 sobre «La Iglesia como Familia de Dios en África», y la segunda, de 2009, sobre «La Iglesia al servicio de la reconciliación, la paz y la justicia».

Los obispos y comunidades cristianas vivieron un compromiso real que dio frutos abundantes: el nuevo espíritu de familia y cuidado mutuo, el compromiso de los laicos en los asuntos comunitarios y sociales, las comisiones de JPIC que se extendieron por todas las diócesis, los centros de formación ética, la colaboración con otras comunidades de creyentes, una atención especial hacia las personas marginadas para que fueran protagonistas de su propia liberación…

Esta nueva encíclica sobre la fraternidad universal toca una dimensión vital y fundamental de la mente y del corazón de los pueblos africanos. Las comunidades cristianas en África, con sus líderes religiosos, pueden seguir siendo pioneras en la construcción de una sociedad todavía más fraterna y comprometida por una gobernanza responsable, y por la promoción del bien común, a través de un desarrollo sostenible y ecológico. África dispone de unos recursos humanos increíbles, así como de muy abundantes recursos naturales, pero necesita una gestión más ética de sus recursos y servicios.

La experiencia tradicional de familia extensa debe ser transformada por una nueva fraternidad, de mayor colaboración entre líderes y comunidades, y de respeto hacia la situación de la mujer, de los menores de edad, y de las personas más vulnerables. La sabiduría tradicional africana que tanto valora la dignidad humana, y el bien común, pueden recibir ahora un espíritu nuevo con la fraternidad universal que nos brinda el Espíritu de Jesús y del Padre.

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